martes, 1 de julio de 2014

Ellos no lo harían


He tenido perro casi toda mi vida. El último fue un pastor belga, Senda, con la que conviví diez años. Al final, estando ya muy mayor, sufría todo tipo de achaques. También manías, que como a nosotros, se le acusaron con la edad. Ya no podía levantarse de un salto cuando al terminar de vestirme por las mañanas le decía el mágico “¡vamos!” que en otros tiempos la hubiese hecho salir disparada de su cama. Así que tenía que ayudarle y ser paciente cuando se detenía camino del pipi-can respirando con dificultad. Tuve que acostumbrarme a levantarme antes para no llegar tarde al trabajo y poder dedicarle todo el tiempo que necesitaba. Su mirada me lo decía todo: que tuviese paciencia, que muchas gracias y que lo sentía mucho. Pero yo nunca se lo reproché. 

Vivir todo aquello me hizo reflexionar sobre la necesidad de armarme de generosidad con los que nos necesitan; de que un día el lento seré yo; que es inevitable y que espero que haya alguien dispuesto a dedicarme su tiempo para que mis últimos días sean tranquilos y dignos.

Hoy mismo, en el ecuador de mis días, dando una mirada rápida a mi muro de Facebook veo la foto de un perro atado a una ventana. Un perrillo faldero que un desalmado de Burriana ha dejado abandonado allí. Al verlo he recordado que cuando yo vivía con Senda me atormentaba pensar cómo podría sentirse si un día en un descuido mío se me perdía por el parque, lo que hubiese sido para ella sentirse abandonada.

Alguien que no tiene escrúpulos en generar dolor a un animal no es de fiar, no es una buena persona. No es algo que admita excusas, es un juicio absoluto. ¿Cómo podemos calificar a quien abandona, ahora que llega el verano, a un animal a su suerte y se marcha a casa tan tranquilo?, ¿Qué responsabilidad podemos dejar en sus manos? Desde luego yo no le dejaría ninguna.

Menos mal que estos días y gracias a Cristina Grau puedo leer las cómicas, y verdaderas, memorias de su mascota Daysi. Una historia entrañable desde el principio al fin. Sociable, curiosa y terca por naturaleza, Daysi acude a eventos donde no siempre es bien recibida porque su voluminosa presencia nunca pasa inadvertida, provocando cataclismos, risas, ternura y emoción. Daysi es una cerda ibérica, a la que todos quieren... unos por cómo es y otros por el sabor que podría tener. Cristina la libró de un destino más que oscuro y previsible. A cambio Daysi le desbarató el corazón y pasó a convertirse en parte de su vida. Qué más da si es un perro, un gato, un conejo o una cerda. Eso es algo que el insensato que ha abandonado al perro no podrá entender jamás.

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