miércoles, 3 de abril de 2013

Todo lo que era sólido


Pintoresca vieja Europa es un libro de gran formato recopilado por Rolf Müller con reproducciones de litografías coloreadas y grabados de vistas románticas de ciudades y paisajes que abarcan seis decenios del siglo XIX, siendo los más antiguos de 1810. Un libro para turistas inquietos con pocas prisas que me esperaba un día en mi camino del trabajo a casa, a mediados de la pasada década, apilado junto a muchos otros libros abandonados ante un contenedor de papel a rebosar hasta los topes. Por suerte el libro salió a mi afortunado encuentro, precisamente en aquellos días en los que nadie se agachaba a recoger nada del suelo. 

Lo conservo y lo cuido, de hecho lo abro de vez en cuando porque me explica los lugares de interés artístico, histórico o panorámico que he visitado y a los que quisiera volver o los que espero poder conocer. Lugares intrigantes, misteriosos, mágicos; lugares de culto en el más amplio sentido de la palabra. Lugares extraordinarios que todo curioso viajero debiera explorar porque nos prometen y nos abren las puertas del mundo. Difícil saber por dónde comenzar ante tantos destinos posibles. Los Alpes, las montañas suizas y sus valles. Encantadoras ciudades medievales. El castillo de Neuschwanstein y el mejor París, el de Montmartre, desde donde se llega a un Versalles abandonado por María Antonieta para siempre. Los imponentes acantilados de Dover, los canales y las flores de Amsterdam, Londres y el Big Ben, Le Havre con su puerto donde amarran todos los barcos y Bruselas. Ciudades sumergidas en la bruma, o en el agua, como Venecia, como Brujas... o el miedo, como el que tienen los habitantes de Sicilia cuando el Etna se despierta. Además de museos, como ocurre en todo buen viaje. Sur, este, norte y oeste del viejo continente. Algunos hitos visuales de la civilización europea que nos deja impacientes al saber que todavía nos queda un mundo por descubrir. Todo ello sin salir de casa, en un viaje tan apasionado como complicado, pero sin ansiedad y desde el sofá. 


Este es un poco del espíritu europeo, resultado de la agitación en busca de un impulso hacia adelante, lleno de un dinámico optimismo pese a sensibles reveses y frustraciones. Una emocionante reflexión en estas vacaciones castellonenses, en las que también me acompaña el último libro de Antonio Muñoz Molina, Todo lo que era sólido. Un contundente análisis de la realidad que vivimos que nos aclara por qué también todo esto se desvanece. Y es que al mismo tiempo que fantaseamos con esos viajes sentimos miedo de descubrir que ya no existe lo que creíamos perdurable. Lo que ha sido parte de la conciencia común está desapareciendo, como la memoria de alguien que acaba de morir, pues lo que no se transmite a conciencia se pierde en el paso de una generación a otra. Ojalá no ocurra, porque ningún grabado podrá jamás suplir la ausencia de lo que se ve con nuestros propios ojos. De lo vivido.


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