miércoles, 22 de agosto de 2012

Ferragosto en Castellón


Es en las tardes de agosto, con el verano en toda su plenitud, cuando el patio central de la oficina de correos de la plaza Tetuán se presenta ante nosotros como la catedral de la arquitectura civil de principios de siglo de la ciudad. El lugar, habitualmente repleto de gente enfadada que espera su turno, se presenta vacío y no hay que hacer colas, las dos o tres personas que esperan con sus envíos no hablan alto como ocurre siempre, no hay algarabía, se susurran unos a otros. Por eso, mientras llega nuestro turno, podemos disfrutar por primera vez de los juegos de luces y sombras del sol a través de los vidrios de colores de la bóveda del techo. 

A la hora de comer no es necesario reservar mesa en ningún restaurante. Incluso se extrañan cuando llamas para hacerlo. Tampoco molesta el ruido de las conversaciones que se cruzan. Y el menú, el mismo de los días de trabajo, parece en ese ambiente mucho mejor. De regreso a casa, por calles medio vacías en las que los vehículos prácticamente han desaparecido, da la impresión de que todo, incluso las terrazas, a medio gas, se ha tomado un respiro. Desde luego nos encontramos con una ciudad que resulta insólita y sólo posible estos días. 

La cuestión es que ya sea por la crisis, porque todo el mundo está de vacaciones o probablemente por los apartamentos de playa (que en verano ejercen un poderoso y lógico efecto de seducción entre los castellonenses) el mes de agosto nos presenta una ciudad en la que todo el mundo dice que no pasa nada pero que se vuelve aparentemente más habitable durante un tiempo, ya que lo que nos niega durante el resto del año ahora es aparentemente mucho más fácil de conseguir. Una ciudad temporalmente transformada. Los edificios, con sus persianas bajadas, parecen haberse quedado dormidos a la espera de la llegada de septiembre y al salir a la calle solo veo los árboles porque no hay ni un solo coche aparcado en toda la calle en lo que, a priori, pareciera un decorado arquitectónico sin vida, compuesto por avenidas cuya única banda sonora es el silencio. 

Es el mejor momento para adentrarnos en una ciudad que presenta un aspecto extrañamente tranquilo a pesar de ser mes de rebajas. Idílico panorama. Hasta que mi aire acondicionado decidió dejar de funcionar y la temperatura empezó a subir lentamente a lo largo de lo que quedaba de tarde. 

¡Ahora ya sé por qué se fueron todos los demás!

2 comentarios:

  1. Así da gusto estar en las ciudades, sobre todo por el tema del aparcamiento.
    Por el tema del calor, es comprensible que todo el mundo emigre a zonas de mejor bienestar. Aunque la verdad es que está haciendo calor en todas partes, yo ya hecho de menos un poco de fresquito, para que al caer la tarde tenga que ponerme una manguita, aunque sólo sea de camisa.

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    1. Ay Rosa!, me temo que todavía tendremos que esperar unas semanas para poder ir con mangas sin peligro de asfixia!

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