martes, 12 de febrero de 2013

Elegantemente vengativo


En Navidad intenté ahorrarme problemas, y de paso hacer economías enviando un correo electrónico de felicitación a todos mis amigos y conocidos, pero no funcionó. A partir de las seis de la tarde empezaron a llegarme mensajes al móvil de todos ellos, y de muchas otras personas que en algunos casos no tenía siquiera en mi agenda del teléfono. Así que, por no parecer desagradecido les devolví mis mejores e hiperbólicos deseos de un año lleno de felicidad y salud. Todo por aquello de las buenas maneras y la buena educación de esos días de celebración compartida. Ni que decir, insisto, de que en algunos casos se trataba de personas con las que no había tenido trato alguno durante todo el año.

Convenimos que se trata de días de conmemoración mecánicos y artificiales en los que nos animamos y envalentonamos para enviar desbordantes y optimistas mensajes de buena voluntad y afecto a personas a las que raramente llamaríamos para ir a comer o para decirles cosas que de otro modo no nos atreveríamos de ninguna de las maneras. Pero el asunto es que de estos días está el año lleno y si no que me diga quién no se ha visto tentado de comprar un pastel para dos en forma de corazón estos días pasados, en los que tocaba festejar San Valentín. Muestras otra vez de amor eterno en cada rincón del supermercado o en el escaparate de la panadería. Que no quepa duda del gran amor profesado a nuestras parejas, porque como no acudas con uno de estos a casa... 

La señora Thackenbury, uno de los personajes de Saki en “Doce cuentos malévolos” se pregunta por qué esa licencia no se permite a la recíproca. Efectivamente. La cuestión es que no hay cauces para mostrar nuestros sentimientos hacia personas a las que simplemente no soportas. Por ello, se plantea lo alegre que sería consagrar un día aparte para saldar viejas deudas y rencillas, un día en el que uno pudiera permitirse ser Elenelegantemente vengativo con los integrantes de una entrañable lista de “gente con la que resolver disputas”. 

Naturalmente la cosa habría de hacerse educadamente, con gran afabilidad, lo cual haría la situación mucho más fácil de manejar. Y, aunque probablemente los aludidos acabarían por convertirse en enemigos de por vida, la ventaja incuestionable es que, al menos, en Navidad tendríamos un mensaje menos que mandar. ¡Ahí es nada!

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