jueves, 6 de junio de 2013

Predicar no es dar trigo


Acabo de leer el último libro de Martin Wehrle, una recopilación de historias de un día cualquiera en la oficina que ha sido la sorpresa del año en Alemania, donde ya lleva vendidos casi un cuarto de millón de ejemplares. El autor, que es el asesor laboral más famoso del país, nos recuerda que lo que las empresas alemanas hacen, lo hacen a conciencia. Su trabajo se considera preciso, al milímetro y su puntualidad, legendaria, lo es al segundo. 

Pero una cosa llama la atención. La reputación de las empresas alemanas mejora cuanto más lejos se está del país. Mejor incluso en otro continente. El que menciona una empresa alemana en el Lejano Oriente deslumbra a su interlocutor. Por el contrario, dentro de Alemania puede suceder que el otro sólo ponga los ojos en blanco. Tal vez sea, claro, un empleado de esa empresa... ¡y conozca toda la verdad!. De hecho, cuando a los empleados les da por hablar, las fachadas de las empresas alemanas se desmoronan. Y así, empresas aparentemente serias resultan ser entidades inútiles, ridículas tropas del caos. Porque la mayoría de ellas tienen dos caras: la externa, la forma en que les gustaría ser; y la interna, como realmente son. Así, cubierta por folletos de papel satinado, omitida en los informes anuales, adornada por los responsables, la locura más absoluta causa estragos tras los muros de más de una de estas compañías. 

La cuestión es que esta locura cotidiana que existe tras los muros de las empresas, sólo la conocen sus empleados, que la sienten como una jaula de locos y, por eso, según una encuesta del portal de empleo por Internet StepStone la mitad de los trabajadores en Alemania siente vergüenza ajena del lugar donde trabajan. Para entenderlo nada mejor que sentirse comensales de un restaurante, donde sentados a la mesa nos sentimos agasajados por el amable personal, sin saber que, una vez dentro de la cocina, infinidad de platos se estrellan contra el suelo, las sartenes se queman y el chef, incluso, escupe en la sopa. Esa es la verdadera empresa, la que no está incluida en el menú. 

Así que a los que vienen exigiendo y dando lecciones les recordaría aquel proverbio nativo norteamericano que dice que antes de juzgar a una persona, debiérase caminar tres lunas con sus mocasines o si no aquel más socorrido y castizo de obras son amores y no buenas razones ya que, como decía San Gregorio Magno, la manera de enseñar algo con autoridad es practicarlo antes de enseñarlo, pues la enseñanza pierde toda garantía cuando la conciencia contradice las palabras. ¡Ahí es nada!.

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