jueves, 10 de septiembre de 2015

Haberlas haylas


El castellonense Àlvar Monferrer nos plantea si creemos en las brujas en su libro Bruixes, dimonis i misteris, donde nos presenta historias a caballo entre la imaginación, la literatura y la vida diaria vinculadas con nuestra cultura popular. Brujas, brujos, sanadores, curanderos, mujeres buenas y no tan buenas, demonios o diablos, astrólogos, clérigos, monjes y obispos crédulos, incrédulos y supersticiosos, algunos de los cuales ponen los pelos de punta, desfilan por este trabajo que ha hecho al autor merecedor del Premi Bernat Capó de Cultura Popular.

Monferrer está convencido de que brujas, como demonios, cada vez hay más. Y aunque es consciente de que el engaño y la picardía, nacida muchas veces de la necesidad más que de la mala fe todavía campan a su libre albedrio, añade que las brujas y demonios de nuestros días tienen más que ver con la avaricia y la estupidez humana que con lo que entendemos por brujas y demonios de los de toda la vida.

Nada que ver pues con los pobres hombres y mujeres que el célebre Malleus Maleficarum, verdadero best seller desde 1487, en el que los dominicos Heinrich Kramer y Jacob Sprenger describen con ingenua crueldad la situación sin salida de unas personas convertidas en chivos expiatorios de la comunidad. Curanderas, comadronas, preparadoras de filtros diversos, hechiceras sin llegar a la categoría de magas (la magia suele reservarse a los varones), fueron objeto de caza sistemática. Curiosamente, y aunque la creencia en hechizos y maleficios hunde sus raíces en periodos muy arcaicos, es a finales del siglo XV cuando se extiende paradójicamente el temor y la persecución gracias a la imprenta que contribuyó a difundir y a reforzar su imagen con una serie de obras por las que cualquiera podía reconocer a una bruja y denunciarla por desviarse de la ortodoxia. Así, los tribunales encargados de su rigurosísima represión no tenían más que aplicar el estereotipo establecido a los casos particulares y proceder a dictar sentencia sin necesidad de ulteriores averiguaciones.

Las inseguridades de la época, hambres, plagas, el temor a los avances de los turcos, reforzaron la creencia en la acción demoníaca sobre el mundo y en un ejército de adoradores secretos a su servicio. Las personas que eran mental y emocionalmente más débiles y los grupos sospechosos de traición por sus vinculaciones religiosas o por su situación marginal pagaron muchas veces con su vida lo que no eran más que alucinaciones colectivas creadas por el miedo y la inseguridad. De todo ello fueron víctimas personas injustamente acusadas, perseguidas y quemadas en la hoguera. Es una historia en la que se nos demuestra que hoy en día siguen peligrosamente vigentes las pequeñas persecuciones de todos los días, esas que todos hemos sufrido alguna vez… que acaban causando víctimas como los grandes desastres de la historia.


miércoles, 5 de agosto de 2015

Festina lente


Dice la leyenda que al crearse el mundo se otorgó a muy pocas personas el don del conocimiento de la construcción y la proyección de las cosas. Pero en este pequeño grupo, donde se puede caer en la tentación de considerarse un semidiós, existía ya uno que traicionaría las determinaciones divinas, y por ello sucedió lo peor.

El Creador, lleno de ira, quiso hacer valer algunos condicionantes para aquel que había sido traidor. Así, le quitó la vida personal, familiar o sentimental; le impidió ver crecer a su familia y le retiró los días festivos, fines de semana o cualquier otro tipo de días de descanso. 

Le regaló una gastritis fácilmente derivable en úlcera ya que, por culpa de las prisas, su único amigo y comida principal fueron los sándwich, las pizzas y las comidas recalentadas, lo que favoreció que todo el pelo se le volviese blanco. Así ocurrió porque había tenido la suerte de no habérsele caído antes.

Además, por convertir el trabajo en su tema favorito de conversación, le quitó el regalo del sueño como descanso. Esto provocó que la cafeína que le ofrecía su mejor colega, la máquina del vending, no le hiciese ya nunca más efecto, como podía verse en las enormes ojeras que exhibía cual trofeo de guerra. 

Leía esta historia a principios del mes pasado, cuando el trabajo, por culpa de tanto agobio no me salía lo bien que yo deseaba. Justo en el momento en el que me enfrentaba a obras de reforma de mi casa, malviviendo entre sacos de cemento, montones de ladrillos y ruidos. Cuando me dijeron que el plazo de entrega no se cumpliría mi hermano acudió al rescate con un coche del tamaño de una cafetera en el que apenas quepo; que de pequeño que es no le queda espacio ni para el aire acondicionado. “Desconecté” y me fui a casa de mi madre. 

Cada mañana vuelvo al trabajo, con todas las ventanillas bajadas y a un nuevo ritmo más pausado que no conocía. Nunca llego a conducir a más de 90 por hora. Porque si lo hago da la impresión de que el coche va a despegar del ruido que arma y los pelos se encrespan como si me electrocutase. Y ya no tengo prisas de que acaben las obras. Mientras, los otros coches, algunos de ellos casi a doscientos por hora, me adelantan gritándome todo tipo de improperios y no hay día que no me lleve seis o siete peinetas y otras obscenidades de conductores acelerados a los que vuelvo a encontrar nerviosos por las prisas en el siguiente semáforo en rojo. 

Total, ¿para qué? Yo también me quedaré calvo. Pero ahora sé que ellos mucho antes.

miércoles, 29 de julio de 2015

La piel traslúcida


Como las bicicletas ya no son para el verano ni es extraño disfrutar del “helado más helado” en pleno invierno, a nadie debiera extrañar que este sea también el momento, en plenas vacaciones, para aprovechar de todo aquello que la ciudad nos ofrece a resguardo del calor… También fuera de la playa; lo que hace tiempo no hubiésemos imaginado hacer en estos días en los que todo invita a estar de puertas hacia afuera.

Una de ellas es “La piel translúcida”, la exposición que estos días, y hasta el mes de octubre, nos ofrece la Fundación Bancaja, en la que muestra una importante y cuidada selección de los fondos de la Colección Iberdrola, uno de los conjuntos artísticos más relevantes de España. Muchas son las obras de esta colección que recaban nuestra atención. Es obvia la referencia a la escuela vasca de finales del siglo XIX y principios del XX. Obras de gran peso costumbrista que nos transportan a los comienzos de la modernidad artística en el País Vasco y se vinculan con la propia historia de la empresa. También destaca un segundo grupo de obras de artistas españoles que abarcan desde la segunda mitad del siglo XX hasta nuestros días: Antonio López, Jorge Oteiza, Antonio Saura, Equipo Crónica, Juan Genovés, Guillermo Pérez Villalta… Sin embargo, es la línea de fotografía internacional, amplia y brillantemente representada en esta exposición, la que atrae todo mi interés. 

Imposible no detenerse ante dos fotografías de gran formato “Nocturno Bilbao” de José Manuel Ballester. El autor nos pone ante la retícula de calles de una ciudad limpia y despejada que empieza a entrar en las horas del sueño. Una ciudad que, sin embargo, sigue todavía vital, latiendo en las luces de los coches que van y vienen dejando estelas de luz a su paso. Una ciudad ajena a nuestra visión de observadores anónimos, resguardados en la atalaya que nos permite contemplarlo todo en silencio, sobrevolándolo sin ser descubiertos, para ofrecernos una perspectiva que, al ras de sus calles, no seríamos capaces de apreciar. Una realidad que parece casi de ficción, casi una escenografía. 

Curiosamente, al salir de nuevo a la calle, la luz intensa y el golpe del calor del verano, la velocidad del tráfico rodado y el ruido de la ciudad, nos devuelven a otra realidad mucho más cotidiana que, en definitiva, no deja de ser la misma que la que acabamos de ver dentro. Pero no deja de ser una ciudad en otro tiempo, otra luz y otro espacio... indiscutiblemente menos poética.


domingo, 5 de abril de 2015

Por favor, no vengan


¿Qué parte no se entiende en la frase “Por favor, va a empezar el espectáculo, les rogamos que apaguen sus móviles”? O del comentario “Bienvenido, dentro de la sala le agradecería que no coma el bocadillo”. ¿Cómo es posible en un espectáculo de teatro de sombras que un adulto olvide con tanta rapidez la recomendación “Se requiere oscuridad total, les agradeceremos que no conecten dispositivos que emitan luz”? ¿Alguien no es consciente lo que puede iluminar el destello de una pantalla de teléfono mientras miramos el WhatsUpp?

En “no se puede entrar con coches de niños en la sala para evitar colapsar las salidas en caso de emergencia” ¿qué es lo que no es lógico? ¿Es necesario tener que ponerse serio con una madre que se emperra en meter el coche de su niño dentro de la sala en lugar de dejarlo en la zona habilitada al efecto?

¿Es inevitable si llego tarde a una conferencia saludar en voz alta como si estuviese en el mercado a todos mis amigos y conocidos, ya sea los que están sentados en la décima fila, como a los de la octava, o los de la tercera?

¿Acaso estoy dotado de una hipersensibilidad acústica que me molesta sobremanera el ruido que una y otra, y tantísimas personas, hacen con el plástico que envuelve los caramelos de eucalipto? Es de agradecer que intenten no toser en la sala pero a veces creo que sería preferible un estornudo a esos minutos interminables de crishhh, crisshhh, crissshhh, desenvolviendo y plegando el plástico del caramelillo ¿es que lo van a reaprovechar que lo guardan con tanto esmero?

Y si hablamos de la representación, ¿cómo es posible que un padre no se dé cuenta que el espectáculo es el del escenario, el que han preparado los actores invitados, en lugar del que está dando su hijo, saltando como un poseído por el demonio encima de la butaca de la sala? ¿Acaso en su casa, y con los zapatos puestos, le permite darlos igual encima del sofá?

Desde hace 14 años intento cada día, de manera obsesiva, llegar con las actividades en las que participo en la institución en la que trabajo a nuevos sectores de público, llegar a más y más personas, a más y más ciudadanos. Pero hoy, y contra todo pronóstico, a todos los que no entiendan el despropósito de comportamientos como los que describo solo les puedo decir una cosa: por favor... no vengan.

miércoles, 18 de marzo de 2015

No hay veneno, sino dosis


Durante una cena ayer en Valencia, a mitad de la semana, en día laboral pero en plenas fiestas de Fallas y delante de una papillote de verduras, vine a comentar inocentemente cuánto me gustaba el brócoli; que lo comía muchas veces a la semana y no solo porque sea un alimento pluscuamperfecto lleno de súper propiedades. Uno de los comensales, que casualidades del azar era bioquímico, manifestó sus reservas enseguida. Alegaba que su consumo excesivo podía tener consecuencias nocivas para nuestro organismo y que me olvidase de comerlo tan a menudo. ¡Toma castaña! ¿Cómo puede ser esto posible? “Pero si en todas partes dice que es una verdura buenísima y muy sana”, dije. “No hay veneno, sino dosis”, replicó, y nos explicó con ejemplos irrebatibles cómo una sustancia en nuestro metabolismo puede pasar de ser beneficiosa cuando es consumida en su medida justa para convertirse en peligrosamente tóxica, incluso letal, si se aumenta la cantidad ingerida. “No hay veneno, sino dosis” repitió una vez más como epílogo de su razonamiento, dando por zanjado el tema. 

Tras la cena la conversación fue alargándose tranquilamente, adentrándonos sin darnos cuenta en la noche que estuvo acompañada en todo momento por la comparsa del incesante ruido de fondo del ajetreo de la calle. Pero esa era ya la fiesta de otros. Muchos, eso si, pero otros. Así pues los anfitriones me animaron a que me quedase y que regresase tranquilamente a Castellón a primera hora del día siguiente. De ese modo podría llegar al trabajo sin problemas, evitaría tener que atravesar la ciudad llena de calles cortadas y petardos de todo tipo, y acabar llegando a casa a las tantas. 

Pues muy bien. El tema es que en cuanto me metí en la cama la escandalera que montaba una orquesta de repertorio machacón que animaba a la bullanga del vecindario que pasaba y traspasaba por debajo mientras bramaban la canción de Paquito el Chocolatero, se solapaba con una discomóvil-pinchadiscos-rapera que no paró de armar follón hasta las tantas. Hasta las tantas… tantas. Es verdad que son las fiestas, pensé. Si viviese aquí siempre quedaría la solución de los tapones de la piscina, pensé también. O exiliarme de mi casa durante la semana de fiestas, como tengo entendido que hace más de uno para que los demás puedan “pasarlo bien”. 

El brócoli me ha estado “repitiendo” en la cabeza toda la noche. Porque una vez más el argumento es cierto. No hay veneno, sino dosis. El tema es quién decide cuál es la medida.

miércoles, 4 de marzo de 2015

Todo lo que es secundario


Tu tiempo es limitado, así que no lo desperdicies viviendo la vida de alguien más. No te dejes atrapar por el dogma, que es vivir con los resultados de los pensamientos de otras personas. No dejes que el ruido de las opiniones de otros ahogue tu voz interior. Y lo más importante: ten el coraje de seguir a tu corazón e intuición. De algún modo ellos ya saben lo que realmente quieres ser. Todo lo demás es secundario. 

martes, 25 de noviembre de 2014

Castellón lejos de la playa


Como en tantas otras cosas también conocí tarde el interior de Castellón. Obviamente este descubrimiento estuvo condicionado a que tuviese el permiso de conducir y un coche. Pero desde el primer viaje tomé consciencia de su impresionante belleza. Era el año 2000, iba camino de Zaragoza. A pesar de haber ido incontables veces a la capital del Ebro por asuntos de trabajo siempre lo había hecho en tren por Sagunto, vía Teruel, así que en cuanto tuve el permiso de conducir y un coche me adentré por el Maestrazgo para llegar a Aragón. Recuerdo perfectamente que era el año 2000 porque escuchando la banda sonora que Hans Zimmer había compuesto para Gladiator, entonces en cartelera, y sugestionado por lo épico de la película y aquella música, fuí a darme de bruces, casi de repente en un giro de la carretera, con la tantas veces soñada Morella que se presentó ante mí como una aparición. La visión sorprendente de la silueta sinuosa de las murallas coronadas por la imponente mole del castillo me dejó sin palabras. Tuve la sensación de haber hecho un viaje en el tiempo a la Edad Media y me prometí en aquel mismo instante que tenía que volver cuanto antes para conocer mejor el lugar. 

Desde entonces he ido descubriendo, poco a poco, el Castellón sin playa, un Castellón que para mí es mucho más que naturaleza e impresionantes vistas; mucho más que patrimonio histórico-artístico o una gastronomía excepcional propia de la tierra; mucho más que usos y costumbres que perviven al paso del tiempo: Vilafamés, Sant Mateu, Catí, Vistabella y tantas otras dignas de mención recomendables a viajeros y a los que anhelen serlo. 

Este fin de semana he vuelto de nuevo a Zaragoza por el Maestrazgo y me ha sorprendido descubrir los estragos que el vandalismo ejerce sobre las construcciones dispersas que salpican la carretera. Edificaciones víctimas de la despoblación que forman parte de la vida de nuestros antepasados. Hablando del triste destino de este patrimonio aparentemente abandonado a la suerte del paso de tiempo salió en la conversación cómo últimamente se están produciendo innumerables robos de las tejas para revenderlas, lo cual significa dejar estos edificios, una vez sin techumbres, al albur de la climatología acelerando con ello su ruina total. 

Triste destino, triste reflejo de nuestra identidad cuando nuestra memoria se borra de este modo por culpa de la falta de valores en el respeto de aquello que forma parte de nuestra idiosincrasia. Pero qué le vamos a hacer, descerebrados los hay a todas horas, independientemente del número de ojos que intenten controlarlos.