domingo, 6 de octubre de 2013

El rey de la casa


De joven, cuando hacía algo que pudiese ser motivo de castigo, no me preocupaba tanto lo que hubiese hecho mal como lo hacía la mirada que sabía que mi padre me 'echaría' encima al enterarse. Nunca temí que me diese ni una bofetada. Me daba 'miradas'. Y eso era lo peor que podía pasarme. Si acudía a él con quejas sabía que daría por supuesto que no tenía nunca la razón y que de recibir un castigo injusto más valía no quejarme, porque lo único que podía conseguir era que, por si acaso, mi padre me diese ración doble de 'mirada'. Luego ya vendrían las aclaraciones. 

Recuerdo un día de excursión del colegio a las grutas de San José en La Vall d'Uixó. Cuando el profesor dijo que no metiésemos las manos en el agua porque nos electrocutaríamos me faltó tiempo para comprobarlo al sentarme en la barca. Al oír el chapoteo el profesor dijo que se levantase el infractor. En solidaridad conmigo, todos mis compañeros se levantaron también para que a nadie le cayese el castigo. Pero nuestro profesor no se dio por satisfecho y dijo que al final del recorrido la iba a pagar el que hubiese sido. No recuerdo nada de la cueva porque me pasé toda la excursión pensando en la 'mirada' que me iba a dar mi padre al enterarse. Así que, cuando al final confesé y mi profesor dijo que no volviese a hacerlo más, no pude evitar preguntarle “¿entonces no me va a expulsar?”. Al responder que no le dije “pues muchísimas gracias”. Mis compañeros alucinaban, pero yo respiraba aliviado porque me acababa de ahorrar una buena 'mirada'.

Por contra, mi padre, que sabía que era el más goloso en cien kilómetros a la redonda tenía un sistema de recompensas acumulativas por puntos que se canjeaban en forma de pasteles. Era su particular manera de motivarme a ser 'civilizado'. Si al entrar en un ascensor cedía el paso a los adultos, si saludaba a los demás, si aguantaba en una cola sin montar follón, si ante los desconocidos me socializaba y no me comportaba según él como un 'orso'... eran dos, tres, cuatro... puntos. Y al final, tras muchos puntos, tarta. 

Y ahora vuelvo a lo de siempre. Cuando en las actividades infantiles veo a estos niños 'asilvestrados' que con la aquiescencia de sus padres se saltan a la torera las más elementales normas de civismo porque sus progenitores creen que educar es satisfacer todos los deseos de su hijo por encima de cualquier otra cosa, no me queda otra que valorar la memoria del trabajo que mi padre hizo conmigo. Pero eso sí, mi padre siempre fue mi padre. Nunca un colega.

1 comentario:

  1. Totalmente de acuerdo. Cuanta fuerza tenían esas miradas.

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