sábado, 9 de agosto de 2014

Lo fatuo y lo que permanece


De entre las obras que exhibe el Art Institute de Chicago una de las que recaba nuestra atención es el retrato que David Hockney hizo de Fred y Marcia Weisman en el que vemos al matrimonio de reconocidos coleccionistas frente a la piscina de su casa rodeados de algunas de las obras que habían adquirido. Lograron reunir una impresionante colección de los artistas más destacados de su época que acabaría formando parte, gracias a su filantropía, de importantes instituciones que ahora disfrutamos nosotros. "El arte es una forma de vida. Vivo con el arte, pero sobre todo me gusta compartirlo", afirmó Fred. Es cierto que era un apasionado coleccionista. Pero mayor que el placer de coleccionar las obras que amaba era su gozo por compartirlas. De ahí que creyese que "cuando eres tan afortunado como yo he sido, tienes la responsabilidad de compartir con los demás".

El Art Institute de Chicago es uno de los museos de arte más importantes del mundo. Visitarlo justifica el largo viaje que representa llegar a esta ciudad, ya que cuenta con una de las colecciones más destacables de obras del Impresionismo y Postimpresionismo, además de una más que cuidada selección de pintura italiana, flamenca, holandesa y española, que configura un espectacular recorrido por la historia del arte desde sus orígenes hasta nuestros días. 

Visitándolo le comenté a la persona que me acompañaba el detalle de que todas las obras eran resultado de donaciones de particulares e instituciones. Su respuesta inmediata fue “¡así también me monto yo un museo!”. Cierto. Absolutamente cierto. Pero me pregunto cuántos particulares e instituciones entienden en nuestro entorno que su prestigio se deriva del apoyo a este tipo de manifestaciones. Durante los años de bonanza todos los comentarios de admiración que escuchaba estaban sujetos al mismo denominador común: la ostentación y apariencia fofa. El símbolo del éxito social era tener un apartamentazo visible y ostentoso frente a la playa, con varios coches de gran cilindrada tapizados de piel argentina o un collar con predruscos que además de parecerlo fuesen bien caros. Todo fatuo, todo demostrativo. Pero todo se esfumó, no quedó nada. Los que estimaron que financiar un pabellón del Museo de Bellas Artes, financiar un año de la Escuela de Música o una temporada de ópera era algo que les prestigiaría ante los demás fueron muy pocos. Probablemente casi nadie les dio las gracias por ello. 


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