martes, 11 de febrero de 2014

Maestros


Charlando con el experto en motivación y éxito escolar Fernando Alberca sobre las causas del fracaso escolar y sobre los puntos débiles del sistema educativo, planteaba la urgente prioridad que representa para nuestra sociedad la puesta en valor de la figura del profesor, del maestro. Para Alberca es indispensable prestigiar al educador como un ejemplo de trabajo de excelencia. Por lo tanto es decisivo que tenga una formación de calidad que aborde todas los ámbitos del saber necesarios para ejercer su labor y, consecuentemente, una generosa remuneración por su ejercicio. Fue en ese momento cuando me planteó una pregunta que me ronda desde entonces: ¿cuántos profesores has tenido en tu vida a los que consideres realmente buenos, que dejasen una impronta duradera en tu vida, que te marcasen?

Apuntaba Alberca que desde que recientemente se descubrieron las neuronas espejo podemos entender mejor lo que ya sabíamos, que el ser humano aprende gracias a lo que ve en los demás. Por eso son tan decisivas las relaciones en la educación y la calidad del educador. Nada se logra desde la obligación, ni porque sí, sino que los logros se consiguen por alguien y para alguien. A ello habría que añadir que todos somos inteligentes, es algo que forma parte de nuestra esencia. Sin embargo la inteligencia puede crecer al aprender. Por lo tanto, son los profesores que realmente hicieron que el hecho de aprender con ellos fuese agradable y estimulante, los que motivaron con su positivismo, paciencia y dedicación los que, entre otros factores, construyeron las bases del camino que sería nuestra vida en el futuro. 

Haciendo un cálculo a grosso modo estimo que debo haber tenido entre cuarenta y cincuenta profesores en mi vida académica. Sin embargo, me doy cuenta que buenos, lo que se dice buenos solo tuve cuatro, de los cuales, dos son de la época del colegio, uno del instituto y uno de la universidad. Para mi fueron maestros y, además, ejemplo a seguir. Del resto, hay profesores de los que no recuerdo absolutamente nada, ni siquiera su cara o su nombre. Algunos de ellos eran tan malos que, precisamente por eso, no los he olvidado. Por esa circunstancia 'ejemplar' permanecen en mi recuerdo. Demoledor, en cualquier caso.

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