viernes, 4 de enero de 2013

Una de modales


En la vida de hoy en día parece que todo vaya encaminado hacia los grandes gestos, que lo importante son las heroicidades, que solo las acciones muy visibles y muy espectaculares son las que van a cambiar el rumbo de nuestra vida... y a mejorarla. Creemos que un incremento sensible de nuestro sueldo o un notorio ascenso profesional hará que nuestra vida sea otra, que nuestra existencia brillará más y mejor en una casa mucho más grande y aparente, y que gracias a todo eso nos sentiremos finalmente plenos. Pero no. Al final, parece ser que no es para tanto. Que no es así.

Este mes, en el que se cumplía el 150 aniversario de la llegada del tren a Castellón, miles de castellonenses han visitado la exposición conmemorativa que la Fundación Caja Castellón ha programado en la Sala Bancaja San Miguel con la colaboración de la Asociación de Amigos del Ferrocarril de Castellón y la Federación de Amigos del Ferrocarril de la Comunidad Valenciana. He pasado algunas tardes repartiendo tíquets de tren conmemorativos al público que venía a ver la exposición. De entre todas estas personas, hay gente que no sé si llega o no a verte, sigue a su paso, atraviesa el portal de la sala y ni se percata que les has tendido el brazo con una sonrisa para darle este recuerdo en señal de bienvenida. Como si el tiempo se congelase, te quedas con la sonrisa en la boca y el tíquet en la mano. Otros, en cambio, si que te ven, con “el tercer ojo”, porque siguen a su ritmo, hablando con quien les acompañe o ensimismados en sus pensamientos si van solos. Simplemente extienden el brazo, y cogen el tíquet sin mirarte ni decir nada. Lo mismo les daría que les des un tíquet que un billete de 500 euros. Y finalmente están los que se detienen un momento, te miran, te sonríen y preguntan qué es lo que les ofreces. Son precisamente los mismos que al salir dan las gracias por lo que han visto, por el rato que han pasado allí dentro recuperando alguno de sus recuerdos y mirándote a los ojos vuelven a sonreír amablemente mientras se marchan.

Por lo que a mí respecta, simplemente estaba allí haciendo una parte de mi trabajo y no para que me agasajen. Ni falta que hace. Pero esos sencillos gestos de amabilidad han hecho que las tardes que he pasado, en compañía de Juan Peris, compañero en las lides ferroviarias, repartiendo tíquets y recogiendo sonrisas y gracias, me he marchado a casa con una sensación de bienestar que no había sentido antes. Es el producto de la cortesía, de la amabilidad. Como individuos en sociedad es lo que toda la vida hemos entendido por “la buena educación”. ¡Si es que no hace falta nada más!

1 comentario:

  1. El mundo de hoy con tanta rapidez, individualismo y consumismo ha hecho que se pierdan las normas de cortesía y nos veamos como objetos y no como personas.

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