domingo, 20 de mayo de 2012

A los profesores que no hemos olvidado...


A veces basta un profesor -¡uno solo!- para salvarnos. Es lo que me pasó a mí con mi profesor Carlos Fradejas.

Fue uno de mis profesores durante mi etapa de bachillerato. Llegaba cada día a clase tranquilamente con con una carpeta debajo del brazo, nos saludaba amablemente y, desde sus primeras palabras nos adentrábamos en la historia. En sus clases me zambullía en la historia, la geografía y el arte. Y quedé atrapado. Día tras día, más y más... Porque en cuanto el profesor Fradejas cruzaba la puerta todo se convertía en historia y nadie podía imaginarle dando clase de otra cosa que no fuese precisamente aquella. Una materia de la que parecía conocerlo todo y que compartía con nosotros. 

Podríamos decir que la historia resucitaba en sus clases. Y sin embargo su influencia sobre nosotros no se detenía ahí. La clase seguía después de la clase, en la biblioteca del departamento donde los libros llegaban hasta el techo en todas y cada una de las paredes, donde esperaban todos los libros que pudieses necesitar y donde, a diferencia de otros departamentos la puerta siempre estaba abierta. Es la suerte de tener profesores que comparten no solo su saber sino el propio deseo de saber y que, como alumno, te hacen sentir considerado.

No sé si representó para otros alumnos la revelación que fue para mí, es posible incluso que para otros fuese el aguafiestas de turno. Pero en mi caso, cuando acabé el instituto la decisión estaba tomada: como el profesor Fradejas, ¡yo también sería profesor de historia! 

Qué diferencia con aquellos otros profesores que a pesar de estar impartiendo una clase se notaba enseguida que no estaban presentes. Ni preguntas ni respuestas. Aquellos profesores a los que aparentemente yo no les importaba, como tampoco el resto de mis compañeros. Esos profesores cuya presencia no habita en el aula, víctimas de una especie de cadena perpetua laboral, para los que los alumnos no existen ni cuentan, que parece que cada año se dirigen no exentos de cierto desdén a un público cada vez menos digno de sus enseñanzas y de su tiempo y que no paran por ello de quejarse.

A todos ellos les he olvidado.

2 comentarios:

  1. Yo, sin embargo, tengo memoria absoluta de todo el profesorado que me dio clase, desde la niñez hasta el final de la carrera.
    No he querido borrar a nadie de mi mente, aunque, claro está, mis recuerdos están teñidos de muy distintos colores...
    Imagino que tú, a pesar de lo que dices en tu última frase, también de acordarás, para lo bueno y para lo malo, de todas las personas que te tuvieron como alumno.

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  2. Pues la verdad que a mi me ocurre algo similar. Recuerdo a los profesores que destacaron por buenos, y a los que destacaron por pésimos. Pero admito que hay algunos que ni recuerdo.
    Pero desde luego los más gratos son los que destacaron por además de saber mucho, lo sabían enseñar.
    A pesar de que soy de ciencias, y las asignaturas de letras me daban pánico, tuve la suerte de tener en 5º de bachiller una profesora de historia del arte, que consiguió que viese esa asignatura con otros ojos, la hizo bella.

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