martes, 6 de agosto de 2013

Familias de cuento


En Copenhague, al final del paseo de la Princesa Heredera, un nombre de calle que ya de por sí tiene bastante de cuento, está el parque del Rey, en el que cada mañana a lo largo del verano se representan para público familiar cuentos de Andersen, el más universal de todos los escritores daneses. 

Desde hace una semana voy cada día a ver el espectáculo. Pero no el de las marionetas, sino el que para mí significa ver al público que, poco antes del inicio de la obra, va llegando tranquilamente para disfrutar de un nuevo cuento. Padres con sus niños, abuelos con sus nietos o grupos de amigos con sus hijos van ocupando las sillas cuidadosamente repartidas por el parque ante el improvisado escenario, que de improvisado no tiene nada. Mientras, al fondo, donde se extiende la pradera de césped del parque los padres más jóvenes extienden sus mantas y esperan a que la música marque el inicio de la representación.

No hay ruidos. No hay carros de niños que vienen y van, dejados justo donde más molesta. Nadie llega corriendo haciendo resonar la grava del suelo. Tampoco se escucha hablar por el móvil, ni levantarse para ir a ninguna parte mientras los actores nos ofrecen su trabajo. No hay padres que ponen la chaqueta a su niño a mitad del espectáculo porque creen que tiene frío, para volver a interrumpir cinco minutos después para quitársela cuando sale el sol, para finalmente volver a pensarlo y ponérsela de nuevo no sea que pille frío. No hay ningún adulto que se siente en una fila en la que tape la visión a un niño… Todos han venido a disfrutar del espectáculo. No a darlo.

Sorprendido por semejante ejemplo de civismo, de saber comportarse, de respeto a los demás que no tienen por qué escuchar cómo comemos palomitas, se lo comentaba a un vecino de lugar. Lo tenía clarísimo y lo reducía a una elemental regla de tres. En una buena sociedad hay buenos colegios que contratan buenos profesores, lo que obligatoriamente generará buenos alumnos que un día serán buenos ciudadanos que acabarán por convertirse en buenos profesionales, mejores políticos y respetables personas. Gracias a los impuestos que pagan unos y administran otros podrán mantenerse las escuelas y así se genera un ciclo que debe repetirse sin detenerse jamás.

Parece fácil, pero me pregunto por dónde se empieza a cambiar la rueda para que todo mejore. “Actuar” como los daneses puede ser un buen principio.


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