lunes, 6 de agosto de 2012

Vida de calle


Con las vacaciones volvemos al pueblo. Volvemos a compartir la calle, cortada al tráfico para uso y disfrute de los vecinos que, sentados en las puertas de sus casas, pasan el rato charlando unos con otros mientras esperan a que refresque el calor de las noches de verano. De día recuperamos la vida de la calle, del café, de la tienda y del mercado; la de la familia, los amigos y los vecinos. Pero también se disfruta nuevamente de las largas comidas de agosto, del olor de la tienda de ultramarinos de toda la vida, del arroz hecho en el horno de leña de la panadería y del melón fresco que se come con las manos. Es la rica vida sencilla del día a día que apenas ha cambiado con los años, porque ya era así antes de mi llegada y seguirá del mismo modo cuando me haya ido.

A la señora Carmen Juan, ama y señora de su casa, madre y abuela, la recuerdo siempre igual, desde que nací hasta que me fui a vivir a un piso 'moderno'. Desde el otro extremo de la calle oía su reconocible voz afable, clara y fuerte que permanecerá para siempre viva en mi memoria. Toda una vida con el mismo ritmo en la que mantuvo aglutinado a todo el vecindario. Todos juntos pero sin revolver. Un lugar donde nunca se cierran las puertas, todos se conocen y lo saben todo de todos. Solo hay que salir a la calle para mezclarse e intercambiar las últimas noticias con los vecinos, porque aquí no hay vida de puertas adentro. Por eso te preguntan qué te ocurre si no les saludas al pasar y saben exactamente lo que necesitas incluso antes de que tú lo digas. 

Curiosamente para muchos de los que nos fuimos a la ciudad, huyendo de esta comunión social, asistimos ahora con nostalgia a este enorme conglomerado de detalles arraigados en la vida diaria que constituyen un estilo de vida que se saborea con una tranquilidad que nosotros ya no tenemos. De alguna manera volvemos a aquello de lo que formamos parte. Porque nunca hubiésemos llegado a pensar que llegaría el día en el que echaríamos de menos la estabilidad emocional de sentirse rodeados de personas a las que uno importa; de lo balsámico que es saberse una parte diminuta pero vital del día a día. Porque mi calle de Onda, gracias al sosiego que da sentirse rodeado de personas de confianza que hacen más sencilla la vida, sigue siendo un buen lugar donde vivir.

6 comentarios:

  1. Te sigo leyendo...Un saludo desde Castro-Urdiales, que hace no mucho tenía algo de lo que escribes aquí....y algo queda....Ana

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    1. Un beso muy grande Ana!, será cuestión de ir a Castro-Urdiales, pero más que nada para verte a tí

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  2. Hay personas viajeras, cosmopolitas e inteligentes (sobre todo...), que hablan con cariño y naturalidad del pueblo en que nacieron y vivieron.
    Otras, en cambio, acomplejadas, ocultan cuidadosamente en las ciudades su procedencia, por temor a ser consideradas como pueblerinas y perder el status-urbano-de-toda-la-vida que se han inventado...

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    1. Lo que has escrito me emociona. Creo que llega un momento en el que, a pesar de que nuestra vida haya tomado el camino que haya tomado, sentimos la necesidad de volver a lo que conforma nuestros orígenes, porque formamos parte de ellos y a ellos debemos lo que somos.

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  3. Somos lo vivido, y hay que llevarlo con orgullo. Y en caso de no ser motivo de orgullo, tampoco hay que olvidarlo, para no volver a repetirlo.

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