miércoles, 15 de agosto de 2012

El amante uruguayo de Federico García Lorca


A finales de 1953 una extraña ceremonia se realizó en la ciudad de Salto, a orillas del río que separa Uruguay de Argentina. En apariencia se trataba de un homenaje al poeta Federico García Lorca. Cientos de personas habían sido llevadas en autobuses, y decenas de efectivos armados custodiaban el lugar mientras rendían honores militares al homenajeado. 

El anfitrión de todo ese despliegue era Enrique Amorim, un escritor millonario -al que todos los artistas le pedían dinero-, seductor, comunista, homosexual casado, y uruguayo y argentino a partes iguales. Demacrado, visiblemente enfermo y con la piel en los huesos había reunido fuerzas de flaqueza para dirigir aquella ceremonia tan fúnebre en la que la actriz Margarita Xirgu representó escenas de Bodas de sangre para recibir, luego, el pésame de los pescadores de la zona que se acercaron a ella pensando que era la madre del difunto. Amorim, emocionado y tembloroso, subió la intensidad del momento al declarar en su discurso que su homenaje aún no estaba completo, que solo el tiempo se ocuparía de darle el toque final. A continuación los albañiles abrieron una fosa detrás de la lápida y enterraron en ella una caja blanca de las proporciones de un osario de cementerio sobre la cual declaró: “Aquí, en un modesto pliegue del suelo que me tendrá preso para siempre está Federico....”

Aunque Garía Lorca era ya una leyenda no tenía un memorial, ni siquiera un sepulcro. Su cadáver nunca se había encontrado, de hecho su paradero se convertiría en uno de los grandes misterios de la guerra civil. El monumento de Salto, el primero que se erigía en su honor, debía suplir esa carencia. Para ello, contó con el apoyo financiero de numerosos habitantes de la ciudad. Pero a pesar de la pompa del evento ningún periódico dio noticia de él. Algunos de los intelectuales, políticos y artistas del momento estaban invitados, pero tampoco asistieron. Ninguno de ellos se dignó a enviar siquiera unas palabras para excusarse. No le concedieron la menor importancia. Hasta hoy ni tan solo sabemos la fecha exacta de ese entierro. Durante las siguientes décadas, un reducido grupo de personas, hoy todas muertas, llevó flores a ese lugar pero ninguna de ellas divulgó jamás qué había en la caja, se llevaron el secreto a sus propias tumbas. 

Amorim dejó escrito que había sido amante del poeta granadino cuando estuvo en Uruguay, algo que la familia García Lorca no confirma. Y añadió que a Federico lo habían matado por su culpa, algo a todas luces falso. Ante un maestro de la simulación como él, resulta difícil distinguir qué quiso hacernos creer, qué creía de verdad y qué es verdad en el hecho de que, además, había robado su cadáver. Si en efecto bajo el monumento de Salto yacen los restos del poeta, Amorim habrá conseguido pasar a la historia. Pero lo curioso es que si no, también. La sola posibilidad de que estén ha motivado el libro de Santiago Roncagliolo que lo saca del olvido. El amante uruguayo es una investigación por el Buenos Aires de los años treinta, la guerra civil española y el París de posguerra, y por la historia de los máximos creadores del siglo XX, como Picasso, Chaplin, Neruda o Borges. Es un retrato contado desde la perspectiva del personaje que no aparece en las fotos, del que los artistas nunca reivindicaron, y por eso mismo podría ser la última burla, el sarcasmo final de un hombre que convertía sus invenciones en portentosas realidades. 

La leyenda de Federico García Lorca y su muerte no tiene fin. De hecho, la naturaleza del monumento de Salto constituye una de las aventuras más misteriosas y extrañas de Amorím. 48 años después el monumento y su misterioso contenido, cierto o no, siguen ahí. Intactos. Si los restos de Lorca están donde dice él que los dejó, es un hecho histórico; pero, si no, es su última burla del mundo intelectual que nunca le tomó en serio.


1 comentario:

  1. Que historia más hermosa, por más triste que sea. No la conocía y realmente me ha llegado.

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