miércoles, 17 de julio de 2013

El poder de los hábitos


Esta semana una terrible sed y una sensación como de tener la boca de cartón activó mis alarmas. Todo el mundo me decía que era la señal inequívoca de tener azúcar en la sangre. Durante varios días, hasta que acudí a la doctora, fui mentalizándome con humor y optimismo que tendría que desterrar lo que es el motor de mi dieta, que morir no es triste, que lo triste sería no aceptar una existencia en la que los pasteles y el chocolate deberían estar, a partir de ahora, completamente descartados. 

Tras realizar las debidas observaciones y analizar los resultados, mi doctora me dijo, como si nada, mientras yo cruzaba los dedos por debajo de la mesa, que no es necesario vivir debajo del chorro del aire acondicionado. Que si me alejo del frío, y de paso me callo un rato, el problema desaparecerá del mismo modo que llegó: sin avisar. El tema es que para entonces ya había modificado mi dieta estructuralmente. 

El periodista Charles Duhigg en su libro “El poder de los hábitos” afirma que gracias a nuestros hábitos necesitamos invertir menos tiempo en actividades cotidianas como lavarnos los dientes con lo que nos quedan más recursos mentales disponibles para otras cosas. Por eso, los actos mecánicos, resultado de la costumbre, optimizan nuestro rendimiento. Así, ahora no me cuesta nada ir a comprar fruta, lavarla y pelarla mientras el pan integral se tuesta para comerlo con aceite de oliva. Antes me parecía toda una historia. Y por eso me resultaba más cómodo sustituirlo por un bollo industrial, rico, rico. Rico en grasas saturadas. 

Duhigg nos recalca que muchas actividades de nuestra vida cotidiana se desarrollan con el mismo patrón, que casi la mitad de nuestras acciones diarias no están gobernadas por decisiones conscientes, sino por costumbres. En lineas generales, esto es bueno, nos ahorra mucha energía en nuestras ocupadas vidas para destinarla a otros menesteres. Pero la rutina, está claro, también nos puede poner en problemas, ya que nos acostumbramos a lo que nos resulta habitual y ponemos el piloto automático. 

De ser cierto que adoptamos con la misma facilidad tanto los buenos como los malos hábitos, habría que plantearse por qué, aún a sabiendas, no descartamos los malos en muchas ocasiones hasta que le vemos los dientes al lobo. Pero es que a mí los bollos de colores con sabor de capuchino, de tiramisú o de trufa comprados a granel, aunque son tan, tan químicos... me vuelven loco.

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