jueves, 28 de marzo de 2013

¡Atención, rumor!


Los rumores han cautivado a los hombres desde siempre, han aparecido en todos los tiempos y lugares imaginables, enfrentándose a la cuestión de qué es verdadero o falso, de qué es lo que “la gente” dice y han provocado pánico, purgas, miedo o delirios que han cambiado el curso de la historia. De hecho ya Hesíodo, en Los trabajos y los días, nos advierte que evitemos la mala reputación, pues a pesar de ser ligera y muy fácil de levantar, es dura de soportar, y casi imposible quitársela de encima si mucha gente la corre de boca en boca. Por si no fuese suficiente carga añade que cuanto más extremo sea el rumor más garantías tendrá de perdurar en el recuerdo. 

Que se lo digan si no a Nerón. Cuando Roma ardió en el año 64 a.C., el emperador rebajó el precio del trigo, ofreció los jardines de su palacio al pueblo como terreno para edificar, hizo traer alimentos, dio limosnas a los pobres y consagró sacrificios a los dioses. Pero con todo ello no consiguió acallar el rumor de que en el mismo momento en que la ciudad estaba en llamas él había subido a un escenario en su propia casa y había cantado la caída de Troya, comparando los males presentes con las catástrofes del pasado. Nerón intentó acallar los rumores desviando las sospechas a la secta de Tomás el Incrédulo y la primera persecución contra los cristianos se puso, pues, en marcha como estrategia contra las habladurías y los rumores. No consiguió, sin embargo, mejorar con ello su buen nombre. Muy al contrario, cuando se quitó la vida en el 68 d.C., aparecieron en diferentes regiones del Imperio dobles de Nerón que contribuyeron a reavivar sus “sombras” prolongando los rumores después de su muerte, de modo que el deterioro de su imagen ha llegado pues hasta la actualidad. 


En el ensayo Fama: Una historia del rumor, recientemente publicado en España por la editorial Siruela, su autor Hans-Joachim Neubauer realiza un recorrido por el rumor abordando ejemplos que van desde la antigua Grecia hasta la Revolución Francesa, Internet, Monica Lewinsky o las leyendas urbanas, examinando las condiciones que propiciaron su propagación. 

Neubauer nos descubre el rumor investido de una extraña suerte de autoridad, un poder sin rostro ni cuerpo. Es así porque todos así lo dicen y todos lo dicen porque es así. Puede surgir en cualquier lugar imaginable porque carece de hogar, pero mientras pasa de boca en boca compitiendo con la razón logra aliarse con otros poderes como la calumnia y la difamación, puesto que no necesita distinguir entre los hechos fidedignos o el hablar de oídas. Y además, aunque interpretan la historia de la que proceden y en la que influyen, son considerados por todos como una realidad. 

Como sus hermanos “noticia” y “chisme” el hecho de que sean “verdaderos” o “falsos” no es tan importante como que tengan actualidad. Además, el rumor no es fácil apresar porque tiene un componente siniestro. Carece de un emisor identificable. Por eso pasa de una mano a otra como la patata caliente con la que nadie quiere quemarse. Lo único de lo que se tiene clara conciencia es del temor que inspira, porque tiene poder y con frecuencia influyen más en el comportamiento y las opiniones de las personas de lo que pueden hacerlo las informaciones contrastadas. 

El filósofo Francis Bacon afirma que es de sabios prestar cuidadosa observancia y atención a los rumores si no se desea padecer su nocivo poder. No hay que olvidar que el silencio no está en ninguna parte, por eso las voces murmuran sin interrupción. Más que nunca en nuestros días, en los que el rumor conserva intacto su poder, es rápido como el sobresalto, frío como el odio y dulce como la voz de las sirenas. Pero sobre todo son tan próximos que no parecen provenir del exterior, sino de ese interior remoto e inexplorado que oye quien se acerca una cocha al oído. No hay ningún griterío, sino leves murmullos, como suelen ser los de las olas del mar si se las oye desde lejos. Y lo peor de todo es que así sucede y así seguirá ocurriendo mientras la gente hable.

Imagen: Adriaen van Ostade, Las dos mujeres chismosas (ca. 1650).

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