jueves, 13 de marzo de 2014

Rumores, noticias y chismes


Anoche estaba trabajando en casa cuando de repente una alerta sonora del ordenador me indicó que acababa de recibir un mensaje por Facebook. Un amigo de la red mostraba de buenas a primeras lo indignado que se sentía. Había extraído una larga serie de conclusiones a partir de algo que era simplemente un rumor. La cuestión es que se había enterado que que un importante elemento patrimonial de Castellón había desaparecido y a saber quién se habría lucrado con ello, especulaba él. Casualmente lo que él decía que había desaparecido yo había estado viéndolo aquella misma mañana y se lo dije. Pero por más que le pedí que se serenase y no siguiese aventurando más teorías; por más que le sugerí que fuese al origen de la noticia y averiguase, que comprobase su veracidad, no quiso tener en cuenta esta manera de actuar. Así que daba categoría de noticia bomba a lo que me estaba contando porque lo había leído en el periódico y cuando algo se ha escrito en un periódico, reafirmaba, no cabe duda alguna de que es real. 

Inmediatamente colgó en su muro un texto apelando a tópicos fácilmente incendiarios y efectivamente se armó la marimorena. Decenas de comentarios de sus amigos y de los amigos de sus amigos convirtieron la noticia en un aquelarre exponencial de ofendidos imposible de parar. Cuando de vez en cuando se me ocurría, erróneamente, apelar a la calma, los ofendidos se alteraban más si cabe y si hubiesen podido hubiesen fundido los plomos de mi casa para impedirme seguir escribiendo invitándoles a recuperar el sentido común. No merece la pena reproducir los apelativos recibidos. 

Los rumores han cautivado a los hombres desde siempre; desde siempre nos ha enfrentado la cuestión de qué es verdadero o falso, de qué es lo que “la gente” dice. Ya se propaguen desde la periferia al centro o en sentido inverso, los rumores provocan pánico, purgas, miedo o delirios, y al hacerlo crean historia, interpretando los hechos a conveniencia. Como su primas “la habladuría”, el “se dice” o el “se rumorea”, se abren paso por los oídos de las personas, o los ojos si es que de leer se trata, hasta convertirse en una siniestra patata caliente que, desafortunadamente, toma poder. Por eso muchas veces influyen más en el comportamiento y las opiniones de las personas de lo que pueden hacerlo las informaciones contrastadas. 

De hecho, he quedado con mi amigo facebookero a tomar un café. Al acabar hemos vuelto cada uno a su trabajo y hemos pasado frente al lugar de la 'famosa' pieza desaparecida. Todo permanecía como siempre, inalterado. Pero esta parte de los hechos ya no interesaba...

Foto: Norman Rockwell: "The Gossips", 1948. Saturday Evening Post.

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