jueves, 3 de julio de 2014

El final es allí donde empezamos


Cada mañana cientos de castellonenses atraviesan la plaza del Ayuntamiento y pasan frente a la catedral absortos en sus cavilaciones cotidianas y ajenos al hecho de que a sus pies, más allá de un puro diseño geométrico de baldosas de granito, un laberinto gigante con sus calles y encrucijadas, intencionadamente complejo, busca confundir a quien se adentre en él. Estos días, tras un leve bache en el camino, luce remozado recobrando su simbolismo original. 

La leyenda nos recuerda que el primer laberinto lo diseñó el legendario arquitecto Dédalo para el rey Minos de Creta con el objetivo de mantener preso al Minotauro, la monstruosa criatura engendrada por su esposa Pasifae de su unión con un toro. Teseo, el mítico rey de Atenas logró matarlo gracias a que se adentró en su inextricable trazado de más de mil habitaciones dejando la huella de hilo que le había dado la princesa Ariadna, hermana del monstruo. 

Pero la realidad es que desde mucho antes los laberintos han estado presentes en diversas culturas, épocas y lugares, presentándose siempre como un símbolo ligado a lo espiritual. De hecho, muchos de ellos, ya desde la prehistoria, estaban dibujados en el suelo a modo de trampa con el objetivo, tanto de alejar como de atrapar, a los malos espíritus. Lo mismo ocurría en muchas casas desde tiempos remotos, donde la imagen del laberinto se trazaba en la puerta de entrada como sistema de protección. Pero uno de sus más importantes simbolismos está asociado a los rituales de iniciación, representando la búsqueda del centro personal, del sí mismo del ser humano. Para el encuentro de tan preciado hallazgo se requiere de un ritual iniciático que implica la superación en distintas etapas del camino marcado por el laberinto. 

Durante la Edad Media el laberinto estuvo fuertemente relacionado con el duro camino de los creyentes hacia Dios, el recorrido tortuoso de los caminos enredados y difíciles hasta hallar el centro simbolizaban la participación en los sufrimientos de Cristo. Trazados en el suelo de las catedrales los fieles lo recorrían simulando la peregrinación hacia Tierra Santa. Así, el camino del laberinto representa el peregrinaje, la muerte al hombre antiguo, pecador que vuelve a nacer al hallar el centro. 

En cualquier caso todo laberinto tiene una cualidad hipnótica. Algo abismal arrastra la mirada hacia su interior y basta un descuido para quedar atrapado en sus meandros. Contra lo que pudiéramos pensar, la suerte que tenemos cuando nos adentramos en su interior es que es imposible extraviarse, pues no tiene más que “un camino” que conduce al centro. Mirar la propia vida en retrospectiva puede ser una experiencia semejante. Uno se percata de las vueltas y revueltas que se han tenido que producir para finalmente estar en este lugar preciso. Sin embargo, en nuestro día a día lleno de preocupaciones, lo último que queremos es recrear la sensación de que nuestra vida se desnortó, que estamos perdidos. Vencer el enigma del laberinto y llegar a su centro es lo que nos reconforta. Es entonces cuando las muchas vueltas de la vida y los cambios de dirección finalmente cobran sentido en esta metáfora existencial del caminar por un laberinto: si mantenemos el rumbo -no importan las idas y venidas, lo lejos que parezca todavía-, cada paso nos estará acercando más y más a la meta.


1 comentario:

  1. ¿Y si llegar a esa meta, como la arribada a Ítaca, fuera menos interesante que el apasionante viaje hasta ella?

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