domingo, 29 de septiembre de 2013

El descubrimiento del otro


Con Víctor, nuestra siempre querida Clarisa y toda la impedimenta técnica me embarqué en 2008 con destino a Ecuador. Queríamos conocer un país y las razones que habían empujado a Christian, el joven protagonista de nuestro documental Ecuapop, a dejar su ciudad, a una parte de su familia, a sus amigos... toda su vida hasta entonces, para venirse a España y empezar una nueva. Partíamos del casi total desconocimiento del país y sus gentes, por eso tomamos la decisión de ir a conocer a “los de allí”. El objetivo: que “los de aquí”, antes de juzgar y opinar con la alegría e ignorancia con la que intuíamos que lo hacían, pudiesen conocer por si mismos la circunstancias que obligaron a tantas personas a dejarlo todo para iniciar una nueva vida en otro lugar. 

Pero la experiencia del viaje nos resultó emocionalmente devastadora casi desde el mismo momento en el que pusimos los pies en el aeropuerto de Quito. Ya de camino hacia el hotel fue evidente una realidad que nada tenía que ver con la descubierta en viajes a otros lugares y la urgencia de observarla con ojos distintos a los que nos habíamos traído desde la “supuestamente” próspera España. Porque a pesar de nuestro deseo de conocer nos dimos cuenta que involuntariamente habíamos llegado al país con las respuestas ya construidas; que desde la inconsciente superioridad del que concibe su origen como el centro de la existencia pensábamos que éramos los que traíamos las soluciones en lugar de abrir nuestros ojos para percibir aquella nueva realidad. 

Ha sido inevitable recordarlo estos días mientras leía El entenado, la inquietante, pero fascinante novela que en 1982 publicó Juan José Saer, uno de los grandes autores latinoamericanos de las últimas décadas, que ahora acaba de reeditar en España la editorial Rayo Verde. El autor narra en primera persona las peripecias de Francisco del Puerto, el pícaro grumete de una expedición española por el Río de la Plata en 1515 que cae en manos de los indios Colastiné. Estos pacíficos, pero antropófagos habitantes de las orillas del río Paraná, matan y se comen a sus compañeros, pero lo mantienen con vida durante diez años en calidad de huésped-testigo en estado de continua perplejidad, sin entender del todo lo que ve y con la incertidumbre de cuál será su destino hasta que, finalmente, regresa a la vida de las ciudades y, ya anciano, escribe su historia. 

Saer nos obliga a reflexionar y plantearnos la pregunta de a quién consideramos civilizado y a quién primitivo y nos plantea otra visión del mundo en la que nosotros no somos, afortunadamente, el centro. Y es por eso por lo que llegamos a la conclusión de que estamos constituidos en gran parte por el lugar donde nacemos, que nuestras motivaciones son en gran medida el resultado de la relación que mantenemos con el mundo que nos ha tocado vivir y sus circunstancias. Es triste que con tanta frecuencia, y más en nuestros días, para muchos, entender que somos iguales, y al tiempo diferentes, sea un auténtico desafío.



 Imágenes: Grabados Theodorus de Bry

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