jueves, 21 de noviembre de 2013

La Petra

 

Me llama mi madre para decirme que a la Petra le han tocado los ciegos. Que te toquen los ciegos es que has ganado una pasta en el cupón de la ONCE. Hace años que no he visto a la Petra, la recuerdo de cuando vivía todavía en casa de mi madre. Era una vecina que no sé si se llamaba Petra o no. Pero no lo sé, esa es la pura verdad. Igual ese no era su nombre y era en realidad su apodo, lo cual, visto lo visto, era de lo más normal, porque el modo como la gente se dirigiese a ti no era garantía de nada. Desde luego nadie se llamaba por el nombre de pila a secas. Como mínimo los nombres venían con artículo de regalo. Muy peculiar. De ahí la Petra, la Carmen, la Manoli, la Esperanza y sus hijos que eran, no podía ser de otro modo, los Esperanzos, y que no sé cómo podían llamarse. Eran los Esperanzos, y ya está. Lo mismo que los hijos de la Pirra, un nombre así de vibrante y rotundo que correspondía a una señora gordísima que apenas podía andar que vivía con sus hijos, que ya eran menos cosa, y por eso todos les conocíamos, claro está, por los Pirris. Y bueno, la Felipa, este sí que es un nombre que siempre me llamó la atención. Felipa. Porque Felipe, era un nombre como más habitual, pero Felipa... Nunca acabé de entender que una mujer pudiese llamarse Felipa. No me cuadraba. 

Como ya puede imaginarse, en el caso de los hombres era lo mismo. De ahí el Paco, el Migue, el Juan, el Manolo, o yo mismo, que era el Alfredo. Eso cuando el apodo no había cobrado tal protagonismo que era posible que nadie supiese el verdadero nombre del finado. De ahí el señor Barrabás que, desde luego, no se llamaba Barrabás, sino, como supe mucho después, Joaquín. Por cierto, el hijo de la Petra, que estaba delgadísimo, se llamaba el Oliva, imagino que sería por la mujer de Popeye. Imagino. 

Luego estaba Carmen la Botija, que de apellido se llamaría García, Pérez o vete tú a saber. Botija, desde luego no era su apellido. Pero es que Carmen siempre que salía de su casa se paraba ante su puerta, y con los brazos apoyados en jarras, echando la tripa hacia adelante, le gustaba echar una mirada a la calle antes de empezar su día. Pues eso, la Botija. Y todo el mundo, todo el mundo, cuando se dirigía a él le llamaba así, Botija. Sin más. Así de normal. 



Foto: Vida de Barrio, extraída del blog "Fotos Imperfectas" de Martín Gallego.

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