jueves, 7 de agosto de 2014

Morgan & Jack


Morgan y Jack son dos periquitos que viven en una jaula tan alta como yo (o sea, dos metros menos dos palmos). Están ahí desde que nacieron en la incubadora de una pajarería de Chicago y no han conocido otro mundo. Su dueña los cuida con esmero, así que los ha situado de modo que puedan ver el parque, un montón de pisos más abajo y me ha pedido que supervise diariamente el termostato del aire acondicionado para que la temperatura del salón se mantenga estable y no mueran achicharrados por el sol que a media tarde atraviesa las paredes acristaladas y podría convertir el lugar en un auténtico horno.

Desde que he llegado paso mucho tiempo mirándolos, casi hipnotizado. Por la noche su instinto sigue dictándoles que duerman en lo alto, casi pegados al techo de la jaula, y durante el día juegan, se acarician el uno al otro que parece que estén dándose besos y suben y bajan por todos los artilugios de colores que tienen a su disposición. Uno de ellos se pasa horas mirándose a un espejo; el otro sube y baja unas escaleras con cascabeles como si fuese un ecosistema de lo más natural. Allí están de lo más felices. De hechom, cuando me ven ni se inmutan, no son conscientes de que su mayor peligro precisamente soy yo. 

Ayer les colgué a un cordel el corazón de una manzana para que comiesen algo más sabroso que el pienso industrial, pero no le hicieron ni caso. Al quitarlo por la tarde, mustio y seco, Jack, el periquito, se escapó volando. Inmediatamente la periquita empezó a llamarle desesperada. Su compañero que piaba avisando que volvía a la jaula, intentaba entrar de nuevo una y otra vez, porque aparentemente no le interesaba volar en aquella habitación, y menos salir al exterior. Cuando finalmente logré meterlo de nuevo en su jaula el corazón se le salía por la boca y, un rato después, ya tranquilo, ignorando la manzana, se puso a comer nuevamente pienso. Había vuelto a su rutina. 

Mirándolos de nuevo, me pregunto si nuestras vidas no serán un poco la misma cosa. Enmarcados dentro de la rutina cotidiana nada de lo que ocurre en ella nos extraña y todo nos parece de lo más normal. Me pregunto si probablemente, como en el caso de los loros, no habrá un mundo mucho mejor ahí fuera, lleno de posibilidades, también de retos, esperándonos. Y justo estaba pensándolo cuando Rosario me ha escrito para recordarme que me quite las telarañas que haya almacenado durante el año y que sonría a la vida. Porque solo tenemos una. No te olvides, me remarca. ¡Buen consejo!

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