sábado, 23 de junio de 2012

Todos los cuadros son falsos mientras no se demuestre lo contrario


Vuelvo con Manuel Vicent y sus Mitologías, un recorrido alternativo por la historia de la creación literaria y artística del siglo XX a través de los perfiles biográficos de músicos, escritores, cantantes… Llama la atención uno que vivió a costa de alguno de ellos. Qué mejor manera que vivir de los réditos que pertenecen a otros. Nada mejor, por tanto, que copiarlos. O peor aún, falsificarlos. Algo que de extraño no tiene nada porque, como se ocupa de recordarnos el propio Vicent, hasta el mismísimo Miguel Ángel lo hizo cuando llegó a vender al papa Julio II como esculturas griegas algunas que él mismo había esculpido de su propia mano. Sin embargo con el tiempo, y en este caso, fue el Vaticano, como siempre, el que salió ganando.

Pues bien, al final de la Segunda Guerra Mundial en la Bélgica liberada comenzó la caza de colaboradores con los nazis, la investigación llegó hasta las oficinas de un banquero que constaba que había vendido al mariscal Göring un cuadro de Vermeer. El banquero se sacudió las pulgas de encima delatando al verdadero vendedor, un tal Van Meegeren, que fue detenido inmediatamente y condenado a muerte por traición a la patria y colaboración con el enemigo. En el juicio manifestó en su defensa que había falsificado el cuadro junto a otros como venganza ante la indiferencia que despertaba su talento falsificando al más grande artista holandés del siglo XVII. De hecho, uno de sus cuadros falsos, Los discípulos de Emaús, había sido certificado por el especialista de más prestigio de la época como una obra maestra de Vermeer y la Sociedad Rembrandt lo había adquirido. Los jueces no le creyeron, dada la perfección del trabajo. Pero en este caso su vanidad de artista entró en colisión con la muerte.

Para demostrar su inocencia pidió que le llevaran a la celda un lienzo y todos los colores, aceites y pinceles necesarios. Comenzó a falsificar el cuadro de Vermeer Jesús entre los doctores y dada la habilidad de su mano, a mitad del trabajo, los jueces cambiaron de opinión. La pena de muerte por traición a la patria, malversación del patrimonio nacional y colaboración con el enemigo fue conmutada por una condena a dos años de cárcel por simple falsificación. Sin embargo Van Meegeren se negó a descubrir su secreto. Cómo envejecía el lienzo, cómo obtenía los mismos pigmentos que usaba Vermeer, cómo disolvía las tintas viejas, cómo sometía al horno la tela para conseguir el craquelado peculiar del siglo XVII, cómo pegaba al lienzo pelos de comadreja sacados de los pinceles de la época y otras manipulaciones todavía más elaboradas se las llevó a la tumba. Fue necesario someter a un examen químico en un laboratorio al cuadro 'Los discípulos de Emaús' para demostrar que Van Meegeren había usado sustancias que no fueron descubiertas hasta después de la muerte de Vermeer de modo que los que seguían defendiendo la autenticidad de los Vermeer, pese a la propia confesión del falsificador, diesen su brazo a torcer.

Y es que, como afirma el propio Manuel Vicent, algunas esculturas griegas de Miguel Ángel en el Vaticano o algunos Vermeer falsos del Rijksmuseum de Ámsterdan son tanto o más visitados que los auténticos.



Foto superior: Van Meegeren pintando Jesús entre los doctores para demostrar que era capaz de falsificar un Vermeer, 1 de octubre 1947. Cortesía de la Universidad de Yale Joel / Time & Life Pictures Editorial / Getty Images.

Foto inferior: Director y jefe de restauración en el Museo Boymans de Rotterdam admirando el descubrimiento reciente del cuadro de Los discípulos de Emaús, de Johannes Vermeer que ocho años más tarde se reconocería como una falsificación hecha por Han van Meegeren. En la parte inferior, Los discípulos de Emaús, de Van Meegeren, en una exposición en Rotterdam.

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