lunes, 3 de febrero de 2014

Un cadáver exquisito


Desde hace un par de meses ando recorriendo la provincia de Castellón un par de tardes a la semana al encuentro de 'tesoros' escondidos. De norte a sur, y desde el Grao hacia el interior hasta llegar a Morella, es asombroso descubrir que no es indispensable ir a la Toscana o a la Provenza si de emocionar a la vista es de lo que se trata. 

La semana pasada recorrimos el Maestrazgo. Tras hacer parada en La Salzadella, nos dirigimos a San Mateo. La imponente nave gótica de su Iglesia Arciprestral, que deja sin aliento al visitante, alberga en sus capillas del lado del Evangelio las esculturas que motivaron nuestra visita. Pero la sorpresa estaba precisamente al otro lado, en el de la Epístola. Al entrar en la capilla del Santísimo la vista se dirige inevitablemente hacia arriba, atraída por las pinturas de la bóveda, sin imaginar que al bajarla una urna barroca dorada de elaborada talla reclamará, a partir de entonces, toda la atención. En su interior, un esqueleto anónimo, suntuosamente decorado de la forma más cuidadosa con oro, piedras preciosas, encajes y sofisticados abalorios duerme el sueño eterno en atuendo de guerrero romano, ajeno a las miradas de visitantes curiosos. 

Parece ser que en 1766 el papa Clemente XIII aprobó el traslado del cuerpo de uno de los mártires del cementerio de Santa Priscila de Roma a San Mateo. A su llegada a la villa en 1767 se le llamó San Clemente en honor al papa y desde entonces se muestra al culto como recordatorio de los tesoros espirituales que esperan a los fieles después de la muerte.

Sin embargo, al devolver la apariencia humana a los huesos se ha creado una belleza misteriosa que trasciende lo espiritual, generando cierta inquietud. Es inevitable sentir que el esqueleto que observamos vivió hace más de dos mil años y las vueltas que da la vida que lo ha puesto frente a nosotros para que lo contemplemos curiosos desde el otro lado del cristal. O peor aún, pensar que en el futuro el observado podríamos ser cualquiera de nosotros. Así que lo mejor es salir de nuevo a la calle para disfrutar, ahora que podemos, de todo lo que el Maestrazgo pone ante nosotros. Mañana podría ser, quien sabe, demasiado tarde.


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