domingo, 2 de junio de 2013

El azar de la mujer rubia


El 17 de julio del año 1936 se levantaron los militares en África para derribar a la II República y restaurar la Monarquía. El fracaso del alzamiento dio origen a la guerra civil. Alfonso XIII, desde su exilio en el Gran Hotel de Roma, contribuyó con un millón de pesetas para la causa. Su hijo, el joven don Juan de Borbón, se ofreció voluntario para pelear contra otros españoles en el bando nacional, un deseo que no pudo cumplir por la expresa negativa de Franco. “Ése aquí no hará más que enredar”, nos recuerda Manuel Vicent que dijo. Así que Franco jugó con una baraja que acabaría con todas las cartas manchadas de sangre. 

Sesenta y dos años después, el 17 de julio de 2008, a la misma hora, cinco de la tarde, el rey don Juan Carlos visitó a Adolfo Suárez en su casa de la Colonia de La Florida, en las afueras de Madrid, para entregarle el Collar de la Insigne Orden del Toisón de Oro, la condecoración de más alto rango, sin duda muy merecida por los servicios que este hombre había prestado a la Corona. De aquella visita queda un testimonio gráfico, en cierto modo patético. El hijo de Suárez sacó una foto familiar de ambos personajes de espaldas, mientras paseaban por el jardín de la mansión. En la imagen se ve al monarca en actitud afectuosa con el brazo sobre el hombro del político, el primer presidente del Gobierno de la democracia. Aunque en realidad el rey estaba guiando a Adolfo Suárez de forma amigable, pero inexorablemente hacia la niebla de un bosque lleno de espectros del pasado bajo una claridad cenital que se extendía sobre las copas de los pinos y las ramas de los abetos. 

Adolfo Suárez había perdido la memoria. En ese momento incluso ignoraba su propio nombre. Tampoco sabía que esa persona que lo conducía hacia un destino incierto, protegiéndolo y al mismo tiempo aferrándolo con el brazo, era el rey de España. Ni podía responder a las preguntas que posiblemente le haría el monarca con su habitual desparpajo, en una conversación en la que pudo pronunciarse también el nombre de Carmen Díez de Rivera, aquella rubia de ojos azules rasgados que todavía siendo príncipe le recomendó a Suárez como secretaria, de la que todo el mundo decía que era su amante y de la que todos estaban enamorados, pero a la que España tenía mucho que agradecer, aunque nadie la hubiese tomado en serio por ser demasiado guapa. 

Con estos personajes, Juan Carlos, Adolfo Suárez, y una mujer rubia malherida, la historia formó un triángulo, dentro del cual echó los dados el azar. El resultado es ya una historia que la tarde del próximo miércoles, 5 de junio, Manuel Vicent viene a desvelar, eso sí, a las siete y media de la tarde, al Salón de Actos del Edificio Hucha de la Fundación Caja Castellón.



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