martes, 25 de noviembre de 2014

Castellón lejos de la playa


Como en tantas otras cosas también conocí tarde el interior de Castellón. Obviamente este descubrimiento estuvo condicionado a que tuviese el permiso de conducir y un coche. Pero desde el primer viaje tomé consciencia de su impresionante belleza. Era el año 2000, iba camino de Zaragoza. A pesar de haber ido incontables veces a la capital del Ebro por asuntos de trabajo siempre lo había hecho en tren por Sagunto, vía Teruel, así que en cuanto tuve el permiso de conducir y un coche me adentré por el Maestrazgo para llegar a Aragón. Recuerdo perfectamente que era el año 2000 porque escuchando la banda sonora que Hans Zimmer había compuesto para Gladiator, entonces en cartelera, y sugestionado por lo épico de la película y aquella música, fuí a darme de bruces, casi de repente en un giro de la carretera, con la tantas veces soñada Morella que se presentó ante mí como una aparición. La visión sorprendente de la silueta sinuosa de las murallas coronadas por la imponente mole del castillo me dejó sin palabras. Tuve la sensación de haber hecho un viaje en el tiempo a la Edad Media y me prometí en aquel mismo instante que tenía que volver cuanto antes para conocer mejor el lugar. 

Desde entonces he ido descubriendo, poco a poco, el Castellón sin playa, un Castellón que para mí es mucho más que naturaleza e impresionantes vistas; mucho más que patrimonio histórico-artístico o una gastronomía excepcional propia de la tierra; mucho más que usos y costumbres que perviven al paso del tiempo: Vilafamés, Sant Mateu, Catí, Vistabella y tantas otras dignas de mención recomendables a viajeros y a los que anhelen serlo. 

Este fin de semana he vuelto de nuevo a Zaragoza por el Maestrazgo y me ha sorprendido descubrir los estragos que el vandalismo ejerce sobre las construcciones dispersas que salpican la carretera. Edificaciones víctimas de la despoblación que forman parte de la vida de nuestros antepasados. Hablando del triste destino de este patrimonio aparentemente abandonado a la suerte del paso de tiempo salió en la conversación cómo últimamente se están produciendo innumerables robos de las tejas para revenderlas, lo cual significa dejar estos edificios, una vez sin techumbres, al albur de la climatología acelerando con ello su ruina total. 

Triste destino, triste reflejo de nuestra identidad cuando nuestra memoria se borra de este modo por culpa de la falta de valores en el respeto de aquello que forma parte de nuestra idiosincrasia. Pero qué le vamos a hacer, descerebrados los hay a todas horas, independientemente del número de ojos que intenten controlarlos.




miércoles, 5 de noviembre de 2014

El gran misterio


El calendario está cuajado de fechas que nos devuelven a los orígenes. Como el primero de noviembre. Por eso la semana pasada acompañé a mi madre al cementerio. No me quedaba otra alternativa. De no hacerlo me hubiese retirado la palabra por cinco meses. Así, que tras mostrar los respetos de rigor a los abuelos, como hacen las personas de bien –me recuerda una y otra vez mi madre-, nos dedicamos, como todo el mundo, a pasear entre filas y filas de nichos leyendo los nombres de las inscripciones de las lápidas, a la búsqueda interminable de viejos conocidos que ya no están entre nosotros. Un viaje hacia atrás en el tiempo, a los recuerdos que se refrescan al ver las fotos de vecinos y amigos que vemos en el mármol. Un viaje a lo que vivimos con ellos, a lo que fuimos. 

De regreso a Castellón con el coche, en un día dedicado a la nostalgia y el recuerdo, decidí pasar por la casa de campo en la que pasé los veranos de mi infancia. Recuerdo que los meses de verano que pasábamos allí para mí eran lo más cercano al concepto de felicidad que tengo. Por eso sentí curiosidad de volver y ver qué quedaba de todo aquello. 

No había cambiado nada. Todo estaba igual al último día que estuve allí, hace más de 20 años. Pero la memoria, que es imperfecta, lo había mejorado todo. Porque todo era tan diferente… Desde luego el recuerdo era mucho mejor que la realidad actual. Como si recordase un lugar que no hubiese existido. Como si la memoria, que es maleable, hubiese creado unos recuerdos mucho más evocadores de lo que realmente fueron. 

De aquellos veranos, que ahora me parecerían increíblemente aburridos, solo recuerdo que los consumíamos esperando a que pasasen cada día las interminables dos horas de rigor para hacer la digestión antes de poder tomar el baño, porque no había nada que hacer, ni nada de lo que preocuparse. Sin embargo, al pensar en ello, del mismo modo que al ver las fotos de los antiguos vecinos del barrio en las lápidas del cementerio, es inevitable sentir algo de melancolía. Decía John Banville, el último premio Príncipe de Asturias de las Letras, que el pasado es la montaña sobre la que estamos sentados y que cuanto llevamos a cabo está moldeado por él. Para Banville la memoria es una función de la imaginación porque basta volver a un lugar del que llevamos tiempo apartados para descubrir que nunca es tal y como lo recordábamos. ¿Qué es lo que hace que el recuerdo sea más luminoso? Ese es el gran misterio.

miércoles, 3 de septiembre de 2014

Buenas vibraciones


Son las que sentimos en cuanto conocimos a la Dra. Carol Queen, que nos recibió con los brazos abiertos hace pocos días frente a las puertas del Antique Vibrator Museum que dirige en San Francisco, continuando entusiásticamente la labor de su fundadora Joani Blank. Joaquín, un amigo de Málaga, nos sugirió salirnos del circuito convencional turístico para detenernos en uno de esos lugares, fuera de ruta, que merece la pena visitar. ¡Y tanto que lo merece! 

Joani Blank atesoró vibradores antiguos durante décadas. A esta colección inicial se han ido incorporando nuevas y singulares adquisiciones, encontradas en lugares tan peculiares como mercadillos o la cibertienda universal donde está todo lo que se busque que es Ebay. El resultado es una exposición en la que podemos contemplar vibradores de finales de 1800 hasta la década de 1970. Todo tipo de vibradores eléctricos, algunos de los cuales atesoran, en íntimo secreto, curiosas historias e íntimas vivencias.

El origen del vibrador eléctrico se remonta a 1869 con la invención de un masajeador de vapor patentado por un médico estadounidense. Este dispositivo, diseñado como herramienta médica, se destinó al tratamiento de "trastornos femeninos". Dos décadas después un médico británico incorporó al prototipo una batería portátil y poco después, ya en 1900, vibradores eléctricos de todo tipo, como los que podemos ver en el museo, se encontraban a disposición de los exigentes profesionales de la medicina del momento. El salto al mundo doméstico era inminente. 

Los médicos los empleaban para el tratamiento de la "histeria", un angustia de lo más común entre las mujeres de la época que se trataba con masajes genitales inductores del "¡¡paroxismo histérico!!" en el paciente. Un tratamiento que “exigía” tanto de destreza manual como de una buena cantidad de tiempo, por lo que los médicos estaban encantados con la eficiencia, la comodidad y la fiabilidad de los vibradores portátiles. El siguiente paso fue la consideración del vibrador como un electrodoméstico en revistas femeninas y catálogos de venta por correo como objeto para proferir "la salud, el vigor y la belleza de la mujer moderna, una panacea para los males que van desde los dolores de cabeza, el asma e incluso la tuberculosis”. Otro gran anuncio se jactó de haber sido "inventado por una mujer que conoce las necesidades femeninas pues se puede utilizar en la intimidad del tocador y proporcionar a cada mujer la esencia de la eterna juventud e incluso la reducción de peso". ¿Quién no se sentiría tentado a experimentar "esa deliciosa sensación emocionante, el cosquilleo de la alegría de vivir?" 

Parece de lo más absurdo, pero no es así. Porque todo el mundo tenía más que claro desde el primer momento para qué servía esta innovación tecnológica. Porque en este caso más que tecnología de uso doméstico de lo que estamos hablando es de “camuflaje tecnológico”. ¡Ya nos entendemos!




martes, 19 de agosto de 2014

Recto o torcido


Coincidiendo con el 45 aniversario de los disturbios de Stonewall en Nueva York el De Young Museum de San Francisco exhibe por primera vez una serie única de 75 fotografías realizadas por Anthony Friedkin. Este fotógrafo de Los Ángeles aborda en su trabajo algunas de las cuestiones sociales y culturales más importantes de la época. El De Young nos redescubre sus elocuentes y expresivas imágenes tomadas durante el agitado periodo que va de 1969 a 1973 y que nos permiten conocer algunos aspectos de la vida cotidiana en las comunidades gay de Los Ángeles y San Francisco del momento. Se trata de imágenes tomadas en calles, hoteles, bares y salas de baile que demuestran una sensibilidad y una comprensión que ha impregnado la serie con una resonancia duradera. Los retratos muestran personajes reprimidos, maltratados e incomprendidos pero con una tremenda honestidad entre ellos, con un maravilloso sentido del absurdo y pasión increíbles. Pero, seguramente también se trata de personajes que no son conscientes de la profundidad de sus sentimientos y el alcance que para generaciones futuras tendría el hecho de que actuasen conforme a lo que sentían, ajenos a la opinión de los demás o sin importarles las consecuencias que de ello se derivasen en aquella época de puritanismo. 

En contraste, y unas calles mas abajo, el Phoenix Theatre programa Pleiades, una historia acerca de la hermandad en el sentido literal y metafórico. Ambientada en 1971, en pleno auge de la segunda ola del movimiento feminista, narra la historia de siete chicas jóvenes que tratan de encontrar su lugar dentro de su familia y de un mundo cambiante. Llama la atención el enorme y a la vez opresivo peso que el qué dirán tenía todavía sobre estas mujeres y su decisión de no hacer nada que contradijese el orden y las reglas establecidas. Ser libres, salirse de la convención social, acarrearía unas consecuencias, un estigma, para que el que no estaban preparadas, plantearía un precio que no estaban dispuestas a pagar. A los que actuaron así, sin duda alguna, no les debemos nada, porque nada lograron. 

Por eso emociona observar las vidas de las personas que decidieron o tuvieron que luchar contra las actitudes rectas de una sociedad que no les consideraba normales, cuando no enfermos, o una amenaza general contra la cultura establecida. Ocurrió en gran medida con los negros por parte de la blancos, con los homosexuales por parte de algunos heterosexuales, o a las mujeres que decidieron emanciparse y ser libres del destino preestablecido, con todos los prejuicios y temores inherentes. Es cierto que no podemos separarnos totalmente de la sociedad que nos rodea. Pero gracias a estas personas que evolucionan en paralelo a las normas establecidas nuestra sociedad ha sido y es más diversa. A ellos, sin duda, les estamos agradecidos.




miércoles, 13 de agosto de 2014

Una chispa de locura


La vida es como San Francisco, esta maravillosa ciudad donde he venido este verano a pasar las vacaciones. Llena de colinas que suben y bajan, unas veces muy altas, otras menos. Unas veces inesperadas, otras previsibles. Unas veces suaves, otras tan empinadas que cruzarlas cuesta y a veces deja sin aliento. Y, afortunadamente, siempre hay más. En San Francisco, como en la vida, siempre hay perspectivas nuevas.

A través de las redes me enteré del fallecimiento del actor Robin Williams, justo al otro lado de la bahía. Algo que deja sin palabras. Es esa sensación extraña, esa melancolía que queda cuando nos enteramos de este tipo de pérdidas tan inesperadas e inexplicables de gente que sin ser amigos ni familiares, y con los que es más que seguro que nunca tendremos trato, pero que sentimos cercanos, como si les conociésemos de toda la vida. 

Con esa sensación en el cuerpo acudimos a ver la actuación de M.O.C. (Music on Commad) la compañía de la actriz Pearl Marill, que presentaba el espectáculo “Some Bodies Confession” en el marco del Music Moves Festival, un festival que durante todo este mes pone el punto de mira en el vinculo entre la musica y la danza en el ODC Theater de San Francisco y que viene a sumarse a la variadísima oferta de artes escénicas que ofrece la ciudad incluso en verano. 

“Some Bodies Confession” es una obra cargada de humor influenciada por la cultura pop donde la la música, la danza, el teatro, combinadas con las confesiones personales y a la vez anónimas de los espectadores hacen que nuestra imaginación se dispare. Antes de la representación los actores recogieron las confesiones anónimas que el público escribía en unos papeles facilitados a la entrada del teatro. El resultado de conocer estas confesiones, que entran a formar parte del espectáculo de manera improvisada, la sorpresa de descubrir cual será la siguiente, no pueden lograr un efecto más divertido.

"La vida solo te da una pequeña chispa de locura. No debes perderla", dijo en una ocasión Robbin Williams. Aprovechar la chispa de locura de “Some Bodies Confesion” logró que al salir todo pareciese una suave colina por la que dejarnos llevar. Será cuestión de darle menos importancia al drama y concedérselo a la comedia, que la vida son cuatro días.


sábado, 9 de agosto de 2014

Lo fatuo y lo que permanece


De entre las obras que exhibe el Art Institute de Chicago una de las que recaba nuestra atención es el retrato que David Hockney hizo de Fred y Marcia Weisman en el que vemos al matrimonio de reconocidos coleccionistas frente a la piscina de su casa rodeados de algunas de las obras que habían adquirido. Lograron reunir una impresionante colección de los artistas más destacados de su época que acabaría formando parte, gracias a su filantropía, de importantes instituciones que ahora disfrutamos nosotros. "El arte es una forma de vida. Vivo con el arte, pero sobre todo me gusta compartirlo", afirmó Fred. Es cierto que era un apasionado coleccionista. Pero mayor que el placer de coleccionar las obras que amaba era su gozo por compartirlas. De ahí que creyese que "cuando eres tan afortunado como yo he sido, tienes la responsabilidad de compartir con los demás".

El Art Institute de Chicago es uno de los museos de arte más importantes del mundo. Visitarlo justifica el largo viaje que representa llegar a esta ciudad, ya que cuenta con una de las colecciones más destacables de obras del Impresionismo y Postimpresionismo, además de una más que cuidada selección de pintura italiana, flamenca, holandesa y española, que configura un espectacular recorrido por la historia del arte desde sus orígenes hasta nuestros días. 

Visitándolo le comenté a la persona que me acompañaba el detalle de que todas las obras eran resultado de donaciones de particulares e instituciones. Su respuesta inmediata fue “¡así también me monto yo un museo!”. Cierto. Absolutamente cierto. Pero me pregunto cuántos particulares e instituciones entienden en nuestro entorno que su prestigio se deriva del apoyo a este tipo de manifestaciones. Durante los años de bonanza todos los comentarios de admiración que escuchaba estaban sujetos al mismo denominador común: la ostentación y apariencia fofa. El símbolo del éxito social era tener un apartamentazo visible y ostentoso frente a la playa, con varios coches de gran cilindrada tapizados de piel argentina o un collar con predruscos que además de parecerlo fuesen bien caros. Todo fatuo, todo demostrativo. Pero todo se esfumó, no quedó nada. Los que estimaron que financiar un pabellón del Museo de Bellas Artes, financiar un año de la Escuela de Música o una temporada de ópera era algo que les prestigiaría ante los demás fueron muy pocos. Probablemente casi nadie les dio las gracias por ello. 


jueves, 7 de agosto de 2014

Morgan & Jack


Morgan y Jack son dos periquitos que viven en una jaula tan alta como yo (o sea, dos metros menos dos palmos). Están ahí desde que nacieron en la incubadora de una pajarería de Chicago y no han conocido otro mundo. Su dueña los cuida con esmero, así que los ha situado de modo que puedan ver el parque, un montón de pisos más abajo y me ha pedido que supervise diariamente el termostato del aire acondicionado para que la temperatura del salón se mantenga estable y no mueran achicharrados por el sol que a media tarde atraviesa las paredes acristaladas y podría convertir el lugar en un auténtico horno.

Desde que he llegado paso mucho tiempo mirándolos, casi hipnotizado. Por la noche su instinto sigue dictándoles que duerman en lo alto, casi pegados al techo de la jaula, y durante el día juegan, se acarician el uno al otro que parece que estén dándose besos y suben y bajan por todos los artilugios de colores que tienen a su disposición. Uno de ellos se pasa horas mirándose a un espejo; el otro sube y baja unas escaleras con cascabeles como si fuese un ecosistema de lo más natural. Allí están de lo más felices. De hechom, cuando me ven ni se inmutan, no son conscientes de que su mayor peligro precisamente soy yo. 

Ayer les colgué a un cordel el corazón de una manzana para que comiesen algo más sabroso que el pienso industrial, pero no le hicieron ni caso. Al quitarlo por la tarde, mustio y seco, Jack, el periquito, se escapó volando. Inmediatamente la periquita empezó a llamarle desesperada. Su compañero que piaba avisando que volvía a la jaula, intentaba entrar de nuevo una y otra vez, porque aparentemente no le interesaba volar en aquella habitación, y menos salir al exterior. Cuando finalmente logré meterlo de nuevo en su jaula el corazón se le salía por la boca y, un rato después, ya tranquilo, ignorando la manzana, se puso a comer nuevamente pienso. Había vuelto a su rutina. 

Mirándolos de nuevo, me pregunto si nuestras vidas no serán un poco la misma cosa. Enmarcados dentro de la rutina cotidiana nada de lo que ocurre en ella nos extraña y todo nos parece de lo más normal. Me pregunto si probablemente, como en el caso de los loros, no habrá un mundo mucho mejor ahí fuera, lleno de posibilidades, también de retos, esperándonos. Y justo estaba pensándolo cuando Rosario me ha escrito para recordarme que me quite las telarañas que haya almacenado durante el año y que sonría a la vida. Porque solo tenemos una. No te olvides, me remarca. ¡Buen consejo!

jueves, 17 de julio de 2014

Sympathy for the Stones: Sus satánicas majestades llegan a Valencia


Mucho ha llovido desde que el promotor musical Gay Mercader trajo a los Rolling por primera vez a España en un concierto. Era el 11 de junio de 1976. El lugar escogido: la Monumental de Barcelona. Ahora es la Fundación Bancaja la que hasta el próximo 2 de noviembre nos los presenta en “Sympathy for the Stones”, una muestra que coincide con la gira del 50 aniversario de la icónica banda británica. La exposición presenta a este mítico grupo en la clave de la cultura visual contemporánea a través de una selección de más de un centenar de piezas, entre fotografías, obras, carteles, portadas de discos, documentales y fragmentos de algunos de sus conciertos, brindándonos una amplia aproximación a uno de los grupos más emblemáticos y longevos del siglo XX. 

“Sympathy for the Stones” va mucho más allá del culto a las figuras de Mick Jagger, Keith Richards, Charlie Watts y Ronnie Wood, fija a través de ellos su mirada en la cultura del rock & roll y la construcción colectiva del mito. Para ello se apoya en imágenes de sus conciertos y ensayos, posando ante las cámaras, junto a carteles, momentos en el backstage, imágenes de las muchedumbres y de las calles durante las giras, así como con personajes célebres como John Lennon y Yoko Ono, Bruce Springsteen, Bob Dylan, Iggy Pop, David Bowie, Eric Clapton, Tina Turner o Andy Warhol, entre muchos otros. 

Cuando The Rolling Stones comenzaron a tocar conciertos en Londres en 1962 era difícil imaginar que una banda de rock duraría tanto tiempo. Sin embargo, este año celebran el quincuagésimo aniversario de su primer concierto en el Marquee Club de Londres el 12 de julio 1962. Conforman pues una amplia trayectoria musical que hace que The Rolling Stones formen parte de la historia de la música y, en concreto, de la historia del rock. No sólo fueron rompedores en sus inicios, sino que han ejercido, y aún lo hacen, una gran influencia en la música posterior con uno de los repertorios más abrumadores de la escena actual. Así cada álbum que los Stones realizaron en la década de los setenta es esencial no sólo para la comprensión de la música de esa época, sino para la comprensión de la era en sí. En su intenso interés por el blues y el R&B, los Stones conectaron con el público joven de Estados Unidos y en poco tiempo se convirtieron en sinónimo de la actitud rebelde de la época hasta llegar a nuestros días, donde siguen demostrando una increíble e intacta capacidad de convocatoria intergeneracional. 

Cada vez más escépticos y desconfiados, acuciados por la imperiosa necesidad de vanguardia y renovación constante, descubrimos que en la era del culto a la juventud los Rolling son la evidencia de que no hay que ser joven para tocar rock and rol y que el paso del tiempo no es óbice para dedicarse a aquello que uno desea. Los años pasan pero ellos siguen haciendo lo que más les gusta: tocar en directo y ofrecer un gran espectáculo gracias al trabajo de un grupo que es mucho más que la voz de un solista, la evidencia de que cuando todas las partes se aúnan el resultado es mucho más grande. Es pura dinamita. 

Los mitos son subjetivos, insalvablemente subjetivos, como el amor. Por eso, tantas veces no dura. Los mitos podrían ser, tal vez, la proyección colectiva del amor, a veces irracional. Pero no es menos verdad que The Rolling Stones, profetas del exceso y apóstoles del star system, son piezas de culto y que, pase lo que pase, nadie quiere escuchar la noticia de que ya no están entre nosotros. ¡Vivir para ver!

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viernes, 11 de julio de 2014

La Virgen del Pilar entre San Jaime y San Pascual


El retablo de cerámica de AlcoraLa Virgen del Pilar entre San Jaime y San Pascual”, considerada como una de las producciones de azulejería más interesantes de cuantas salieron de los hornos de la Real Fábrica de Cerámica de Alcora, será este trimestre de verano la obra invitada del Museo de Bellas Artes de Castellón.

Esta pieza, de inconfundible aire alcoreño, destaca por la singularidad de haber formado parte de la propia historia de la fábrica, ya que se encontraba instalada en su patio de entrada, realzada por un marco rectilíneo de estuco que coronaba una gran venera entre guirnaldas simetrizadas de hojas y flores.

Cuando el Conde de Aranda, uno de los más influyentes y acaudalados miembros de la nobleza aragonesa, en 1727, fundó la Real Fábrica de Loza de su señorío de Alcalatén eligió Alcora porque en ella funcionaban ya 24 hornos de cántaros y tenía cerca excelentes vetas de arcilla. Estaba sentando las bases de lo que llegaría a ser el primer establecimiento industrial, en el sentido moderno, que surgiera en tierras castellonenses. Al mismo tiempo, gracias a la labor de formación técnica y artística llevada a cabo en la propia fábrica con los operarios, vecinos de la villa, se consiguió crear una fuente de riqueza adelantada a su tiempo por sus sistemas de producción y comercialización que anticiparía el futuro desarrollo económico de la comarca.

El propósito del Conde, hombre proclive a los nuevos aires de reforma propios del siglo de las luces, era la implantación en España de las innovaciones que se estaban introduciendo en la loza fina europea dirigida a una clientela aristocrática aunque no cortesana. Posteriormente su hijo Pedro-Pablo se preocupó de conseguir los secretos de la fabricación de porcelana. Todo ello supondría una gran renovación en la hasta entonces decadente cerámica española, que a partir de este momento despertaría, tanto en lo artístico como en lo técnico, gracias a las novedades que Alcora aportaba, con especial incidencia en los obradores valencianos.


En el caso del retablo “La Virgen del Pilar entre San Jaime y San Pascual”, de 126 x 84 cm., podemos contemplar una placa central que muestra sobre un fondo con el río Ebro y la ciudad de Zaragoza, a la Virgen del Pilar entre nubes y querubines, en clara alusión a la condición aragonesa de los condes propietarios. A los pies de la Virgen se encuentran arrodillados el apóstol san Jaime, patrón de España, recuperando la tradición católica de la aparición de la Virgen al apóstol el año 40 para animarle en la prédica por Hispania y solicitarle la construcción de la Basílica del Pilar. A su izquierda aparece representado san Pascual Bailón, no solo también aragonés sino patrono de la fábrica en cuya denominación oficial figuraba. 

La fecha que consta al pie, octubre de 1768, sugiere su colocación coincidiendo con la festividad del Pilar de dicho año y sitúa la obra en la que se ha denominado la “segunda época de Alcora”, entre 1742 y 1798, cuando la fábrica alcanza su plenitud de producción y resultados. Este periodo coincide con la dirección del hijo del fundador Pedro-Pablo Abarca de Bolea, décimo conde de Aranda y célebre ministro de Carlos III, a la que corresponden las características “rocallas” de los azulejos que encuadran la placa. Un estilo, el “de rocalla”, introducido en Alcora por los directores artísticos Julián López (a. 1746-1787) y José Ochando (a. 1727-1772/73) hacia 1748 que perdura hasta 1784. En efecto, las rocallas asimétricas, los entablamentos moldurados de perfil mixtilíneo, los floreros y las perinolas, resueltas con una esplendida policromía, conforman el marco de azulejos que envuelven a la gran placa central. Con respecto a la autoría el Conde de Casal la atribuyó “al más afamado de los Álvaro”, si bien no es posible concretar quién de esa reconocida familia pudo ser, si Cristóbal, Francisco, José o Vicente.

Ante la imposibilidad de alcanzar la viabilidad económica para la fábrica que se encontraba en pleno declive, y necesitados de liquidez, los últimos propietarios María Aicart y Cristóbal Aicart quien fuera diputado y presidente de la Corporación provincial, decidieron venderla en 1944 y sobre ella se edificaron nuevas naves de industrias azulejeras. El panel fue arrancado y adquirido posteriormente por la Caja de Ahorros y Monte de Piedad de Castellón. Desde principios de los años 70, con la apertura de la sede central en la calle Cavallers de Castellón presidió el entresuelo del recibidor del primer piso. Fue retirada de la pared con motivo de su exhibición en la exposición “Alcora: Un siglo de arte e industria” organizada por la Fundación Caja Castellón en febrero de 1996. Colocada en el actual soporte fue exhibida nuevamente en la exposición “La Ruta de la Cerámica” en marzo del año 2000, organizada también en la Sala San Miguel. Ahora, y durante todo este verano, quienes no conozcan todavía esta pieza de gran valor estético tienen la posibilidad de hacerlo junto al resto de piezas de cerámica que alberga el museo de la Plana antes de su regreso a la Fundación Caja Castellón donde será nuevamente exhibida con carácter permanente.

jueves, 3 de julio de 2014

El final es allí donde empezamos


Cada mañana cientos de castellonenses atraviesan la plaza del Ayuntamiento y pasan frente a la catedral absortos en sus cavilaciones cotidianas y ajenos al hecho de que a sus pies, más allá de un puro diseño geométrico de baldosas de granito, un laberinto gigante con sus calles y encrucijadas, intencionadamente complejo, busca confundir a quien se adentre en él. Estos días, tras un leve bache en el camino, luce remozado recobrando su simbolismo original. 

La leyenda nos recuerda que el primer laberinto lo diseñó el legendario arquitecto Dédalo para el rey Minos de Creta con el objetivo de mantener preso al Minotauro, la monstruosa criatura engendrada por su esposa Pasifae de su unión con un toro. Teseo, el mítico rey de Atenas logró matarlo gracias a que se adentró en su inextricable trazado de más de mil habitaciones dejando la huella de hilo que le había dado la princesa Ariadna, hermana del monstruo. 

Pero la realidad es que desde mucho antes los laberintos han estado presentes en diversas culturas, épocas y lugares, presentándose siempre como un símbolo ligado a lo espiritual. De hecho, muchos de ellos, ya desde la prehistoria, estaban dibujados en el suelo a modo de trampa con el objetivo, tanto de alejar como de atrapar, a los malos espíritus. Lo mismo ocurría en muchas casas desde tiempos remotos, donde la imagen del laberinto se trazaba en la puerta de entrada como sistema de protección. Pero uno de sus más importantes simbolismos está asociado a los rituales de iniciación, representando la búsqueda del centro personal, del sí mismo del ser humano. Para el encuentro de tan preciado hallazgo se requiere de un ritual iniciático que implica la superación en distintas etapas del camino marcado por el laberinto. 

Durante la Edad Media el laberinto estuvo fuertemente relacionado con el duro camino de los creyentes hacia Dios, el recorrido tortuoso de los caminos enredados y difíciles hasta hallar el centro simbolizaban la participación en los sufrimientos de Cristo. Trazados en el suelo de las catedrales los fieles lo recorrían simulando la peregrinación hacia Tierra Santa. Así, el camino del laberinto representa el peregrinaje, la muerte al hombre antiguo, pecador que vuelve a nacer al hallar el centro. 

En cualquier caso todo laberinto tiene una cualidad hipnótica. Algo abismal arrastra la mirada hacia su interior y basta un descuido para quedar atrapado en sus meandros. Contra lo que pudiéramos pensar, la suerte que tenemos cuando nos adentramos en su interior es que es imposible extraviarse, pues no tiene más que “un camino” que conduce al centro. Mirar la propia vida en retrospectiva puede ser una experiencia semejante. Uno se percata de las vueltas y revueltas que se han tenido que producir para finalmente estar en este lugar preciso. Sin embargo, en nuestro día a día lleno de preocupaciones, lo último que queremos es recrear la sensación de que nuestra vida se desnortó, que estamos perdidos. Vencer el enigma del laberinto y llegar a su centro es lo que nos reconforta. Es entonces cuando las muchas vueltas de la vida y los cambios de dirección finalmente cobran sentido en esta metáfora existencial del caminar por un laberinto: si mantenemos el rumbo -no importan las idas y venidas, lo lejos que parezca todavía-, cada paso nos estará acercando más y más a la meta.


martes, 1 de julio de 2014

Ellos no lo harían


He tenido perro casi toda mi vida. El último fue un pastor belga, Senda, con la que conviví diez años. Al final, estando ya muy mayor, sufría todo tipo de achaques. También manías, que como a nosotros, se le acusaron con la edad. Ya no podía levantarse de un salto cuando al terminar de vestirme por las mañanas le decía el mágico “¡vamos!” que en otros tiempos la hubiese hecho salir disparada de su cama. Así que tenía que ayudarle y ser paciente cuando se detenía camino del pipi-can respirando con dificultad. Tuve que acostumbrarme a levantarme antes para no llegar tarde al trabajo y poder dedicarle todo el tiempo que necesitaba. Su mirada me lo decía todo: que tuviese paciencia, que muchas gracias y que lo sentía mucho. Pero yo nunca se lo reproché. 

Vivir todo aquello me hizo reflexionar sobre la necesidad de armarme de generosidad con los que nos necesitan; de que un día el lento seré yo; que es inevitable y que espero que haya alguien dispuesto a dedicarme su tiempo para que mis últimos días sean tranquilos y dignos.

Hoy mismo, en el ecuador de mis días, dando una mirada rápida a mi muro de Facebook veo la foto de un perro atado a una ventana. Un perrillo faldero que un desalmado de Burriana ha dejado abandonado allí. Al verlo he recordado que cuando yo vivía con Senda me atormentaba pensar cómo podría sentirse si un día en un descuido mío se me perdía por el parque, lo que hubiese sido para ella sentirse abandonada.

Alguien que no tiene escrúpulos en generar dolor a un animal no es de fiar, no es una buena persona. No es algo que admita excusas, es un juicio absoluto. ¿Cómo podemos calificar a quien abandona, ahora que llega el verano, a un animal a su suerte y se marcha a casa tan tranquilo?, ¿Qué responsabilidad podemos dejar en sus manos? Desde luego yo no le dejaría ninguna.

Menos mal que estos días y gracias a Cristina Grau puedo leer las cómicas, y verdaderas, memorias de su mascota Daysi. Una historia entrañable desde el principio al fin. Sociable, curiosa y terca por naturaleza, Daysi acude a eventos donde no siempre es bien recibida porque su voluminosa presencia nunca pasa inadvertida, provocando cataclismos, risas, ternura y emoción. Daysi es una cerda ibérica, a la que todos quieren... unos por cómo es y otros por el sabor que podría tener. Cristina la libró de un destino más que oscuro y previsible. A cambio Daysi le desbarató el corazón y pasó a convertirse en parte de su vida. Qué más da si es un perro, un gato, un conejo o una cerda. Eso es algo que el insensato que ha abandonado al perro no podrá entender jamás.

sábado, 14 de junio de 2014

Los 'ojos' que te 'vigilan'


Esta mañana, al entrar en la Sala de Tráfico del Ayuntamiento de Castellón para recoger una autorización de circulación, he visto el enorme mural de monitores que controla el tráfico de la ciudad. Sorprende descubrir cómo los modernos ‘ojos’ de las cámaras supervisan, en tiempo real y con toda precisión, cuanto ocurre en las calles por las que transcurre nuestro día a día sin que seamos en absoluto conscientes de que todo lo que hacemos quedará, al menos momentaneamente, registrado. 

Al llegar al trabajo una compañera me ha dicho que no lograba situar un lugar al que debía acudir por la tarde, así que le he mostrado el itinerario por Google Street View. Al empezar el recorrido en el ordenador, cuál no ha sido nuestra sorpresa al descubrir, justo al girar la calle de la que partíamos, a un amigo común en lo que parecía una discusión, con otra persona, conocida también por nosotros. El azar quiso que se encontrase en ese lugar justo en el momento en el que la cámara de Google pasó por allí. Y ahí ha quedado inmortalizado a la vista de los curiosos internautas.

Curiosamente, mientras observamos a estos conocidos, mi compañía de móvil puede ubicarme en las inmediaciones del mercado central de Castellón. Visa puede constatar la compra que he realizado en la pescadería, quizá para mitigar los efectos de la cena de anoche en una cadena de comida rápida, justo antes de entrar en los multicines del Puerto para ver la última película de Woody Allen. Todo ello, mientras las cámaras de seguridad de la sala están capturándome en ese justo momento y, de regreso a casa, mi móvil me delatará si supero la velocidad permitida en el coche. Y todo ello sin navegar ni un segundo por Internet. 

Así que, nada más llegar a casa, recupero ‘Numerati: lo saben todo de ti”, el libro de Stephen Baker, publicado por Seix Barral, hace ya cinco años. El autor nos presenta a esta nueva ‘casta’ de investigadores que saben todo de nuestra vida y de nuestra conducta, al punto de ser capaces de deducir a quién vamos a votar, con quién deseamos trabajar o a quién podemos amar. Todo ello a partir de los modelos estadísticos que ofrecen los datos que vamos ‘dejando’ como quien no quiere a nuestro paso. No nos conocen, ni nos conocerán jamás, pero cada día comprenden y predicen nuestra conducta. Comoquiera que sea, no hay marcha atrás: en la era que se inicia, su análisis estadístico describirá, estudiará y predirá nuestra vida.

¿Cómo defendernos? ¿Cómo ocultar nuestra vida a miradas indiscretas? Estremece pensar la cantidad de información que pueden tener de nosotros los expertos en mercadotecnia y comportamiento humano, su capacidad para descifrar nuestros deseos, temores y necesidades. Estremece pensar que hoy en día, encontrarnos y conocernos, es, para ellos, pan comido.


domingo, 25 de mayo de 2014

Que tengas un buen día


El sábado, después de comer con mi amiga Rosario, fuimos a sacar su coche del párking del centro de Castellón. Rosario le dio el tíquet al señor que cobra y se puso a buscar su monedero en el bolso, de modo que al encontrarlo y preguntar cuánto debía, de muy malas formas el cobrador le escupió un “un euro” que nos dejó sorprendidos. Rosario, disculpándose, le dijo que tuviese paciencia, que es normal que las personas mayores como ella pierdan oído, y el señor, en un nuevo escupitajo le dijo que para eso estaba la pantalla de la caja registradora que marcaba 'bien clarito' lo que se debía. Ahora lamento no haberle dicho que no se lo tomase así, porque debe ser terriblemente fácil encontrar a alguien que pueda hacer su trabajo por el mismo sueldo que él, pero indiscutiblemente con doscientas veces mejor predisposición. Visto el estándar de calidad de la atención recibida es un objetivo fácil de conseguir. Desde luego, aquello no iba a ser motivo para una mala digestión, siempre nos queda la opción de aparcar en el otro párking, tan solo dos calles más arriba. 

Como nos recuerda el consultor Juan Manuel Martín Menéndez ningún hombre es una isla, ya que al vivir en relación con otras personas nos necesitamos mutuamente para sobrevivir, pero también para sentirnos plenos. Es la colaboración con los demás lo que nos hace avanzar; es la relación con otras personas una fuente principal del goce de la vida. En su nuevo libro “Que tengas un gran día” incide en la idea de que el hecho de que un día lo sea tiene mucho que ver con las relaciones que mantenemos. Cuando estas son positivas, humanas y armónicas, la colaboración, el disfrute y la satisfacción son consecuencias naturales. Aunque también ocurre lo contrario: las relaciones negativas, difíciles o conflictivas, que acaban convirtiéndose en una fuente de problemas, dificultades e insatisfacciones. Porque aunque nuestra actitud y nuestra forma de relacionarnos tenga un papel muy importante, que sean de una u otra naturaleza no depende únicamente de nosotros. Éste es otro de los factores importantes para que que nuestros días sean grandes: crear y mantener relaciones positivas con las personas con las que trabajamos y nos relacionamos. 

Al final, igual resulta que el señor del párking estaba de mal humor a causa de un dolor de muelas. Rosario sacó el euro, se lo dejó en la cajetilla, recogió su tíquet y nos marchamos, no sin antes desearle un sonoro “que tengas un gran día”. Y allí debe seguir el cobrador... deshidratado, por culpa de tanto escupir.

martes, 13 de mayo de 2014

El hombre que arreglaba las bicicletas


Como muchos de los que estarán leyendo estas líneas yo también nací en la segunda mitad del siglo XX, un tiempo que ahora nos parece lejano, como que no lo hubiésemos vivido. Pero lo vivimos... 

Y en los veranos de mi infancia, antes incluso del año 75, que fue el momento preciso en el que parece que todo empezó a cambiar, mi padre alquilaba una vieja y destartalada casa de campo. Allí llegaba a principios de julio, con mi madre, mi padre y mis hermanos, justo cuando las clases se acababan en el colegio y el calor empezaba a hacerse insoportable en la ciudad. Lo hacíamos en un, también, viejo y destartalado Dyane 6 que oscilaba peligrosamente en las curvas y baches del camino de tierra que llevaba hasta aquella casa, dando la sensación de que íbamos a volcar en cualquier momento. Pero allí pasábamos el verano, junto al perro, las gallinas, el pollo y los patos que se refrescaban, con nosotros, en la acequia de riego que pasaba justo por el linde de aquella finca rústica. Unos veranos que entonces se me antojaban larguísimos y en los que parecía que aparentemente no ocurría nada.

No se me hubiese ocurrido pensar durante las largas esperas, de dos horas justas, para hacer la digestión antes de volver a meterme de nuevo en la acequia, que llegaría el siglo XXI. En aquel momento me parecía un futuro inalcanzable, una época que no llegaría a vivir, porque para mí, entonces, los 31 años que yo tendría si llegaba al año 2000 me parecían una enormidad. Tampoco pensé que aparecería una nueva herramienta que esponjaría y haría más pequeño este mundo grande: Internet. Ni que llegada la segunda década de esa centuria haría su plena eclosión el fenómeno de las redes sociales Twitter y Facebook.

Facebook fue precisamente quien me mandó un mensaje planteándome el dilema de cómo era posible que no me hubiese todavía enterado que la persona que yo creía que era solamente mi cartero era escritor, y no solamente eso, sino que acababa de publicar un libro de más que recomendada lectura. Se trata de Ángel Gil Cheza, y su segunda novela “El hombre que arreglaba las bicicletas”. Leerla me ha retraído a los veranos de mi infancia. Los veranos del Chaparral, que es como se llamaba aquella casa en la que veraneaba con mi familia. Me ha recordado las siestas, ese momento del día en el que el mundo parece que se detiene. Y los melocotones. Los melocotones que comía directamente del árbol, en aquella época en la que todavía no tenían conservantes, colorantes, ni edulcorantes. 

El miércoles, 14 de mayo, a las 19:30 horas, en el Salón de Actos del Edificio Hucha de la Fundación Caja Castellón tendremos la oportunidad de volver a evocarlos.



sábado, 10 de mayo de 2014

Gratuito o pirateado


Ayer fui a visitar a una enferma, se ha caído escaleras abajo y se ha dislocado el hombro. Tiene que hacer reposo y no mover demasiado el brazo. Pero no moverlo no parece impedimento para mover el dedo. Total, que me presenté en su casa con un libro que había comprado pensando en ella y cuando entré en la habitación estaba con un kindle en el que mostraba victoriosa cómo se había descargado, ‘piratamente’ por supuesto, no sé cuantos cientos de libros. A una media de dos libros a la semana calculo que allí tenía material de lectura intensiva para unos diez años de convalecencia. Al final casi me sentí ridículo regalándole el que buenamente yo traía porque… ¡también se había descargado, por si fuese poco, la filmografía completa de Harrison Ford y de Georges Clooney! 

Esta mañana hablaba con un cantante lírico, acaba de venir de Viena donde ha estado siguiendo un curso de dramatización con el objetivo de mejorar su puesta en escena. No deja de ser, en cualquier caso, un curso de una larga serie que ya ha hecho, con su correspondiente pago de matrícula. Cuando hablábamos de lo costoso de esta formación lamentaba que era una inversión de difícil recuperación si tenemos en cuenta que cuando le llaman para actuar muchas veces lo hacen con la intención de que lo haga gratis o, si no, por prácticamente nada. 

Y justo hace un momento hablaba por Skype con una conocida escritora. Se ha marchado a vivir fuera para reorientar su vida. Después de haber ganado prestigiosos premios literarios y haber alcanzado el éxito de crítica, ha decidido dejar de escribir porque no puede dedicar dos años en la preparación de una novela que luego todo el mundo descargará. Además, la alternativa de dar conferencias y cursos de literatura para cobrar, como en el caso del colega músico del que hablábamos, nada, o casi nada, tampoco es viable. 

Creemos que una sociedad sin novelistas, sin músicos o artistas puede vivir, aunque no aceptamos esta idea para otras ocupaciones que consideramos necesario tener cubiertas, máxime en un momento como el que vivimos en el que las necesidades primordiales son tan acuciantes. Sin embargo, como afirma César Antonio Molina con motivo de la presentación de su nuevo libro «La caza de los intelectuales. La cultura bajo sospecha», al igual que el secano se resiente de la falta de lluvias, en la cultura ocurre lo mismo. La cultura es la forma de plantar cara a la muerte y de explicar el mundo. Una forma de vivir que hemos cambiado por el olvido, la distracción del existir y el pirateo. Todo esto a lo único que conduce es a la miseria. Igual que la falta de lluvia al desierto.


Imagen: Detalle de la portada del libro de César Antonio Molina «La caza de los intelectuales. La cultura bajo sospecha».


viernes, 2 de mayo de 2014

Azar y destino, fortuna y causalidad


Los hechos más sorprendentes de nuestra vida son, en muchos casos, resultado de una concatenación de acontecimientos afortunados y fortuitos. Es la confirmación de la célebre teoría del caos con su ejemplo del movimiento de las alas de una mariposa, que nos recuerda que una pequeña perturbación inicial en una situación particular, mediante un proceso de amplificación, podrá generar un efecto considerablemente diferente a medio o corto plazo y sentirse al otro lado del mundo.

En este caso todo empezó el día que cumplí 40 años. A primera hora de aquella mañana una compañera de trabajo me dijo que aquel día marcaba el ecuador de mi vida, y determinaba si había tenido éxito, o no, en la misma. Inmediatamente después asistí a una reunión de trabajo en la que todos los interlocutores hablaban en inglés. Menos yo. Con una gigantesca sensación de fracaso abrí un atlas al llegar a casa y con los ojos cerrados puse el dedo sobre el mapa del Reino Unido. El destino indicó la ciudad de Edimburgo. Y allí pasé un verano de estudiante. De no haber vivido aquellos meses en la capital escocesa nunca hubiese podido descubrir su Festival, ni la maravillosa voz de los contratenores, y menos todavía la del gran Philippe Jaroussky.

Desde entonces creo haberlo recomendado a todos los invitados que han venido a la Fundación Caja Castellón, como si hubiese descubierto la panacea. La ambrosía musical que todos debieran saborear. Hasta que la actriz Rossy de Palma, modulando la voz en la Sala San Miguel de la Fundación, vino a decir que eso me pasaba por no escuchar a Xavier Sabata, que no era necesario irse tan lejos. Escuchar aquella misma noche sus 'Bad Guys' me dejó sin aliento.

Y el martes pasado las redes sociales culminaron el proceso al mandarme un aviso '¿Cómo es posible que todavía no hayas incluido en la triada a Flavio Ferri-Benedetti?'. Ver alguno de los videos de sus actuaciones justifican el por qué conocerle es una sorpresa total con la que se concluye el proceso de la cuadratura del círculo. Flavio Ferri-Benedetti, que nació en Scandiano, en la Emilia italiana, se trasladó con once años a Castellón donde reside actualmente. ¡Estaba justo al lado de casa!

En 2006 recibió el Premio Velluti en Corridonia en calidad de joven promesa como contratenor y fue admitido en la prestigiosa Schola Cantorum de Basilea para estudiar canto antiguo, recibiendo el diploma superior con Matrícula de Honor en 2010. Desde entonces ha participado en conciertos como contratenor solista en España, Italia, Suiza, Austria, Alemania, Francia e Inglaterra, con un repertorio que abarca desde el medievo hasta el romanticismo. Su primera grabación 'Passo di pena in pena. Cantate italiane' es considerada unánimemente uno de los mejores discos de música vocal barroca de 2012 por los críticos especializados.

Conocer al artista al día siguiente en la Sala San Miguel, escuchar su voz extraordinaria, poderosa y elegante, con sentimiento; contemplar cómo la música y la expresividad fluían de manera tan natural, fue cautivador, fascinante desde el principio al fin y demuestran que Flavio Ferri-Benedetti está mucho más allá de lo que significa el puro virtuosismo vocal. Por eso estamos impacientes ya por poder escuchar al artista, escuchar a Flavio trasmitiendo emociones a través de su música. Será, desde luego, otro de los 'imprescindibles' de San Miguel. Pero para eso tendrá todavía que pasar todo este verano que aún no ha empezado...


domingo, 20 de abril de 2014

A Manolo Safont


A lo largo de mi vida, y todavía hoy en día, he tenido la suerte de encontrarme con personas que me han ayudado de manera generosa y desprendida en mi trabajo. Personas con las que coincidí en algún momento, me dedicaron su tiempo y compartieron conmigo su buen hacer profesional cuando yo era todavía más inexperto que hoy, sin la formación ni el bagaje profesional necesarios. Gracias a ellos, pude aprender, corregir mis errores y crecer. Les estoy agradecido todos los días, han pasado a ser amigos y el simple hecho de recordarlos me emociona. Porque me apoyaron a cambio de nada, porque nada podía yo ofrecerles más que las ganas de aprender. Por ello he sentido siempre el deseo y la necesidad de poderles corresponder por todo cuando hicieron por mi, esperando que algún día las circunstancias de la vida me lo permitiesen. Uno de ellos es Manolo Safont

En el caso de Manolo, para mí primero fue el personaje, luego el artista, y finalmente la persona. En la Onda de mi juventud nadie destacaba tanto en el paisaje cotidiano local como lo hacía él, todo un personaje indiscutible gracias a su poblado bigote, su melena canosa alborotada, su perenne jersey rojo y un original colgante hecho con un trozo grande de algún mineral por mí desconocido. Un aspecto que rompía, en un evidente ejercicio de libertad y personalidad, con la estética establecida, sin aferrarse a modas ni convencionalismos.

Sin embargo, no sería hasta finales de los años noventa, cuando el Ayuntamiento de Onda me confió la gestión de la Saleta Municipal de Exposiciones, que él precisamente había puesto en marcha de una manera completamente altruista años antes, cuando tomé un contacto más directo con Manolo. Junto a su mujer, Anita, era uno de los asiduos de las actividades culturales promovidas por el municipio, especialmente si en el ámbito de las artes plásticas se trataba. Y durante aquellos años me presentó a artistas, me enseñó catálogos y obras, me dio consejos y me ayudó en aquella época en la que mi único aval era el deseo de hacer mi trabajo mejor. 

Pero la vida da giros inesperados. Y, curiosamente, el desencadenante ha sido la organización de “Magnificat: Nuevas Metáforas de lo Sagrado”, la exposición que se muestra hasta el próximo 31 de mayo en la Sala San Miguel de la Fundación Caja Castellón. Porque en esta muestra, que reflexiona sobre el arte religioso generado en nuestra provincia a partir de los años 60 del pasado siglo, en el momento que las artes y los artistas más innovadores se enriquecen gracias a las influencias de fuera de nuestra provincia para concluir en la renovación de las artes plásticas de nuestros días, ha resultado inevitable recordar a Manolo Safont. 

El profesor de la Universitat Jaume I, Vicent García Edo, conocedor de su trabajo, y Vicent Estall, director del Museu Manolo Safont, nos pusieron tras la pista del mural de “La Sagrada Familia”. Esta obra monumental, de 1963, es la más importante de las realizadas por Safont antes de que, poco después de este encargo, abandonara su vertiente figurativa para dedicarse a la corriente abstracta que presidió las tres últimas décadas de su vida, por la que es mucho más conocido. Había estado colocada en la entrada de la antigua oficina de la Caja de Ahorros y Monte de Piedad de Castellón de Onda, pero, con motivo de unas importantes obras de reforma, fue arrancado de la pared para ser depositado en el Museo Histórico Municipal de Onda, en donde se ha conservado en cajas durante todo este tiempo. El Servicio de Conservación y Restauración de Bienes Culturales de la Diputación de Castellón ha realizado los trabajos de recuperación de los graves desperfectos que presentaba el mural y el pasado lunes, 14 de abril, fue presentado al público recuperando el esplendor que nunca debiera haber perdido.

Presenciarlo, y haber formado parte de este proceso, fue emocionante. Desde luego mi manera de dar las gracias a Manolo por todo cuanto él me dio a mí.


viernes, 28 de marzo de 2014

Conservar la identidad


La semana pasada fui a Penyeta Roja. No había ido nunca y acabé dando vueltas y más vueltas por toda aquella montaña, subiendo y bajando con el coche por los caminos de entrada a las villas que se ven desde la carretera. Iba al Servicio de Conservación y Restauración de Bienes Culturales de la Diputación de Castellón que, para los que no lo sepan, está en la parte más baja. Un gran y más que evidente edificio rojo, conocido por todos y visible desde todas partes. Así que llegué tarde a la cita.

La Fundación Caja Castellón prepara una exposición de arte del siglo XX que se inaugurará en un par de semanas y una de las piezas más significativas de la muestra está siendo restaurada allí. Se trata de un panel cerámico de grandes dimensiones que de no haber sido por un espíritu sensible de los que aparecen de vez en cuando por los derribos y mudanzas, hubiese acabado convertido en escombro para relleno de algún bache de la carretera, como le habrá ocurrido a tantas y tantas otras obras que no habrán tenido la suerte de la que nos ocupa. Tras permanecer almacenado durante muchísimo tiempo ha llegado su hora y fui a ver cómo evoluciona el proceso de restauración de la pieza.

Todos hemos visto documentales en la televisión y estudios de restauración de las obras que se exhiben en las exposiciones que visitamos. Siempre llaman poderosamente la atención las imágenes que muestran el 'antes' y el 'después', ver cómo el restaurador logra que vuelva la luz donde solo había oscuridad, cómo consigue detener el avance del deterioro en una pieza, o cómo el proceso científico de investigación en torno a una obra logra dar con las respuestas a algo que estaba rodeado de incógnitas. Pero la experiencia de visitar y conocer la labor que se desarrolla en el centro me dejó sin palabras. Un grupo multidisciplinar de técnicos se dedica a la meticulosa y lenta labor de investigación, conservación y salvaguarda del patrimonio mueble que alberga la provincia, ya sea en lienzo, tabla o escultura, material arqueológico, documento gráfico, textil... y así poder transmitir este legado histórico-artístico en las mejores condiciones. Una labor minuciosa que requiere del trabajo de meses, años incluso en ocasiones, para devolver a las piezas su esplendor original perdido con el paso del tiempo y los avatares que en algunos casos han tenido que sufrir. 

Como dice la directora del centro, Carmen Pérez, la cultura es riqueza, genera riqueza, fomenta la identidad y el sentido de pertenencia a un lugar y es uno de los mejores avales de futuro de una sociedad. Nada mejor que una visita al servicio de Conservación y Restauración de Bienes Culturales para ratificarlo. ¡Porque recuperar el brillo es mucho más que dar una pasada de barniz de la ferretería!

jueves, 13 de marzo de 2014

Rumores, noticias y chismes


Anoche estaba trabajando en casa cuando de repente una alerta sonora del ordenador me indicó que acababa de recibir un mensaje por Facebook. Un amigo de la red mostraba de buenas a primeras lo indignado que se sentía. Había extraído una larga serie de conclusiones a partir de algo que era simplemente un rumor. La cuestión es que se había enterado que que un importante elemento patrimonial de Castellón había desaparecido y a saber quién se habría lucrado con ello, especulaba él. Casualmente lo que él decía que había desaparecido yo había estado viéndolo aquella misma mañana y se lo dije. Pero por más que le pedí que se serenase y no siguiese aventurando más teorías; por más que le sugerí que fuese al origen de la noticia y averiguase, que comprobase su veracidad, no quiso tener en cuenta esta manera de actuar. Así que daba categoría de noticia bomba a lo que me estaba contando porque lo había leído en el periódico y cuando algo se ha escrito en un periódico, reafirmaba, no cabe duda alguna de que es real. 

Inmediatamente colgó en su muro un texto apelando a tópicos fácilmente incendiarios y efectivamente se armó la marimorena. Decenas de comentarios de sus amigos y de los amigos de sus amigos convirtieron la noticia en un aquelarre exponencial de ofendidos imposible de parar. Cuando de vez en cuando se me ocurría, erróneamente, apelar a la calma, los ofendidos se alteraban más si cabe y si hubiesen podido hubiesen fundido los plomos de mi casa para impedirme seguir escribiendo invitándoles a recuperar el sentido común. No merece la pena reproducir los apelativos recibidos. 

Los rumores han cautivado a los hombres desde siempre; desde siempre nos ha enfrentado la cuestión de qué es verdadero o falso, de qué es lo que “la gente” dice. Ya se propaguen desde la periferia al centro o en sentido inverso, los rumores provocan pánico, purgas, miedo o delirios, y al hacerlo crean historia, interpretando los hechos a conveniencia. Como su primas “la habladuría”, el “se dice” o el “se rumorea”, se abren paso por los oídos de las personas, o los ojos si es que de leer se trata, hasta convertirse en una siniestra patata caliente que, desafortunadamente, toma poder. Por eso muchas veces influyen más en el comportamiento y las opiniones de las personas de lo que pueden hacerlo las informaciones contrastadas. 

De hecho, he quedado con mi amigo facebookero a tomar un café. Al acabar hemos vuelto cada uno a su trabajo y hemos pasado frente al lugar de la 'famosa' pieza desaparecida. Todo permanecía como siempre, inalterado. Pero esta parte de los hechos ya no interesaba...

Foto: Norman Rockwell: "The Gossips", 1948. Saturday Evening Post.

miércoles, 5 de marzo de 2014

Benvolguda Ana María


Apenas un año después de llegar a la Fundación una mañana sonó mi teléfono. Respondí casi mecánicamente esperando, como era habitual a aquellas horas, alguna cuestión rutinaria del trabajo. Sin embargo, desde el otro lado de la línea, una voz tranquila, un poco tímida, me saludó con un “¡Hola Alfredo, soy Ana María Moix, he recibido tu carta y estaré encantada de ir a la Fundación Caja Castellón!”. 

Fue tan sencillo y alejado de falsas sofisticaciones que poco después, la tarde del 14 de enero de 2004, siguiendo la estela de su hermano Terenci, fallecido apenas un año antes, Ana María Moix llegaba a Castellón para impartir, como no podía ser de otro modo, una conferencia sobre literatura en la Barcelona de los años 60. Tras presentarla al público, Ana María dijo “Hola, bona tarda” e inmediatamente un grupo de exaltados de lo fatuo se levantó de sus butacas sonoramente mientras rumiaban cabizbajos lo que se intuían palabras de difícil digestión. Al salir por la puerta, mientras abandonaban la sala, con la mayor de las cortesías les pregunté qué es lo que les ocurría y ellos cual escupitajo dijeron en un castellano perfecto que no les parecía interesante lo que estaba contando la invitada. "¿Pero cómo puede ser si todavía no ha dicho nada?" añadí serenamente. Sin embargo esta pregunta por respuesta obtuvo otro 'escupitajo'. Y se fueron escaleras abajo. 

Ana María ni se inmutó. Impartió su conferencia y durante todo el tiempo que permaneció en Castellón no hizo referencia alguna al suceso, como si no lo hubiese vivido. Al día siguiente, a punto de subir al tren después de besarme, me miró a los ojos, y con la complicidad que da la media voz me dijo: “Cuando no tienes nada que esconder no hay manera posible de que te hagan daño, cuando te muestras ante los demás tal cual eres nadie puede atacarte”. Inmediatamente me di cuenta de que este pensamiento me acompañaría el resto de mi vida. Un “¿a qué vendrás a verme cuando vengas a Barcelona?” fue la despedida. 

Dos años después, en un cóctel en la terraza del Museo Marítimo de Barcelona tras la entrega del Premio Biblioteca Breve me reencontré con Ana María. Me saludó por mi nombre y tras preguntarme si todo iba bien por la Fundación, se interesó por cuestiones de las que habíamos estado hablando dos años antes, de algunas de las cuales yo ya ni me acordaba. 

Desde luego queda la literatura, pero especialmente el recuerdo de lo vivido con Ana María Moix, una mujer especial de fragilidad aparente pero de grandeza interior. Por eso, a personas como ella no las olvidaremos.

viernes, 28 de febrero de 2014

La longevidad de los felices


Mientras nos hablaba de que ser feliz es saludable, el profesor Albert Figueras recordaba la semana pasada en la Fundación Caja Castellón una curiosa historia acaecida no se sabe muy bien dónde hace no sé cuánto tiempo. Y es que parece ser que una mañana, todos los habitantes de ese lugar que ahora no recordamos amanecieron con azúcar en los labios. Curiosamente, muchos de ellos no se dieron cuenta de lo que les había ocurrido, a excepción de aquellos que besaron, nada más despertarse, a su pareja. 

Enlaza perfectamente con un estudio de Bronnie Ware, una mujer australiana que trabaja en cuidados paliativos. Bronnie descubrió que poco antes de morir la gente no se quejaba de dolor, ni por padecer una enfermedad todavía no asumida, sino, entre otras cosas por no haber tenido la valentía de expresar a lo largo de la vida sus sentimientos. Expresarlos y vivirlos con alegría es, probablemente, el secreto de las personas más longevas porque los que se siente más felices no necesariamente tienen lo mejor de cada cosa; sencillamente hacen que todo lo que tienen sea lo mejor. 

Así pues, ¿qué es lo que nos hace felices?. Parece ser que la gasolina es importantísima en este asunto. Recuerda el profesor Figueras en su libro 'Pura felicidad' que el aumento de su precio reduce nuestro bienestar subjetivo porque nos crea ‘ansiedad financiera’ y conlleva cambios en la manera de vivir, como quedarse más en casa o hacer vacaciones más cortas. Convendrá evitar la falacia de la felicidad artificial que nos prometen ciertos antidepresivos e intentar sustituirlos por remedios tan naturales como la sonrisa. De hecho, un estudio de la Universidad de Detrotit midió la intensidad de la sonrisa de las fotografías de los jugadores de la liga de béisbol de 1952 partiendo de la idea de que la expresión facial es un “barómetro de las emociones”, un espejo del alma. Lo curioso es que, al mirar cuántos habían fallecido en 2009 observaron una relación directa entre una mayor sonrisa y la supervivencia. Lo mismo puede decirse para las fotos del perfil de Facebook. 

En conclusión, ser feliz es saludable y ‘sentirse bien’, aunque es algo que no viene dado porque hay que ‘trabajárselo’ para conseguirlo, conlleva multitud de ventajas en todos los niveles de la vida. Por si acaso acabo de cambiar mi foto de Facebook. No recuerdo qué es lo que pasaba cuando me hicieron esa foto para que me riese tanto. En cualquier caso, da igual. Porque la felicidad... ¡Ah, la felicidad! Depende de cosas tan pequeñas...

  
Foto: Rainbow Rain, de Banksy.

martes, 11 de febrero de 2014

Maestros


Charlando con el experto en motivación y éxito escolar Fernando Alberca sobre las causas del fracaso escolar y sobre los puntos débiles del sistema educativo, planteaba la urgente prioridad que representa para nuestra sociedad la puesta en valor de la figura del profesor, del maestro. Para Alberca es indispensable prestigiar al educador como un ejemplo de trabajo de excelencia. Por lo tanto es decisivo que tenga una formación de calidad que aborde todas los ámbitos del saber necesarios para ejercer su labor y, consecuentemente, una generosa remuneración por su ejercicio. Fue en ese momento cuando me planteó una pregunta que me ronda desde entonces: ¿cuántos profesores has tenido en tu vida a los que consideres realmente buenos, que dejasen una impronta duradera en tu vida, que te marcasen?

Apuntaba Alberca que desde que recientemente se descubrieron las neuronas espejo podemos entender mejor lo que ya sabíamos, que el ser humano aprende gracias a lo que ve en los demás. Por eso son tan decisivas las relaciones en la educación y la calidad del educador. Nada se logra desde la obligación, ni porque sí, sino que los logros se consiguen por alguien y para alguien. A ello habría que añadir que todos somos inteligentes, es algo que forma parte de nuestra esencia. Sin embargo la inteligencia puede crecer al aprender. Por lo tanto, son los profesores que realmente hicieron que el hecho de aprender con ellos fuese agradable y estimulante, los que motivaron con su positivismo, paciencia y dedicación los que, entre otros factores, construyeron las bases del camino que sería nuestra vida en el futuro. 

Haciendo un cálculo a grosso modo estimo que debo haber tenido entre cuarenta y cincuenta profesores en mi vida académica. Sin embargo, me doy cuenta que buenos, lo que se dice buenos solo tuve cuatro, de los cuales, dos son de la época del colegio, uno del instituto y uno de la universidad. Para mi fueron maestros y, además, ejemplo a seguir. Del resto, hay profesores de los que no recuerdo absolutamente nada, ni siquiera su cara o su nombre. Algunos de ellos eran tan malos que, precisamente por eso, no los he olvidado. Por esa circunstancia 'ejemplar' permanecen en mi recuerdo. Demoledor, en cualquier caso.

lunes, 3 de febrero de 2014

Un cadáver exquisito


Desde hace un par de meses ando recorriendo la provincia de Castellón un par de tardes a la semana al encuentro de 'tesoros' escondidos. De norte a sur, y desde el Grao hacia el interior hasta llegar a Morella, es asombroso descubrir que no es indispensable ir a la Toscana o a la Provenza si de emocionar a la vista es de lo que se trata. 

La semana pasada recorrimos el Maestrazgo. Tras hacer parada en La Salzadella, nos dirigimos a San Mateo. La imponente nave gótica de su Iglesia Arciprestral, que deja sin aliento al visitante, alberga en sus capillas del lado del Evangelio las esculturas que motivaron nuestra visita. Pero la sorpresa estaba precisamente al otro lado, en el de la Epístola. Al entrar en la capilla del Santísimo la vista se dirige inevitablemente hacia arriba, atraída por las pinturas de la bóveda, sin imaginar que al bajarla una urna barroca dorada de elaborada talla reclamará, a partir de entonces, toda la atención. En su interior, un esqueleto anónimo, suntuosamente decorado de la forma más cuidadosa con oro, piedras preciosas, encajes y sofisticados abalorios duerme el sueño eterno en atuendo de guerrero romano, ajeno a las miradas de visitantes curiosos. 

Parece ser que en 1766 el papa Clemente XIII aprobó el traslado del cuerpo de uno de los mártires del cementerio de Santa Priscila de Roma a San Mateo. A su llegada a la villa en 1767 se le llamó San Clemente en honor al papa y desde entonces se muestra al culto como recordatorio de los tesoros espirituales que esperan a los fieles después de la muerte.

Sin embargo, al devolver la apariencia humana a los huesos se ha creado una belleza misteriosa que trasciende lo espiritual, generando cierta inquietud. Es inevitable sentir que el esqueleto que observamos vivió hace más de dos mil años y las vueltas que da la vida que lo ha puesto frente a nosotros para que lo contemplemos curiosos desde el otro lado del cristal. O peor aún, pensar que en el futuro el observado podríamos ser cualquiera de nosotros. Así que lo mejor es salir de nuevo a la calle para disfrutar, ahora que podemos, de todo lo que el Maestrazgo pone ante nosotros. Mañana podría ser, quien sabe, demasiado tarde.


jueves, 23 de enero de 2014

25 años de compromiso


En plena Segunda Guerra Mundial, mientras Europa se desangraba por sus cuatro costados, Winston Churchill, uno de los grandes estadistas de su tiempo, recibió la petición de retirar por completo el presupuesto que tenía asignado a cultura para destinarlo a gastos militares. El premier británico se negó escandalizado. Londres sufría bombardeos constantes, sin embargo, Churchill no consintió que se rebajara el presupuesto ni siquiera una libra, porque comprendió que de acceder a ello toda aquella lucha no tendría sentido. Curiosamente le recordamos también por su afirmación de que el precio futuro a pagar por ser incultos es infinitamente más elevado que la inversión que cuesta evitarlo. Práctica reflexión. 

Enlazan estas opiniones perfectamente con los postulados del gran director de orquesta italiano Claudio Abbado, una de las personalidades más deslumbrantes de las últimas décadas, que ha fallecido esta semana. Abbado afirmaba que la cultura es la base del crecimiento, porque permite superar todos los límites a los que nos enfrentemos. Defendía también que es un bien común de la sociedad, tan vital y tan necesario en nuestro día a día como lo es el agua. Porque la cultura, remarcaba Abbado, nos aleja del estado salvaje, enriquece siempre, está contra la vulgaridad y permite distinguir entre el bien y el mal. Emocionantes reflexiones.

Se lo comentaba ayer a Rosario Benavent, amiga y presidenta de la Societat Cultural Amics de la Vall, que celebran mañana su 25 aniversario en un acto conmemorativo en el Centro Cultural Palau de Vivel de la Fundación Caja Castellón, en la Vall d'Uixó. Rosario me planteaba la cuestión de cuál puede ser el papel que debe cumplir en nuestra sociedad una entidad como la que ella coordina, si compensa resolver tantas dificultades como plantea el hecho de mantenerla viva y dinámica.

Rosario, al frente de la Societat Cultural Amics de la Vall, para mí es un ejemplo de compromiso y responsabilidad civil que no aparecerá en los informativos, pero representa a un grupo de personas que de manera voluntaria y desinteresada contribuyen a esponjar nuestras mentes, a ampliar nuestros horizontes y a diversificar el espectro lumínico de nuestra vida cotidiana, que de otro modo sería tan pequeña y monocroma que no merecería la pena ser vivida.



viernes, 17 de enero de 2014

No somos nadie


Adsuara, al igual que tantos apellidos, resulta familiar para cualquier castellonense. Pero, como en muchos otros casos, desconocemos quién era o qué hicieron las personas que dan nombre a calles, colegios e infinidad de lugares. En el caso de Adsuara, al menos, sabemos que fue escultor, aunque es probable que sean bastantes menos los que sepan que las obras que ven cada día por algunas de las zonas más transitadas de la ciudad pertenecen al célebre artista, cuyo prestigio en vida no paró de crecer.

Tras pasar varios días viendo obras del artista castellonense, un amigo me propuso el domingo pasado completar este itinerario. Y fuimos, para mi sorpresa, al cementerio de la capital. Allí, su trabajo se hace visible en lápidas solemnes y robustas pero a la vez dotadas de una sensualidad y serenidad increíbles, cuyo solo descubrimiento merece la visita. 

Curiosamente, a tan solo unos metros de las de Adsuara, algunas lápidas de mármol blanco de principios del siglo XX que han logrado sobrevivir al paso del tiempo, muestran los delicados motivos vegetales, estilizados y de ritmos sinuosos tan emblemáticos del modernismo. Justo enfrente, los impresionantes panteones de las que fueron las grandes familias de la época, comparten lugar con tumbas humildes de personas anónimas, muchas de ellas hace tiempo olvidadas y sin nadie que las cuide. Todo nos invita a la reflexión de que el tiempo pasó para todas esas personas cuyas vidas fueron, aparentemente, iguales a las nuestras. 

Vamos por la vida como halcones, planeando majestuosamente sobre el paisaje, y observándolo todo desde la altura. Desde la aparente altura. Porque, como nos recuerda Rafael Balanzá en su última novela “Recado de un muerto”, no caemos en la cuenta de lo que realmente somos hasta que recibimos una violenta acometida desde lo alto y notamos unas garras que se hunden en nuestra carne tierna, recubierta por un plumaje blanco y delicado. 

Lo curioso de la situación es que cualquiera de las cosas que puedan ocurrirnos, por increíblemente buenas o espantosas que nos parezcan, ya les han ocurrido a otros antes. El paso del tiempo hará que todo se olvide. Uno lo piensa leyendo los nombres de las lápidas. Porque realmente no somos nadie. Todo pasará, en algunos casos sin dejar huella.