domingo, 9 de junio de 2013

Ins*pirada Rossy


La manera de llevar con ligereza la pesadez de la vida es la creatividad. Incluso en los peores momentos, cuando se siente que todo está cayendo, crear pone en consonancia nuestro ser con la naturaleza, lo cual no deja de ser una plasmación del misterio de la vida que nos ayuda a trascender nuestra vida cotidiana. Ciertamente es así, nos lo recuerda la actriz Rossy de Palma. Probablemente este sea uno de los motivos por los cuales sigue tan ins*pirada como siempre. El próximo miércoles tendremos la oportunidad de descubrirlo. Será en la Sala Bancaja San Miguel de la Fundación Caja Castellón en el marco del ciclo de charlas-coloquio “Femenino Singular”. 

Porque de Rossy de Palma se puede decir que es una mujer fuera de lo común a la que el paso del tiempo no ha impedido que siga tan inquieta como siempre. Nació en 1964 en Palma de Mallorca. A los trece años ya vendía su propia ropa en el rastro y pequeñas tiendas de Mallorca. Es posible que este fuese el campo de prácticas que le permitió fabricar el look propio con el que respiró a pleno pulmón la frescura y la efervescencia de la España de la movida de los años 80, tras la caída del régimen franquista. Aunque desde mediados de esa década formó parte de Peor Imposible, uno de los grupos de música pop surgidos durante la Movida madrileña, todo cambió de rumbo cuando en 1986 Almodóvar la descubrió ofreciéndole un papel en La ley del deseo, convirtiéndose en una de sus primeras musas. Sus papeles en Mujeres al borde de un ataque de nervios, Átame, Kika, por la que obtendría una nominación al Goya, La flor de mi secreto o Los abrazos rotos, hacen de ella una de las actrices fetiche del cineasta manchego que más proyección mediática ha conseguido, al punto de haber desarrollado una intensa carrera en Francia, donde ha trabajado en producciones como La Femme du cosmonaute, de Jacques Monnet; Nag la bombe, de Jean Louis Milesi; o Le Boulet, de Alain Berberian, entre otras interpretaciones. 

Paralelamente también trabaja en la pequeña pantalla, realizando spots o papeles para series televisivas, mientras reparte el tiempo en sus otras aficiones, como el teatro, la música y muy especialmente el mundo del diseño y la moda. Así, ha desfilado para Antonio Alvarado, Sybilla, o colaborado con diseñadores tan respetados a nivel internacional como Thierry Mugler, Jean-Paul Gaultier, Alexander McQueen, Christian Louboutin, Azzedine Alaia o jóvenes diseñadores emergentes como Charlie le Mindu o Assad Awad. Y todo ello sin dejar de realizar importantes campañas de publicidad con fotógrafos de la altura de Bruce Weber, Herb Ritts, o los españoles Alberto García-Alix y Álvaro Villarrubia. 

Hasta ahora así ha sido la trayectoria de Rossy de Palma, una mujer con cierta dosis de extravagancia e irreverencia que, evidentemente, es mucho más que una chica Almodóvar. Por eso sigue reivindicando la importancia de soñar, de hacer las cosas sin pedir permiso a la conciencia, pero sobre todo de ser una visionaria a la búsqueda de tesoros que nadie ha visto antes, de intuir y descubrir cosas nuevas para compartirlas con la gente. Pero todo ello de manera inesperada y sin seguir ningún plan. Por eso nos sigue cautivando.





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