domingo, 5 de mayo de 2013

Bajo una estrella cruel


Hija de judíos acomodados, Heda Margolius Kovály vió como su mundo se venía abajo con la ocupación alemana de Checoslovaquia. En 1941 fue deportada al gueto de Lodz y luego a Auschwitz. En 1945 logró escaparse y regresar a Checoslovaquia donde padecería la dominación soviética. Su primer marido, nombrado en 1952 Secretario de Estado de Comercio Exterior, cayó en desgracia en una de las primeras purgas estalinistas y fue condenado a muerte acusado de alta traición. A partir de ese momento, Heda y su hijo, despreciados por el régimen comunista, sufrieron innumerables vejaciones llevando una vida precaria durante años. Solo vislumbraría la luz al final del túnel años después, con el sueño feliz de libertad aplastado que fue la Primavera de Praga en 1968.

En Bajo una estrella cruel, las memorias de Heda, publicadas en España por Libros del Asteroide, todo es sufrimiento. El miedo a morir a manos de los soldados alemanes o el terror vivido bajo el régimen estalinista invade el texto de una manera sofocante. Solo así podemos comprender sus palabras cuando afirma que mantenerse con vida es sencillo y natural, porque no requiere ninguna resolución particular; que tal vez no haya nada más difícil que esperar la muerte pasivamente cuando uno es víctima de la oscuridad de la naturaleza humana. Sin embargo, queda una reserva de fuerza en nuestro interior que descubrimos cuando sabemos que no hay posibilidad de escapar; una fuerza que surge de una fuente escondida a tal profundidad que no somos conscientes de su existencia, pero que siempre acude al rescate cuando la vida saca los colmillos y ataca.

El bien, remarca Heda, requiere un arduo trabajo, y únicamente es posible preservarlo con un esfuerzo incesante. Una vida tranquila y sencilla ni es normal ni se logra fácilmente. Para poder vivir y trabajar en paz, criar hijos y disfrutar de las pequeñas y grandes alegrías que ofrece la vida, no solo es necesario encontrar la pareja adecuada, escoger la ocupación adecuada y respetar las leyes del país y de la propia conciencia, sino, sobre todo, debe existir una sólida base social sobre la que construir dicha vida. Es necesario vivir en un sistema social con cuyos principios fundamentales uno esté de acuerdo, bajo un gobierno en el que se pueda confiar. Por eso, insiste, no se puede construir una vida privada feliz en una sociedad corrupta, del mismo modo que no se puede construir una casa sobre el fango, ya que es imprescindible poner antes los cimientos.

A Heda, como a sus compatriotas, los horrores de la ocupación alemana de Checoslovaquia y la guerra trastornaron todo lo que creían saber de la vida. Los checos dejaron de ser ciudadanos, ni siquiera humanos. Su valor, que no es más que la capacidad de conquistar el propio miedo, se hundió bajo el peso del totalitarismo en el que el Estado pensaba por todos. En esa circunstancia, afirma Heda, la verdad siempre sale perdiendo. Únicamente prevalece cuando la gente es lo bastante fuerte como para defenderla. Porque cuando el engranaje de una sociedad corrupta y enferma se pone en marcha, nadie queda a salvo. Ni víctimas, ni verdugos. 

Un relato valiente y extraordinario de una experiencia terrible cuya lectura conmociona.

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