miércoles, 1 de mayo de 2013

Cuestión de talento


Una amiga me ha llamado esta mañana. No tiene dinero en su cuenta, se ha quedado en números rojos, por lo le han cortado la luz de su oficina por impago. Ha empezado lamentándose de que, a pesar de que trabaja de sol a sol y la mayor parte de los días incluso en horas de luna, los pagos tardan meses en llegar. Total, que se ha quedado sin liquidez. No puede más. En ese momento se ha puesto a llorar y no ha podido evitar contarme que uno de sus clientes, que le adeuda diez veces lo que a ella le reclama ahora el banco, acaba de colgar en el Facebook las fotos de sus últimas, y recién acabadas vacaciones en un velero. Y mi amiga, que es trabajadora como el que más y su trabajo es brillante como el mejor, no puede entender cómo es posible verse en semejante disyuntiva, porque si el mundo no girase, como de hecho lo hace, al revés, la que ahora debiera estar de vacaciones es ella y no el moroso. 

Es curioso. A través de los tiempos el talento ha sido el tesoro más valorado y admirado, dando muchas veces la sensación de que quien lo ha logrado desarrollar ha pasado del “casi nada” al “casi todo”. Es cierto que todo el mundo posee algún tipo de talento, pero desgraciadamente solo algunos logran hacerlo brillar. Y, aunque muchos saben que lo tienen, son pocos los que lo acaban por desarrollar, y lo que es aún peor, la gran mayoría nunca sabrán el bien que escondían dentro de sí mismos. Es lo que afirmaba el profesor Fernando Alberca hace pocos días en la Fundación Caja Castellón. Y añadía un detalle que ahora se revela de vital importancia, y es que quienes hacen brillar su talento lo aprovechan para su felicidad y la de los otros, porque todos necesitamos los talentos de los demás. Así nuestra vida se facilita, se “descomplica” y se enriquece. Pero está claro que para que así sea todos son los que deben triunfar y no solo unos a costa de otros. Porque la realidad es que en demasiadas ocasiones el aparente talento de algunos lo es a costa de machacar a los demás. 

Mientras, mi amiga se anima con el consabido argumento de que la vida acabará por poner a cada uno en su lugar. Curiosa manera de contentarse, ya que el mundo está lleno de ejemplos que demuestran que es difícil que esta máxima se cumpla. Esa es la tristeza que subyace en esta historia. Como también nos recordaba el profesor Alberca, no hay cosa más triste en la vida que el esfuerzo malgastado. Si tanto talento, si tantas energías invertidas en construir algo no encuentran cómo propagarse ni difundirse con éxito, al final todo acaba oculto, apagado, menguado hasta acabar desapareciendo por completo, destruido funcionalmente. Lo dicho, que te acaba tocando cerrar el chiringuito mientras cuatro mediocres campan a sus anchas con su pretendida pátina de éxito. Y eso si que es un triste consuelo.

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