miércoles, 5 de agosto de 2015

Festina lente


Dice la leyenda que al crearse el mundo se otorgó a muy pocas personas el don del conocimiento de la construcción y la proyección de las cosas. Pero en este pequeño grupo, donde se puede caer en la tentación de considerarse un semidiós, existía ya uno que traicionaría las determinaciones divinas, y por ello sucedió lo peor.

El Creador, lleno de ira, quiso hacer valer algunos condicionantes para aquel que había sido traidor. Así, le quitó la vida personal, familiar o sentimental; le impidió ver crecer a su familia y le retiró los días festivos, fines de semana o cualquier otro tipo de días de descanso. 

Le regaló una gastritis fácilmente derivable en úlcera ya que, por culpa de las prisas, su único amigo y comida principal fueron los sándwich, las pizzas y las comidas recalentadas, lo que favoreció que todo el pelo se le volviese blanco. Así ocurrió porque había tenido la suerte de no habérsele caído antes.

Además, por convertir el trabajo en su tema favorito de conversación, le quitó el regalo del sueño como descanso. Esto provocó que la cafeína que le ofrecía su mejor colega, la máquina del vending, no le hiciese ya nunca más efecto, como podía verse en las enormes ojeras que exhibía cual trofeo de guerra. 

Leía esta historia a principios del mes pasado, cuando el trabajo, por culpa de tanto agobio no me salía lo bien que yo deseaba. Justo en el momento en el que me enfrentaba a obras de reforma de mi casa, malviviendo entre sacos de cemento, montones de ladrillos y ruidos. Cuando me dijeron que el plazo de entrega no se cumpliría mi hermano acudió al rescate con un coche del tamaño de una cafetera en el que apenas quepo; que de pequeño que es no le queda espacio ni para el aire acondicionado. “Desconecté” y me fui a casa de mi madre. 

Cada mañana vuelvo al trabajo, con todas las ventanillas bajadas y a un nuevo ritmo más pausado que no conocía. Nunca llego a conducir a más de 90 por hora. Porque si lo hago da la impresión de que el coche va a despegar del ruido que arma y los pelos se encrespan como si me electrocutase. Y ya no tengo prisas de que acaben las obras. Mientras, los otros coches, algunos de ellos casi a doscientos por hora, me adelantan gritándome todo tipo de improperios y no hay día que no me lleve seis o siete peinetas y otras obscenidades de conductores acelerados a los que vuelvo a encontrar nerviosos por las prisas en el siguiente semáforo en rojo. 

Total, ¿para qué? Yo también me quedaré calvo. Pero ahora sé que ellos mucho antes.

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