miércoles, 5 de marzo de 2014

Benvolguda Ana María


Apenas un año después de llegar a la Fundación una mañana sonó mi teléfono. Respondí casi mecánicamente esperando, como era habitual a aquellas horas, alguna cuestión rutinaria del trabajo. Sin embargo, desde el otro lado de la línea, una voz tranquila, un poco tímida, me saludó con un “¡Hola Alfredo, soy Ana María Moix, he recibido tu carta y estaré encantada de ir a la Fundación Caja Castellón!”. 

Fue tan sencillo y alejado de falsas sofisticaciones que poco después, la tarde del 14 de enero de 2004, siguiendo la estela de su hermano Terenci, fallecido apenas un año antes, Ana María Moix llegaba a Castellón para impartir, como no podía ser de otro modo, una conferencia sobre literatura en la Barcelona de los años 60. Tras presentarla al público, Ana María dijo “Hola, bona tarda” e inmediatamente un grupo de exaltados de lo fatuo se levantó de sus butacas sonoramente mientras rumiaban cabizbajos lo que se intuían palabras de difícil digestión. Al salir por la puerta, mientras abandonaban la sala, con la mayor de las cortesías les pregunté qué es lo que les ocurría y ellos cual escupitajo dijeron en un castellano perfecto que no les parecía interesante lo que estaba contando la invitada. "¿Pero cómo puede ser si todavía no ha dicho nada?" añadí serenamente. Sin embargo esta pregunta por respuesta obtuvo otro 'escupitajo'. Y se fueron escaleras abajo. 

Ana María ni se inmutó. Impartió su conferencia y durante todo el tiempo que permaneció en Castellón no hizo referencia alguna al suceso, como si no lo hubiese vivido. Al día siguiente, a punto de subir al tren después de besarme, me miró a los ojos, y con la complicidad que da la media voz me dijo: “Cuando no tienes nada que esconder no hay manera posible de que te hagan daño, cuando te muestras ante los demás tal cual eres nadie puede atacarte”. Inmediatamente me di cuenta de que este pensamiento me acompañaría el resto de mi vida. Un “¿a qué vendrás a verme cuando vengas a Barcelona?” fue la despedida. 

Dos años después, en un cóctel en la terraza del Museo Marítimo de Barcelona tras la entrega del Premio Biblioteca Breve me reencontré con Ana María. Me saludó por mi nombre y tras preguntarme si todo iba bien por la Fundación, se interesó por cuestiones de las que habíamos estado hablando dos años antes, de algunas de las cuales yo ya ni me acordaba. 

Desde luego queda la literatura, pero especialmente el recuerdo de lo vivido con Ana María Moix, una mujer especial de fragilidad aparente pero de grandeza interior. Por eso, a personas como ella no las olvidaremos.

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