viernes, 15 de febrero de 2013

El sonido de mi voz


Morris tiene una vida en la que aparentemente todo es perfecto: es un joven de treinta y cuatro años, ejecutivo de una fábrica de galletas, y vive en una más que confortable casa junto a su mujer y sus dos hijos. Pero Morris es también un alcohólico esmerado. Su estado anímico oscila entre la euforia del alcohol y la ansiedad provocada por la ebriedad. Porque la bebida se ha convertido en el eje a partir del cual gira su vida, en su forma de huir de un padre distante, un trabajo decepcionante y una vida insatisfactoria. 

Somos conscientes de cómo Morris encuentra en la botella una especie de analgésico para olvidar el pasado mientras se autoengaña haciéndonos creer de que mantiene el control de la situación. Pero la realidad es que las borracheras diarias acabarán siendo las responsables de sus grandes lagunas en la memoria y de la pérdida progresiva de contacto con la realidad; que el alcohol acabará desestructurando su matrimonio y haciendo que su eficacia profesional se vea cuestionada; que precisamente las consecuencias son las contrarias a lo pretendido, ya que Morris acabará metido poco a poco en una embarrada situación de la que dudamos que sea capaz de salir. La realidad es el horror que se desencadena cada vez que cruza el umbral: sus vomitonas, sus caídas, sus delirios e incluso las amenazas a su mujer. 

Paradógicamente Morris no lo ve así. Se ve a sí mismo como un ejecutivo triunfante y perfecto esposo. Sobre todo cuando está borracho. Por eso esta historia obsesiva y oscura nos conmueve. Gracias a la descripción que Ron Butlin hace del alcoholismo en El sonido de mi voz sentimos la ansiedad y desesperación que siente Morris por llevarse algo a los labios en cada nuevo sorbo, apurando hasta la última gota de lo que no es más que su particular viaje a los infiernos regido por la botella. Un viaje que no sabemos si tiene vuelta atrás.


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