viernes, 17 de enero de 2014

No somos nadie


Adsuara, al igual que tantos apellidos, resulta familiar para cualquier castellonense. Pero, como en muchos otros casos, desconocemos quién era o qué hicieron las personas que dan nombre a calles, colegios e infinidad de lugares. En el caso de Adsuara, al menos, sabemos que fue escultor, aunque es probable que sean bastantes menos los que sepan que las obras que ven cada día por algunas de las zonas más transitadas de la ciudad pertenecen al célebre artista, cuyo prestigio en vida no paró de crecer.

Tras pasar varios días viendo obras del artista castellonense, un amigo me propuso el domingo pasado completar este itinerario. Y fuimos, para mi sorpresa, al cementerio de la capital. Allí, su trabajo se hace visible en lápidas solemnes y robustas pero a la vez dotadas de una sensualidad y serenidad increíbles, cuyo solo descubrimiento merece la visita. 

Curiosamente, a tan solo unos metros de las de Adsuara, algunas lápidas de mármol blanco de principios del siglo XX que han logrado sobrevivir al paso del tiempo, muestran los delicados motivos vegetales, estilizados y de ritmos sinuosos tan emblemáticos del modernismo. Justo enfrente, los impresionantes panteones de las que fueron las grandes familias de la época, comparten lugar con tumbas humildes de personas anónimas, muchas de ellas hace tiempo olvidadas y sin nadie que las cuide. Todo nos invita a la reflexión de que el tiempo pasó para todas esas personas cuyas vidas fueron, aparentemente, iguales a las nuestras. 

Vamos por la vida como halcones, planeando majestuosamente sobre el paisaje, y observándolo todo desde la altura. Desde la aparente altura. Porque, como nos recuerda Rafael Balanzá en su última novela “Recado de un muerto”, no caemos en la cuenta de lo que realmente somos hasta que recibimos una violenta acometida desde lo alto y notamos unas garras que se hunden en nuestra carne tierna, recubierta por un plumaje blanco y delicado. 

Lo curioso de la situación es que cualquiera de las cosas que puedan ocurrirnos, por increíblemente buenas o espantosas que nos parezcan, ya les han ocurrido a otros antes. El paso del tiempo hará que todo se olvide. Uno lo piensa leyendo los nombres de las lápidas. Porque realmente no somos nadie. Todo pasará, en algunos casos sin dejar huella.




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