sábado, 15 de septiembre de 2012

El condottiero de la cultura


Leo Castelli (1907–1999) vivió su infancia con precariedad, expuesto junto a su familia a humillaciones o favores según el capricho de las autoridades administrativas y religiosas de la época, atrapado entre una madre neurasténica y un padre adicto al trabajo, en una familia en la que jamás se hablaba de política, de arte o literatura, ni mostraba el menor interés por las inclinaciones personales de los hijos. Pero, en una Europa a la deriva hacia la segunda guerra mundial, supo desarrollar la personalidad independiente que estableció las bases de su identidad futura. 

El 3 de febrero de 1957, cuando contaba con cincuenta años, inauguró su primer espacio de arte en Nueva York. Tras vaciar en su apartamento la sala de estar y modificar la habitación de su hija en una sala de exposiciones, se convirtió, junto a su esposa Ileana, en árbitro del gusto por antonomasia en la gran epopeya cultural que estaba comenzando. Y pasó de simple aficionado a marchante de arte como si fuese lo más natural, lo cual no hace más que indicar no solo su talento para el oficio, sino también la propensión al riesgo y la intrepidez de este seductor hombre de mundo que acabaría por convertirse en el más importante galerista de las últimas décadas del siglo XX.

Es obligado reconocer la escrupulosidad y el empeño en la excelencia de Leo Castelli, lo que catapultaría a una categoría totalmente distinta a la de sus colegas y le convirtió en un empresario dinámico cuya flamante galería adquiriría de inmediato una posición de predominio en el mundo artístico. Exquisitamente cortés y mundano, de aspecto impecable, generoso, locuaz y atento, recorrió la escena artística percibiendo tendencias, contribuyendo a crearlas, observando y esperando para exponer los mejores lienzos de Europa y Estados Unidos. De este modo dio a conocer a las figuras más importantes que vinieron a romper con el expresionismo abstracto, es decir, a las del pop art, el minimalismo y el arte conceptual, aliándose con los mejores artistas norteamericanos contemporáneos y fue capaz de adelantarse siempre al espectador. Para ello reconoció a los grandes actores, los artistas que iban a desempeñar un papel capital, y luego creó el ambiente propicio para que floreciesen figuras como Jasper Johns, Robert Rauschenberg, Frank Stella, Cy Twombly, Roy Lichtenstein, Andy Warhol, James Rosenquist, Donald Judd, Christo, Bruce Nauman, Ricahrd Serra, Claes Oldenburg o Julian Schnabel entre otros. 

Leo Castelli, a través de su galería, un lugar donde se movían ideas y confluían personas en constante y fecundo intercambio, se convirtió en una institución cultural. Fue el primero en comprender que el mundo del arte podía convertirse en una comunidad intelectual internacional y, al asumir la labor de marchante, las funciones de relaciones públicas, representante, asesor cultural y divulgador de ideas, inició un proceso de renovación, que aún no ha terminado, para transformar el papel del artista y su obra y para redefinir la relación de esta con el público. Este es el hombre que durante las cuatro últimas décadas del siglo XX revolucionó el estatus de los artistas en Estados Unidos y cambió por completo las reglas del mercado del arte que ahora, gracias a la exhaustiva biografía publicada por Annie Cohen-Solal podemos conocer en mayor profundidad. Una obra imprescindible para los interesados en el arte contemporáneo y en el mercado que lo rodea.


Foto: Leo Castelli en 1960 con obras de Frank Stella, Jasper Johns, Lee Bontecou, Edward Higgins y Robert Rauschenberg.

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