martes, 2 de octubre de 2012

Hiperconectados


Cenaba el sábado junto a otras cuatro personas en un céntrico restaurante de Castellón e intentábamos mantener una tranquila conversación interrumpida a cada momento por el griterío descontrolado en la mesa de al lado. Es posible que nadie se haya escapado de las escandaleras que algunos niños sin domesticar montan de vez en cuando en un restaurante mientas sus padres, con más cansancio y resignación que convencimiento, les piden que se estén quietos. Pero que un grupo de ocho o nueve personas hechas y derechas haga lo mismo y se dirijan los unos a los otros como el que llama al toro desde la barrera es pasarse ya de la raya cuando lo que se quiere es pasar un rato tranquilo con los amigos alrededor de la mesa y la comida. 

La cuestión es que por educación, por timidez o por la cobardía de enfrentarse con ellos, no les dijimos nada. Cuando estallaban en gritos y sonoras carcajadas les mirábamos con cara resignada y poco más. Algo que no hizo ningún efecto ya que nadie se dio por aludido. Hasta que el camarero vino, retiró el plato de los entrantes y les sirvió a cada uno lo que habían pedido para cenar. 

No sé qué ocurrió, pero de repente se apoderó el silencio de aquella mesa y no se les volvió a escuchar más. Tanta calma había que era inevitable girarse para mirar con curiosidad. En algún momento que se me escapó habían sacado sus móviles con conexión a Internet, Wassup o lo que sea y mientras pinchaban a ciegas con el tenedor en el plato, con la otra mano no paraban de escribir y pasar de una pantalla a otra con el pulgar derecho. De repente no parecía más una cena de amigos del fin de semana. Aquello se había convertido en un grupo de personas que compartían mesa mientras chateaban con sus amigos online o leían sus últimos mensajes. 

Es inevitable preguntarse en qué medida el hecho de estar hiperconectados nos hace indiferentes a lo que ocurre en nuestro entorno más inmediato; de qué nos sirve estar con alguien que chatea por Messenger, sube fotos de lo que ocurre en el momento en Facebook y lo trinan en Twitter, desinteresados por completo por lo que realmente ocurre a su alrededor. A este ritmo no será extraño que dos sentados en la misma mesa chateen el uno con el otro. Es lo que se puede esperar de esta época en la que las ventanas se abren simplemente con hacer clic.

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