domingo, 24 de junio de 2012

I+D+i vintage


La semana pasada visité con la ceramista Rosa Cabezas la actual exposición de la Sala Abadía de la Fundación Caja Castellón-Bancaja, en la que se recogen más de 80 piezas de cerámica realizadas por los alumnos de la Escuela Taller del Centro Social de El Grao de Valencia y de la Escola d’Art i Superior de Disseny de Castellón. Mientras contemplaba esta interesante muestra en la que se reinterpreta el botijo, recordé los veranos de mi infancia, asociados irremediablemente a lo que ahora consideramos piezas de museo, pero que entonces nos parecía imprescindible utillaje doméstico: el botijo, y, cómo no, el orinal. Por no citar la bolsa de agua de caliente para los inviernos, sustituida en algunos lugares, como recordaba Rosa, por ladrillos calentados en el horno de la cocina económica y envueltos en paños antes de meterlos en la cama.

En el caso del orinal se trataba de un elemento imprescindible para resolver las urgencias nocturnas. Un artículo para el hogar de lo más normal en las casas de pueblo, donde el baño estaba, como mínimo, dos pisos más abajo. A media noche no era cuestión de ponerse a hacer deporte subiendo y bajando escaleras; práctica que por otro lado hubiese desvelado al más bello durmiente de la comarca. Y aunque al día siguiente se tiraba todo por el desagüe, visto desde la perspectiva actual no deja de parecer una monumental guarrada. Muy práctico, eso sí. Pero guarrada al fin.

Y luego estaba el botijo. A nadie se le ocurría tener botellas de agua fresca en la nevera y mucho menos acarrear bidones de agua mineral de cinco litros desde el súper. O mejor dicho, desde la tienda del barrio, porque entonces súpers no es que hubiese muchos que digamos. El barro del botijo, por un procedimiento conocido por todos, pero explicado a nadie, provocaba que al dejarlo en un lugar seco y a la sombra refrescase el agua. Así que todos bebiendo “al gallo”, y todos tan contentos.

Aunque claro, tampoco entonces nadie se compraba botellitas de agua, porque todo el mundo tenía una cantimplora y en lugar de tirar las botellas de cristal las devolvía al tendero para que nos devolviese el precio de lo que entonces se llamaban “los cascos”. Otro tipo de vida, otro tipo de economía, otras necesidades, desde luego. Era la época en la que las vacas todavía no habían engordado. En el momento en el que lo hicieron nos aficionamos a tirar y a lo que en mi pueblo se llamaba “hecho de compra”, que no era más bueno, desde luego, pero tenía el aliciente de lo moderno e industrial... Como decía Octavio Paz no sabemos si la modernidad es una bendición, una maldición o las dos cosas. Pero desde luego, es un destino.

1 comentario:

  1. Los botijos todos muy bonitos. Seguro que viendo la exposición a más de uno le vuelve a apetecer un botijo con agua en un rincón fresco de su casa. Hay versiones muy actualizadas del invento, que no desentonan en ningún hogar a la última. Y de paso estaríamos practicando una economía más sostenible y ecológica.

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