sábado, 9 de noviembre de 2013

La impresión de lo genuino


El sábado pasado fui a Bejís y a Navajas, dos pueblos que conocía por las indicaciones de la autovía cuando voy a Zaragoza, a los que no hubiese ido de no haber sido por trabajo. No haberlo hecho, visto lo visto, ha sido un error. Pero el tema es que estando allí me di cuenta, de repente, que hay algo que no tengo en la ciudad, que no había caído en el detalle de que la 'gran' ciudad unifica mi paisaje olfativo, que hay todo un espectro de olores que están ligados a mi infancia, a mi vida de pueblo en Onda, que aquí he perdido. 

La primera sensación al llegar a Bejís y salir del coche fue la de respirar aire limpio. Al rato vi pasar a una mujer con una bolsa llena de magdalenas. No sé qué mirada debí echarle que la señora se dio cuenta y mirándome se puso a reír y, con una amabilidad que me sorprendió, me acompañó hasta la puerta del establecimiento. La primera sensación que tuve al entrar fue un olor tan típico de panadería que me retrajo treinta años en el tiempo. Vendía a granel mantecados, suspiros, rollitos de anís, 'panquemados', ensaimadas de trenza, almendrados... y aquel olor de panadería que lo envolvía todo. 

Poco después, en Navajas, en la plaza del pueblo, un olmo que casi conoció el descubrimiento de América, da sombra a una casa de porte noble que en su interior alberga una carnicería. Animado por una de las personas que me acompañaba entré y volví a sentir la bienvenida del olor. Un olor tan genuino, auténtico y natural... el mismo de cuando tenía ocho años y mi madre me mandaba a recoger el pedido que le había hecho a su carnicero. 

Curiosamente en estos lugares no ha hecho falta que expertos en márketing diseñen olores especiales que enmascaren la realidad para inducirnos a comprar, como ocurre en los ultramodernos e hiperestudiados centros comerciales que trufan la periferia de nuestras ciudades. No hacen falta luminosos incandescentes en continuo parpadeo, ni músicas seductoras, ni olores que, con sibilina intención y desde las salidas del aire acondicionado, nos inducen a la compra. Porque en estos lugares huele que alimenta, la luz que entra desde la calle nos muestra unos productos que no necesitan de más adornos ni disimulos y las conversaciones de los que allí piden el turno son más que suficientes para amenizar la espera. Simplemente porque todo es genuino. No hace falta nada más.

No hay comentarios:

Publicar un comentario