miércoles, 28 de agosto de 2013

(In)continencia verbal


Estas vacaciones, leyendo la prensa con más tiempo del habitual, sorprende descubrir la de veces que llevados por el primer impulso se dicen cosas, voluntaria o involuntariamente, que acaban convirtiéndose en gigantescas bolas de nieve de las que es difícil librarse, por muchas disculpas que se pidan después. 

José María Blanco White en “Cartas de España” recuerda cómo Carlos IV no se sintió alarmado por la triste suerte de Luis XVI de Francia porque pesaba más en su corazón el recuerdo de unas declaraciones desafortunadas recibidas de su primo que los lazos de la sangre y el interés común. Carlos se había enterado de que, al serle presentada a Luis para su firma la tradicional carta de felicitación con motivo de la ascensión al trono español, el monarca francés había comentado que no le parecía muy necesaria porque “el pobre hombre es una nulidad y está totalmente gobernado y dominado por su mujer (la reina María Luisa de Parma)”. Tanta impresión le causó a Carlos esta salida de tono que al enterarse de la decapitación del francés llegó a decir de la manera más insensible que alguien “tan dispuesto a encontrar faltas en los demás no parecía haber manejado muy bien sus propios asuntos”.

Robert K. Masie en la biografía de Catalina la Grande de Rusia relata una situación similar. Su marido, el Gran Duque Pedro, hacía tal ridículo que Catalina se sentía a menudo profundamente abochornada. Un día un general hizo reír tan fuerte a Pedro que no se le ocurrió otra cosa que decir que: “Este hijo de perra hará que me muera de risa”. El general nunca olvidó las palabras de Pedro. De hecho, en 1767, cuando era Catalina la que ocupaba el trono, le preguntó: “¿Recordáis aquella ocasión cuando el Gran Duque me llamó públicamente ‘hijo de perra’?”. Este, como diría Catalina, es “el efecto que produce una palabra estúpida pronunciada sin la debida atención... no se olvida jamás”. 

Somos buitres de lo que hacemos, habituados a hurgar en la carroña que van dejando nuestros errores e insuficiencias. Por eso se dice que hay cuatro cosas que no vuelven atrás, la piedra una vez lanzada, el instante que ha pasado, la oportunidad perdida y la palabra tras ser dicha. Será cuestión de desarrollar pues el arte de la prudencia. O el de la continencia… la “verbal”.

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