sábado, 14 de septiembre de 2013

Lavarse las manos


¿Quién no se ha encontrado en algún momento con alguien que ante un error se justifica diciendo que se limitaba a hacer lo que le habían dicho que hiciera? Que obedecía a lo que le habían pedido... Es una excusa muy socorrida; una manera fácil de lavarse las manos como si el asunto no fuese con uno para poder pasar, de este modo, la patata caliente al de más arriba. Pero las cosas no son, aparente y afortunadamente, tan sencillas. 

Ayer, como es habitual, la sala de cine del EACC estaba llena en la proyección de la película sobre la filósofa y periodista alemana de origen judío Anna Arendt, una de las más influyentes pensadoras del siglo XX. La cinta aborda el período de su vida marcado por la controversia mientras estuvo trabajando y escribiendo "Eichmann en Jerusalén: informe sobre la banalización del mal" durante el proceso a este criminal de guerra nazi. 

Este informe provocó inmediatamente un escándalo internacional ya que viene a afirmar que Eichmann era un irreflexivo sin juicio, afectado por la banalidad del mal, una circunstancia ante la que las palabras y el pensamiento se sienten impotentes. Actuó como actuó simplemente por deseo de ascender en su carrera profesional y sus actos fueron un resultado del cumplimiento de órdenes de superiores. Cuando la pensadora judía observa al oficial nazi considerado como uno de "los arquitectos de Holocausto", se asombra de ver a alguien "completamente normal". "Más normal de cualquier forma que yo, después de examinarle", dijo un psiquiatra en el juicio. Hannah se quedó atónita al descubrir que uno de los responsables del mayor crimen de la humanidad "no era un monstruo, sino un payaso". Era alguien gris y mediocre, un patético burócrata que cumplía lo esperado sin reflexionar sobre sus consecuencias. Para Eichmann todo era realizado con celo y eficiencia, y no había en él un sentimiento de «bien» o «mal» en sus actos. Actuó dentro de las reglas del sistema sin reflexionar sobre sus acciones ni preocuparse por sus consecuencias, sólo por el cumplimiento de las órdenes. En resumen, según Arendt podría considerarse una «persona normal». 

Inevitable pues reflexionar sobre la complejidad de la condición humana. Inevitable pues, plantearnos, por qué a veces renunciamos con tan aparente facilidad a nuestra capacidad crítica. Terrible.

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