miércoles, 10 de julio de 2013

Fugacidad


Tengo dos sobrinos, Jorge e Irene. Están en esa edad en la que, aunque comienzan a tomar conciencia de lo que les rodea, todo es presente y el futuro sólo llega hasta donde alcanza el día. Por eso, su presencia lo limpia todo y siento que cuando estoy con ellos o cuando llamo a mi hermano por teléfono y quien responde es Irene, automáticamente todo se llena de luz.

Pero aunque desearía que no fuese así, me doy cuenta de que también ellos se hacen mayores. Viéndolos temo que un día se alejarán de los niños que son ahora para dejar paso a las nuevas etapas de la vida. Y, aunque sé que es imposible, preferiría que se quedasen para siempre en la edad que tienen justo hoy. 

Sin embargo, la vida no tiene vuelta. Nos lo recuerda Julio Llamazares en su última novela, “Las lágrimas de San Lorenzo” cuando afirma que como la juventud o el viento, la vida pasa y nunca retorna por más que nos neguemos a aceptarlo. La vida es un iceberg que resplandece ante nuestros ojos y que se desvanece al punto como cualquiera de las estrellas que cruzan el firmamento iluminándolo en su camino para desaparecer a continuación. Y así cada minuto y cada día hasta completar el ciclo. Y así cada minuto y cada año de la vida. ¿Por qué desear, entonces, que los minutos y los años vuelvan cuando sabemos que no lo harán jamás? 

Nos pasamos la mitad de la vida perdiendo el tiempo y la otra mitad queriendo recuperarlo, arrepentidos de no haber dedicado más tiempo a los que más queremos y tratar de entender sus sentimientos. Pero eso siempre sucede cuando ya es tarde. Es una de las leyes de la vida, de esta vida que vivimos sin entenderla hasta que ya ha pasado. 

Curiosamente son las mismas preguntas que se harían quienes nos precedieron hace ya un millón de años, las mismas que se repiten seguramente en este momento en muchos lugares y que se repetirán mientras el mundo siga girando. Es la rueda de la vida que gira y gira sin detenerse, pero que nunca vuelve hacia atrás por más que lo deseemos.

Solo hay una realidad insoportable y es que la vida pasa y se desvanece. Como las estrellas parece que no vamos a desaparecer jamás, que vamos a durar siempre en este mundo. Pero de repente un día dejamos de hacerlo sin ni siquiera dejar un rastro de luz; todo lo más una leve huella en la memoria de quienes amamos, que a su vez también desaparecerán un día. Y así generación tras generación lo mismo, porque todo pasa, porque todo es fugaz. Y, sin embargo, a mi cada día más lo que me gustaría es que se parase el tiempo, precisamente lo único que sobrevivirá cuando ya no estemos.

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