miércoles, 8 de enero de 2014

La gran belleza


Tras los ecos de las fiestas y los trajes elegantes de las celebraciones de Navidad y Año Nuevo, las carteleras de cine nos dan, precisamente, la oportunidad de disfrutar de La gran belleza, el último trabajo de Paolo Sorrentino, el actual enfant terrible del cine italiano. Una película, con la que arrasó en los Premios del Cine Europeo, en la que nos muestra la decadencia de una variopinta gama de personajes, políticos, mafiosos, aristócratas decadentes o santos, observados bajo la lupa desencantada de su protagonista, el indolente Jep Gambardella. Este atractivo y seductor irresistible, a la par que cínico vividor, nos pasea por el esplendor marchito de Roma con el objetivo de hacernos ignorar sus primeros signos de envejecimiento. Para ello disfruta al máximo de la vida social de la ciudad y asiste a cenas y fiestas de lo más elegante, donde su ingenio y deliciosa compañía son siempre bienvenidos. Sin embargo, bajo su imagen de periodista de éxito y seductor innato esconde a un escritor frustrado que disimula su desencanto tras una actitud cínica que le lleva a ver el mundo con cierta lucidez amarga. 

Una mirada decadente de las falsedades de la vida en el marco de una Roma sumamente hermosa, que embruja al espectador por su belleza deslumbrante, en un recorrido a través de desconocidos palacios o por los rincones más líricos de la ciudad. Un paisaje exquisito para acercarnos, curiosamente, a las miserias de la naturaleza humana, a su profunda fragilidad y a la angustia vital del discurrir del tiempo. 

Lo recordaba con los primeros días de enero, mientras paseaba por la noche dorada de Roma, una ciudad que se presentaba ante mí más eterna que nunca, si cabe. Es en lugares, y momentos como ese, en los que es inevitable someternos a cierto viaje personal en el que se apodera el escepticismo y la frustrante sensación de que no alcanzaremos los sueños que nos marcamos, de las oportunidades perdidas en la vida y una cierta angustia vital al enfrentarnos con nuestras verdades. 

Porque detrás de los personajes de la película de Sorrentino hay melancolía y sufrimiento, hay historias personales y desencanto. Porque detrás de ellos también estamos nosotros. Porque todos somos vulnerables. Esa es, probablemente, la gran belleza.

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