viernes, 6 de diciembre de 2013

Racismo de baja intensidad


Una señora que miraba cómo instalábamos un nacimiento para estas navidades en la sacristía de la sala San Miguel apuntaba que sería necesario conseguir unas pinzas de tender la ropa minúsculas ya que en el tendedero en miniatura del belén las prendas estaban dejadas caer sobre las cuerdas en lugar de estar sujetas por las 'españolísimas' pinzas de la ropa y claro, «ni que fueran rumanos los que vivían ahí».

Poco después, pasando en coche por la avenida Chatellerault a las cinco de la tarde, precisamente a la hora de la salida del colegio, la calzada era un hervidero de padres, madres y abuelos recogiendo a los estudiantes, que pasaban y traspasaban la avenida camino ya de casa. Cuando comenté a la persona que me acompañaba que algún día atropellarían a alguien, como si nada respondió que «es que está todo lleno de rumanos, que no se puede ir por la calle». Desde luego y que quede claro, este elemento no es amigo mío. 

Pero por la noche, mientras nos reuníamos un grupo de personas para despedir un conocido que se marcha a trabajar al extranjero, porque le han ofrecido un trabajo estable, una recién despedida ese mismo día, aclaraba sin cortarse un pelo que aunque la habían echado a la calle por la mañana, había abandonado la oficina pacíficamente por la tarde, que podía haberse marchado dejando la puerta abierta todo el día para que los rumanos hubiesen entrado a llevarse lo que había allí dentro. Más que hablar, yo diría que esta persona escupía.

Las encuestas reflejan que la sociedad no es xenófoba, pero en nuestro día a día se observa cómo va calando la existencia de un racismo de baja intensidad basado en la percepción del otro como alguien que te puede crear problemas, como alguien que pasa a ser el conflictivo, el maleducado, el delincuente, en definitiva, el culpable de todo y la diana de nuestras frustraciones.

No es que vaya por ahí fijándome en los tendederos de la gente, en si ponen o no pinzas cuando cuelgan la ropa, ni veo que tenga la menor importancia. Esa es la verdad. Pero lo cierto es que estos comentarios que cada vez son menos puntales cada vez cobran más fuerza. Sutiles humillaciones e insultos que nadie denuncia ante los que parece que nadie actúa. Pero dejan huella.

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