miércoles, 16 de enero de 2013

Regusto de insatisfacción


El padre de Polo se dedica a la limpieza. Muchas veces Polo le echa una mano después del colegio, sin que nadie se entere, para que pueda volver antes a casa. Su madre ni se cuida ni da palo al agua en todo el día, así que se pasa el tiempo viendo la tele y haciendo sudokus con solución anexa. Y luego, además, está su hermana, que trabaja de protésica ungular, o sea, que hace la manicura. Es muy blanca de piel y, aunque le hubiese gustado ser negra, lo único oscuro que tiene es la reputación. 

Polo quiere a su padre, pero le cuesta admirarlo porque, aunque sabe que no debiera, se avergüenza de él. Verlo anulado mientras intenta aguantar el tipo con tan poca dignidad le carcome por dentro y le ulcera el corazón. No puede evitar ver en él la existencia superflua y vana de alguien que no es más que un cero a la izquierda. Y no soporta en general, ni de su padre en particular, la obscena costumbre de reducirlo todo al sexo para hacer el chiste de turno que suscita risillas viciosas. Como tampoco entiende la frasecilla de su madre de que no tienen de qué quejarse. Esos comentarios le importan un pimiento. Les falta sal. Siempre. Todo el tiempo. Así que Polo todos los días recibe una doble indigestión: una de ácidos grasos saturados en el plato y la que le da su familia. Lo que le gustaría es una apariencia de vida familiar, cultivarse, tener su particular manera de pensar y sus propias ideas. 

Aunque Polo sea solo un emotivo personaje de ficción creado por Saphia Azzeddine para la novela “Mi padre es mujer de la limpieza” eso no evita que lo sintamos diferente a su familia y ajeno al ambiente desestructurado en el que vive. Es como el dramaturgo John Galsworthy, un hombre de epidermis fina condenado a vivir entre hombres de epidermis gruesa, representa la esencia de la educación y la sensibilidad como abismo infranqueable. 

Pero, ¿se puede salir de esa vida pequeña de la que es tan difícil escapar? Es posible, como decía Flaubert, que uno más que labrar su destino, lo aguanta. Por eso Polo siente que forma parte de los no aprobados de nacimiento, de los que no tienen porvenir alguno; que, aunque sueñe con una vida mejor y pertenecer a algo, será siempre Polo el feo. 

Yo, sin embargo, espero que no sea así.



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