martes, 13 de mayo de 2014

El hombre que arreglaba las bicicletas


Como muchos de los que estarán leyendo estas líneas yo también nací en la segunda mitad del siglo XX, un tiempo que ahora nos parece lejano, como que no lo hubiésemos vivido. Pero lo vivimos... 

Y en los veranos de mi infancia, antes incluso del año 75, que fue el momento preciso en el que parece que todo empezó a cambiar, mi padre alquilaba una vieja y destartalada casa de campo. Allí llegaba a principios de julio, con mi madre, mi padre y mis hermanos, justo cuando las clases se acababan en el colegio y el calor empezaba a hacerse insoportable en la ciudad. Lo hacíamos en un, también, viejo y destartalado Dyane 6 que oscilaba peligrosamente en las curvas y baches del camino de tierra que llevaba hasta aquella casa, dando la sensación de que íbamos a volcar en cualquier momento. Pero allí pasábamos el verano, junto al perro, las gallinas, el pollo y los patos que se refrescaban, con nosotros, en la acequia de riego que pasaba justo por el linde de aquella finca rústica. Unos veranos que entonces se me antojaban larguísimos y en los que parecía que aparentemente no ocurría nada.

No se me hubiese ocurrido pensar durante las largas esperas, de dos horas justas, para hacer la digestión antes de volver a meterme de nuevo en la acequia, que llegaría el siglo XXI. En aquel momento me parecía un futuro inalcanzable, una época que no llegaría a vivir, porque para mí, entonces, los 31 años que yo tendría si llegaba al año 2000 me parecían una enormidad. Tampoco pensé que aparecería una nueva herramienta que esponjaría y haría más pequeño este mundo grande: Internet. Ni que llegada la segunda década de esa centuria haría su plena eclosión el fenómeno de las redes sociales Twitter y Facebook.

Facebook fue precisamente quien me mandó un mensaje planteándome el dilema de cómo era posible que no me hubiese todavía enterado que la persona que yo creía que era solamente mi cartero era escritor, y no solamente eso, sino que acababa de publicar un libro de más que recomendada lectura. Se trata de Ángel Gil Cheza, y su segunda novela “El hombre que arreglaba las bicicletas”. Leerla me ha retraído a los veranos de mi infancia. Los veranos del Chaparral, que es como se llamaba aquella casa en la que veraneaba con mi familia. Me ha recordado las siestas, ese momento del día en el que el mundo parece que se detiene. Y los melocotones. Los melocotones que comía directamente del árbol, en aquella época en la que todavía no tenían conservantes, colorantes, ni edulcorantes. 

El miércoles, 14 de mayo, a las 19:30 horas, en el Salón de Actos del Edificio Hucha de la Fundación Caja Castellón tendremos la oportunidad de volver a evocarlos.



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