sábado, 9 de marzo de 2013

La ridícula idea de no volver a verte


Hoy en día es relativamente fácil tener la oportunidad de conocer a las personas que más admiramos. A pesar de las advertencias que nos previenen no hacerlo, porque se corre el peligro, como se dice popularmente por aquí, de que se caiga la sardina a la ceniza, o sea que la persona por la que sentimos toda nuestra admiración acabe defraudándonos. 

Sí, así es. Pero no. Exigimos la ejemplaridad a nuestros ídolos particulares. Por eso cuando nos encontramos frente al escritor que ha logrado que el mundo desapareciese al leer sus libros, cuya lectura nos tocó por dentro atrapándonos y logrando que nos metiésemos de cabeza dentro de sus páginas, esperamos que también nos deslumbre con su manera de ser, con la manera como se presenta ante nosotros. Que sea, en todos los aspectos, un dechado de virtudes. En ese sentido, como espectadores, muchas veces somos jueces implacables y en lugar de valorarle por su trabajo nos detenemos en lo que son simples debilidades puramente mundanas que nada tienen que ver con lo literario. Como si todo en nosotros fuese ejemplar... 

Pero luego está la gente que, como las casas del cuento de León de Aranoa y sin que se sepa por qué, tienen los techos altos para que quepan los sueños; personas que están tocadas por el don de la inspiración; personas a cuyo paso todo florece y no cabe en ellas posibilidad de afrenta ni rastro de olvido. Por eso, después de conocerlas, una vez que nos vamos ya solos a casa, queda en el aire la sensación dulce de que cuando volvamos a sus novelas las palabras de sus páginas nos hablarán directamente a nosotros, afortunados de probar esa emoción. Porque la lectura nos ayudará a cubrir la fisura que provocó la despedida. 

Para mí una de ellas es Rosa Montero. Por eso su último libro La ridícula idea de no volver a verte, tan entrañable y sincero es una confesión. De la mano de la científica Marie Curie nos enseña a saber gozar del presente, un don precioso que descubre comparable a un estado de gracia. Nos obliga a ser conscientes de que somos mortales, nos incentiva a luchar con todas las fuerzas para conseguir nuestros sueños y disfrutar cada instante de la existencia porque hay que aprovechar siempre el momento, cada uno de los momentos, pues no estaremos aquí para siempre. Y además, porque de todos los dilemas conocidos el mejor de ellos es la vida misma, ya que bajo su apariencia prosaica es mucho más hermosa e intensa que la mejor de las fantasías.

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