miércoles, 5 de noviembre de 2014

El gran misterio


El calendario está cuajado de fechas que nos devuelven a los orígenes. Como el primero de noviembre. Por eso la semana pasada acompañé a mi madre al cementerio. No me quedaba otra alternativa. De no hacerlo me hubiese retirado la palabra por cinco meses. Así, que tras mostrar los respetos de rigor a los abuelos, como hacen las personas de bien –me recuerda una y otra vez mi madre-, nos dedicamos, como todo el mundo, a pasear entre filas y filas de nichos leyendo los nombres de las inscripciones de las lápidas, a la búsqueda interminable de viejos conocidos que ya no están entre nosotros. Un viaje hacia atrás en el tiempo, a los recuerdos que se refrescan al ver las fotos de vecinos y amigos que vemos en el mármol. Un viaje a lo que vivimos con ellos, a lo que fuimos. 

De regreso a Castellón con el coche, en un día dedicado a la nostalgia y el recuerdo, decidí pasar por la casa de campo en la que pasé los veranos de mi infancia. Recuerdo que los meses de verano que pasábamos allí para mí eran lo más cercano al concepto de felicidad que tengo. Por eso sentí curiosidad de volver y ver qué quedaba de todo aquello. 

No había cambiado nada. Todo estaba igual al último día que estuve allí, hace más de 20 años. Pero la memoria, que es imperfecta, lo había mejorado todo. Porque todo era tan diferente… Desde luego el recuerdo era mucho mejor que la realidad actual. Como si recordase un lugar que no hubiese existido. Como si la memoria, que es maleable, hubiese creado unos recuerdos mucho más evocadores de lo que realmente fueron. 

De aquellos veranos, que ahora me parecerían increíblemente aburridos, solo recuerdo que los consumíamos esperando a que pasasen cada día las interminables dos horas de rigor para hacer la digestión antes de poder tomar el baño, porque no había nada que hacer, ni nada de lo que preocuparse. Sin embargo, al pensar en ello, del mismo modo que al ver las fotos de los antiguos vecinos del barrio en las lápidas del cementerio, es inevitable sentir algo de melancolía. Decía John Banville, el último premio Príncipe de Asturias de las Letras, que el pasado es la montaña sobre la que estamos sentados y que cuanto llevamos a cabo está moldeado por él. Para Banville la memoria es una función de la imaginación porque basta volver a un lugar del que llevamos tiempo apartados para descubrir que nunca es tal y como lo recordábamos. ¿Qué es lo que hace que el recuerdo sea más luminoso? Ese es el gran misterio.

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