domingo, 20 de abril de 2014

A Manolo Safont


A lo largo de mi vida, y todavía hoy en día, he tenido la suerte de encontrarme con personas que me han ayudado de manera generosa y desprendida en mi trabajo. Personas con las que coincidí en algún momento, me dedicaron su tiempo y compartieron conmigo su buen hacer profesional cuando yo era todavía más inexperto que hoy, sin la formación ni el bagaje profesional necesarios. Gracias a ellos, pude aprender, corregir mis errores y crecer. Les estoy agradecido todos los días, han pasado a ser amigos y el simple hecho de recordarlos me emociona. Porque me apoyaron a cambio de nada, porque nada podía yo ofrecerles más que las ganas de aprender. Por ello he sentido siempre el deseo y la necesidad de poderles corresponder por todo cuando hicieron por mi, esperando que algún día las circunstancias de la vida me lo permitiesen. Uno de ellos es Manolo Safont

En el caso de Manolo, para mí primero fue el personaje, luego el artista, y finalmente la persona. En la Onda de mi juventud nadie destacaba tanto en el paisaje cotidiano local como lo hacía él, todo un personaje indiscutible gracias a su poblado bigote, su melena canosa alborotada, su perenne jersey rojo y un original colgante hecho con un trozo grande de algún mineral por mí desconocido. Un aspecto que rompía, en un evidente ejercicio de libertad y personalidad, con la estética establecida, sin aferrarse a modas ni convencionalismos.

Sin embargo, no sería hasta finales de los años noventa, cuando el Ayuntamiento de Onda me confió la gestión de la Saleta Municipal de Exposiciones, que él precisamente había puesto en marcha de una manera completamente altruista años antes, cuando tomé un contacto más directo con Manolo. Junto a su mujer, Anita, era uno de los asiduos de las actividades culturales promovidas por el municipio, especialmente si en el ámbito de las artes plásticas se trataba. Y durante aquellos años me presentó a artistas, me enseñó catálogos y obras, me dio consejos y me ayudó en aquella época en la que mi único aval era el deseo de hacer mi trabajo mejor. 

Pero la vida da giros inesperados. Y, curiosamente, el desencadenante ha sido la organización de “Magnificat: Nuevas Metáforas de lo Sagrado”, la exposición que se muestra hasta el próximo 31 de mayo en la Sala San Miguel de la Fundación Caja Castellón. Porque en esta muestra, que reflexiona sobre el arte religioso generado en nuestra provincia a partir de los años 60 del pasado siglo, en el momento que las artes y los artistas más innovadores se enriquecen gracias a las influencias de fuera de nuestra provincia para concluir en la renovación de las artes plásticas de nuestros días, ha resultado inevitable recordar a Manolo Safont. 

El profesor de la Universitat Jaume I, Vicent García Edo, conocedor de su trabajo, y Vicent Estall, director del Museu Manolo Safont, nos pusieron tras la pista del mural de “La Sagrada Familia”. Esta obra monumental, de 1963, es la más importante de las realizadas por Safont antes de que, poco después de este encargo, abandonara su vertiente figurativa para dedicarse a la corriente abstracta que presidió las tres últimas décadas de su vida, por la que es mucho más conocido. Había estado colocada en la entrada de la antigua oficina de la Caja de Ahorros y Monte de Piedad de Castellón de Onda, pero, con motivo de unas importantes obras de reforma, fue arrancado de la pared para ser depositado en el Museo Histórico Municipal de Onda, en donde se ha conservado en cajas durante todo este tiempo. El Servicio de Conservación y Restauración de Bienes Culturales de la Diputación de Castellón ha realizado los trabajos de recuperación de los graves desperfectos que presentaba el mural y el pasado lunes, 14 de abril, fue presentado al público recuperando el esplendor que nunca debiera haber perdido.

Presenciarlo, y haber formado parte de este proceso, fue emocionante. Desde luego mi manera de dar las gracias a Manolo por todo cuanto él me dio a mí.


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