domingo, 12 de mayo de 2013

Un été merveilleux


Sería más o menos por esta época del año. Una mañana el profesor de francés, en un receso de la clase, nos comentó que un profesor de un instituto de París, amigo suyo, se había puesto en contacto con él porque tenía una alumna de español interesada en realizar un intercambio durante el verano. Por eso, quería saber si había alguien que estuviese interesado en cartearse con ella para ir presentándonos con el objetivo de conocerse personalmente durante el verano. 

Inmediatamente levanté el brazo. ¡Yo, yo, yo!, quería que quedase bien claro que la idea me parecía fantástica, porque pensaba que habría muchos interesados. Pero, para mi sorpresa, nadie más lo levantó. Así que mi profesor, al ver que era el único candidato, me dio la dirección y aquella misma tarde, diccionario en mano, le escribí una carta a aquella estudiante desconocida. Le contaba quién era, cuáles eran mis aficiones y cómo era mi día a día. Todo ello con la idea de presentarle a una parisina cómo era la vida de un estudiante adolescente de un pequeño, pero pretendidamente fascinante e interesante pueblo de España. 

Intercambié un par de cartas con Sophie. Yo le escribía en francés, el poco francés que había aprendido en el instituto y ella hacía lo mismo, solo que en español. Y un par de semanas después recibí una carta donde me decía ya el día y la hora a la que llegaba su tren a Castellón. Muertos de impaciencia acudimos toda la familia a recibirla con nuestras mejores sonrisas. 

Tras un mes juntos en España llegó el momento de pasar la segunda parte del intercambio en Francia. Era el turno de que conociese a la familia de Sophie. Para ella era el viaje de regreso a casa, pero para mí se iniciaba un viaje de descubrimiento. Aunque tenía 17 años era la primera vez que iba a subir a un tren y el regreso nuevamente a España sería la primera vez en la que viajaría solo, pero también era la primera vez que atravesaría una frontera, la primera vez que realizaba un gran viaje sin la protección familiar... Un viaje lleno de novedades que me permitió ser independiente y comprobar que el mundo era mucho más amplio y diverso que la realidad cotidiana de las cuatro calles y los amigos, familiares y vecinos de siempre entre los que había transcurrido hasta entonces mi vida. Porque ya no era el mismo que se había marchado tan solo treinta días antes. 

Estos días en la Fundación Caja Castellón se ultiman los preparativos de la colonia de verano Seidia en Benassal y es un incesante ir y venir de padres con las solicitudes de inscripción. Desde mi mesa veo pasar cada mañana a algunos niños poco convencidos ante la idea de pasar unos días fuera del protector entorno familiar; jóvenes a los que no les parece nada seductora la idea de pasar unos días en Benassal con gente desconocida de su misma edad, por mucha piscina que les digan que van a tener a su disposición. En ese momento no puedo evitar recordar los temores del inicio de mi verano de intercambio y sonrío para mi mismo, sabiendo que cuando este verano queden pocos días para que finalice la estancia en la colonia, algunos de estos jóvenes sentirán, como me pasó a mí, que está a punto de finalizar el que, probablemente, habrá sido el mejor verano de sus vidas.

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