jueves, 27 de junio de 2013

Drama en el portal


El sábado por la mañana Pepe, un recién nuevo amigo que es ya como de toda la vida, desesperado me comentaba que la noche anterior los perros de su vecina habían ladrado sin parar hasta la madrugada sin dejarle dormir y que no le quedaban fuerzas ni para ir a la compra. Que como no se podía convivir con ella, inició un proceso de mediación con una abogada que costó 300 euros para llegar a unos pactos que tampoco cumplió nunca y que por eso acababa de quedar para ver otro piso. “Ella ha ganado, no sabes las fiestas de flamenco, taconeo y acordeón en directo que me he tragado, no puedo vivir con esa tipa encima de mi. Me voy de mi casa. Estoy enfermando. Tengo que irme, es una impotencia terrible ”, concluyó. 

Hoy, Elena, compañera en las lides de conjugar verbos irregulares, ha llegado a clase con ganas de matar a alguien. Dice que en cuanto empieza a hacer buen tiempo y abre las ventanas por la noche, no puede dormir. Enfrente de su casa hay un patio con animales. De entre todos ellos, un pollo, que empieza a cantar desde el amanecer con una precisión de reloj suizo le está martirizando. Ella, a su vez, martiriza a la policía a llamadas, que ya le conocen, pero cuando la policía llega el pollo parece que se lo huela y se calla como un muerto. Total que no sabe qué hacer, que quisiera tirar un petardo dentro del patio, pero como ella misma dice, el resto de animales que viven allí no tienen culpa de nada y tampoco es cuestión de cargárselos a todos de un susto. 

Y mientras escribo esto, Mª Luisa, me está contando que su vecina de arriba, la muy cochina, agrega, se dedica a chillar al marido y él a ella, montando unas trifulcas que ha tenido que ir hasta la policía. Pero que cuando no chillan es aun peor, porque desde la habitación que da al patio de luces y con las ventanas abiertas se dedican a otros menesteres maritales que a ella le parecen de dudoso gusto. Porque total, cuando están en acto silencioso es lo de menos ya que cinco minutos se pasan de cualquier manera, pero lo otro, afirma, le ha amargado la vida, el cuerpo y la mente. 

Cada uno tiene su historia vecinal, pero coinciden en que ninguno de ellos sabe a quién debe dirigirse para que de una vez les dé una respuesta a su dilema. Agotada la vía del diálogo habrá que iniciar la de la indirecta. Probablemente por eso nos funcionó tan bien, en la época de juventud, cuando compartía piso de estudiantes, dejarle un buen trozo de queso cabrales frente a la puerta a una vecina que cocinaba sopa de col casi todos los días, a la hora de comer. Y diría que también a la de cenar. 

Que se lo digan si no al Hematocrítico que nos presenta “Drama en el portal”, una galería de increíbles notas auténticas vistas en portales y garajes puestas allí por, aunque parezca también increíble, vecinos auténticos, algunos de ellos dialogantes y civilizados. Otros... no tanto. Cuando no nos atrevemos, o no nos apetece, decirle cuatro cosas al de al lado, a veces lo mejor es “dejarle una notita” pero eso sí, en la que note que sabemos dónde vive porque la próxima vez, ¡nos veremos las caras!




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