jueves, 2 de agosto de 2012

Lo importante es vivirlo

Agitación desde la Periferia

Este fin de semana he vuelto a Segovia. Fui de pequeño, muy de pequeño. Me llevaron mis padres hace ya bastantes veranos en un viaje en coche que se me antojó larguísimo y del que sólo recordaba la impresión de enorme monumentalidad del acueducto; la sensación de sentirme pequeño ante aquellos inmensos pilares que soportaban los arcos en todo su esplendor. Pero en esta segunda ocasión la percepción fue distinta, completamente distinta. Porque, aunque no deja se ser sorprendente el prodigio técnico que representa un monumento que contempla dos mil años de historia, aquella visión de la primera vez no se repitió. 

Probablemente porque en los veranos de nuestra infancia todo tenía una magnitud mucho más grande de la que tiene ahora. La mayor de todas el tiempo, que entonces parecía transcurrir con una lentitud desesperante. Recuerdo aquellos veranos anhelando llegar a cumplir dieciocho años, una cifra que me parecía inalcanzable cuando ahora diez años me pasan en un plis plas. Es posible que entonces lo pensase porque lo que tenía era precisamente mucho tiempo para hacerlo. Exactamente dos horas cada día. Las que debía esperar después de comer para poder tomar el baño y hacer la digestión. Según mis padres, avalados -para mi desesperación- por todos los adultos conocidos, si me metía al agua después de comer, un corte de digestión fulminante podría frustrar todos los proyectos de futuro y llevarme a mejor vida. Así que a esperar dos horas, que se hacían eternas, dando vueltas y más vueltas a la balsa en plena tarde, en un silencio sofocante de verano, mientras todo el mundo dormía la siesta. Sudando la gota mortal, pero sin atreverme siquiera a meter un dedo en el agua. 

Todos los días excepto los sábados. Después de las noticias del mediodía hacían nuestro programa favorito de la semana. Eran los dibujos animados de Marco, de los Apeninos a los Andes, que pasaba también una eternidad buscando a su madre, o Mazinger Z con su amiga Afrodita que tenía pechos a modo misiles. ¡Qué largos eran los telediarios!. De media hora. Pero aquellos minutos eran, parece ser, mucho más largos que los de ahora. Porque pensándolo ahora ni dos horas son tantas horas, ni un telediario es tan largo como para que parezca eterno. Pero entonces si que lo parecía. ¡Y tanto!. 

Curiosamente en una terraza debajo del acueducto de Segovia escuchaba a una pareja de ancianos que comentaban las penurias de su infancia de posguerra. Se retaban mutuamente con sus batallitas a ver cuál de los dos lo había pasado peor y entre comentario y comentario se recordaban con la calma que da haber pasado casi toda una vida que aquello sí que era padecer, y no lo de ahora. 

Es lo que me empuja a pensar que realmente todo es relativo. Esperemos que el futuro llegue pronto y se lleve la inquietud que con lógica nos embarga. Como afirmaba el genial Chaplin el tiempo es el mejor autor, porque siempre encuentra un final perfecto. Pero también es verdad que más mata esperar el bien que tarda que padecer el mal que ya se tiene. Y si es verdad que lo importante es vivirlo, también es cierto que al final, el que espera, desespera.

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