domingo, 15 de diciembre de 2013

Solo envoltorios aparentes


Somos lo que comemos, víctimas de la vida que nos ha tocado vivir. Tampoco es algo por lo que haya que disculparse. Afortunado el que vive rodeado de comodidades y al que la vida le ha sonreído desde siempre poniendo a su disposición todo tipo de facilidades. Pero una cosa es vivir encima de un horno que no para de cocer panes a todas horas y otra es pensar, como María Antonieta, que quien no pueda comerlos, pues que no se sofoque, porque siempre le quedarán los pasteles.

Es lo que le debió suceder a la Marquesa de Llanzol, la protagonista de “Lo que escondían sus ojos” la novela de Nieves Herrero. Su autora nos presentaba hace unos días en el Edificio Hucha a esta mujer y su secreto, una historia que no podía permitirse que el paso del tiempo dejase en el olvido. Y es que la marquesa, una señora terriblemente atractiva que era centro de todas las miradas allá por donde pasaba, marcó la diferencia ya desde su más tierna infancia, que transcurrió en los lugares más cosmopolitas entre diplomáticos y literatos. Nada, en cualquier caso, comparado con lo que vino después, pero para eso ya hay que leer la novela. 

El contraste viene cuando descubrimos cómo era la maltrecha España de los años 40. Una realidad a la que la Marquesa, la más elegante y fascinante del momento, fue absolutamente ajena. Ella no estaba para que le hablasen de cosas tristes. Viviendo de espaldas a las penurias del resto de los españoles su único objetivo en la vida era ir a todas las fiestas donde le invitasen para poder lucir los últimos complementos y avances de la moda de París, sin importarle la reacción que provocase por Madrid, donde fue una de las primeras mujeres en conducir un Chrysler. Quién diría que lo hacía precisamente por unas calles en las que en lugar de coches lo que se podía ver eran las largas colas de personas que diariamente intentaban subsistir gracias a las cartillas de racionamiento. 

Con toda seguridad, la marquesa de Llanzol aparecería hoy en día, como ya hizo en su tiempo, en la lista de las más elegantes. Alta, rubia, culta, bien vestida y perfectamente perfumada y peinada, su belleza no tendría rival. Toda una señora, un adalid de la clase y el gusto. Un buen envoltorio. La elegancia, sin embargo, es otra cosa, harina de otro costal, y no del de los pasteles. Pese a todo la vida no ha cambiado tanto, aunque hoy en día en lugar de marquesas son motoristas...

1 comentario:

  1. Hoy sería, si no la reina de las páginas de "¡Hola!", una de las aspirantes que pugnan por ese "honor"...

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